Atracados y sin Champions.

Clos Gómez, que así se llama el peligro público que ayer le levantó al Valencia la entrada en Champions, debería haber dejado ya el arbitraje cuando estas líneas vean la luz. Lo debería hacer, en primer lugar, por dignidad profesional. Cuando te dedicas a algo y un buen día dejas claro, a ti y al mundo, que eres un inútil en lo que haces, el único camino que te queda es el abandono o el oprobio. Si, como parece, la dignidad nunca ha estado entre sus atributos profesionales, no estaría de más que pensase en su familia. Ellos, Clos Gómez, no tienen la culpa. Me pongo en su piel y no sé cómo enfrentaría el nuevo día saber que mi padre, mi hijo, mi hermano, incluso mi primo en séptimo grado, puede hacer el ridículo ante toda España de manera tan patética. Pero es que, además, árbitros como Clos Gómez son una ignominia para el fútbol español, una bofetada en los morros para los futbolistas que se supone disputan un campeonato que debe decidir su calidad -no un botarate con silbato-  y una herida abierta y supurante en la yugular de la decencia y limpieza de la competición.

Habrá quien diga que las Ligas no se deciden en un partido, que había tiempo para no tener que haber pasado por esto. Y tendrá razón. Habrá quien se acuerde de Pellegrino y de las ocurrencias del felizmente pretérito Llorente, claro. Quién no lo hace. Pero lo cierto es que cuando las cosas llegan hasta la última jornada tal y como habían llegado, la regularidad es una mera entelequia. Cada partido era anoche una final y las decisiones eran definitivas. Y quedó demostrado que todos esos errores que han ido sucediéndose, como fruto de la casualidad, en favor de la Real Sociedad en los últimos partidos con un resultado contante y sonante en puntos en su casillero tenían que tener una puntilla. El encargado, el francotirador que tenía que dejar al Valencia fuera del lugar que merecía, fue Clos Gómez. Si los dos penaltis que se comió levantarían la sospecha del más inocente de los inmaculados, la expulsión de Jonas no admite otra calificación que la de la premeditación. El mequetrefe del banderín estaba a un metro ¡un metro! de una jugada que no debió ser ni siquiera amarilla. Su jefe acudió raudo y veloz a echar paladas de arena en la tumba de las aspiraciones de Champions del Valencia.

Llueve sobre mojado. Cuesta recordar, desde que se fueran los presidentes que de verdad defendían al club, un envite de enjundia, una de esas ocasiones en que se trata de vencer o morir, en los que el Valencia haya sacado un mínimo beneficio. Antes al contrario. Vienen a la mente goles como el de Adriano en fuera de juego de ocho metros, el penalti a Zigic, el fuera de juego de Soldado en el Bernabéu. Un club despersonalizado, con una dirigencia servil, inepta y dispuesta siempre a decir que sí a todo lo que manden los señores es fácil de pisotear. A otros, como a Del Nido, no se atreven a mandarles a un Clos Gómez con la pistola, al Valencia sí. Otra de las aberrantes herencias de Llorente. Cuando una y otra vez cedes la silla para que te consideren uno de la pandilla, primero te guindan la pasta de la televisión, luego te toman por el pito del sereno y más tarde se ríen en tu cara y celebran que un equipito simpático como la Real haya dejado en evidencia a tus cien de presupuesto.

Es de esperar que ese ni puedo ni quiero que ha sido santo y seña del VCF durante el último lustro toque a su fin el próximo martes. Es de desear que lo primero que haga el nuevo presidente sea exigir la inhabilitación a perpetuidad de Clos Gómez, que a buen seguro habrá vuelto a casa con una sonrisa de oreja a oreja y la satisfacción del deber cumplido -¿también con la bolsa llena?-. No sería descartable una acción civil para exigirle una indemnización por los perjuicios ocasionados. Pero alguien así no puede volver a pisar un campo de fútbol con un silbato en la mano. Alguien, además, debería desempolvar las palabras de Quique De Lucas en las que reclamaba investigar las apuestas deportivas de árbitros y señores con banderín. Lo que no puede ser es que esto se quede en un cabreo pasajero que nos deja una noche sin dormir ¿Que sería de Clos Gómez si el perjudicado hubiese sido el Real Madrid? Pues eso, ya tiene deberes, señor Salvo.

Cada vez más cerca.

No pasará esta semana a la historia por el partido, bastante soso, que disputó anoche el Valencia ante el Granada. La muerte de Puchades, figura carismática de esas que surgen como mucho una vez cada generación, trajo la tristeza a Mestalla y devolvió el brillo a los ojos de los  que alguna vez lo vieron sobre un campo de fútbol, que pudieron volver a contar cómo bregaba el de Sueca. Su funeral puso de manifiesto el lugar de honor que ocupará siempre en el imaginario del valencianismo y dejó en ridículo, una vez más, a la caterva de lumbreras que Manuel Llorente escogió para ocuparse del club que tanto amó Puchades. Los fenómenos que todavía mandan en el Valencia CF decidieron que la plantilla del primer equipo en pleno acudiese a rendir un último y merecido homenaje a una de las glorias del club. Una decisión lógica e  ineludible. Nadie, sin embargo, ni una sola de las mentes se supone que pensantes que siguen colocando en su tarjeta el escudo del club, tuvo la ocurrencia de vestirlos para la ocasión como personas mayores y respetuosas. Ajenos a la más mínima exigencia de compostura en un funeral: traje oscuro, corbata negra, atavío discreto, la plantilla del Valencia acudió a la cita como si se tratara del grupo de coristas adolescentes de Justin Bieber. Pantalones color crema y camisa blanca, quien la llevaba, porque algún jugador iba simplemente en camiseta y ni siquiera se dignó a colocársela dentro del pantalón ¡Uno de ellos –o varios, que ni seguir mirando quise- llegó a colgar las gafas de sol de su camisa a medio abotonar! España, es cierto, se va al garete con comportamientos y actitudes tan lamentables en unos jóvenes que desconocen costumbres y educación. El Valencia, por su parte, necesita con urgencia no ya un cambio de rectores sino una manguera a presión que se lleve por delante a gente que no es capaz ni de rendir el homenaje que merece a un hombre como Puchades.

                Con un prólogo así, lo lógico es que la cosa no acabara de funcionar más tarde. Cambiaron el pantaloncito de anuncio de primavera de El Corte Inglés y la camisa de Zorba el griego por el uniforme oficial del equipo, pero no acabó de notarse. El primer tiempo fue un calco del del otro día en Getafe, con la pequeña salvedad del gol de Mathieu, que esta vez no llegó, por mucho que fuera el francés el único que, en un par de esas subidas que tanto se echan de menos, se acercara a lo que puede considerarse crear algo de peligro. Al Granada le servía el empate o disimulaba muy mal lo contrario y puso a todo el personal a defender. Guaita bien pudo haberse ido a preparar las maletas para el crucero valencianista que en un par de semanas se llevará a Carlos Bosch y su señora a pasear pasión por el Mediterráneo. Pusieron algo de emoción a ese rato de tedio la ovación a Puchades en el seis y el gol de Higuain, que decidió regresar de su letargo en el mejor momento. Tan poca cosa eran los visitantes en ataque y tan atascado estaba el asunto para los locales que Valverde, nuevo héroe local, se decidió reemplazar a  Albelda por Canales a poco de la reanudación y el chico fue como un soplo de aire fresco. No es que su equipo pasara a bordar el fútbol, pero sí se pudo ver algo diferente y unas cuantas revoluciones más, que falta hacían. Bien haría el club, por cierto, en luchar para que el cántabro no se pierda el último partido. Es cierto que de unos señores que no son capaces ni de escoger para sus futbolistas un traje como Dios manda no se pueden esperar milagros, pero algo deberían pesar todavía el escudo de un club aún grande y la cantidad de millas que su flamante expresidente ha acumulado en el AVE.

                Y así, entre la clase de Canales, algunos detales de Banega, los pequeños sustos que dio el Granada que llegó incluso a entrar en el área de Guaita un par de veces y el seguimiento de lo que hacía la Real Sociedad, volvió el personal a vivir en la segunda parte uno de aquellos viejos ratos de emoción que con cuentagotas nos da esto del fútbol. El grito de alegría de Mestalla acabado el partido fue buena muestra de que esta lucha por la cuarta plaza, por poca cosa que parezca, ha conseguido enganchar a la afición después de un lustro de no tener a qué agarrarse. Lúcido y bendito contraste con lo que tuvimos que padecer estas últimas temporadas, de juego insulso y anodino -ahora no se puede hablar de brillantez, pero sí de cierta coherencia-, ajeno a cualquier emoción y sin un solo rival que echarse a la cara. Tras años de casi suplicar que se acabase de una vez la temporada, en esta se vuelve, cuanto menos, a aquella perdida sensación de querer que llegue el partido del fin de semana. La jornada respondió, además, a todas las expectativas y presentó aspectos tan surrealistas como que tengamos que agradecer a Mourinho que su equipo no se arrugara en Donosti –una plaza bien poco amiga del merenguerío y seguramente hayan tenido que pagar por ello-, o que el Levante aún siga con posibilidades de ir a Europa si la UEFA no levanta su oposición al concurso de Málaga y Rayo. Lo mismo que el Sevilla del Halcón de Hondarribia, ese genio, ante el que el Valencia deberá hacer un último esfuerzo. Llegados hasta aquí, volver a morir en la orilla sería demasiado cruel.

               

 

La alegría no tuvo su guinda.

                

Día redondo el que le salió a la esforzada hinchada valencianista en las tierras de Madrid. Victoria de su equipo, partido en su conjunto bastante entretenido y fiesta por todo lo alto en un graderío que fue más visitante que local. No es el campo del Getafe el Ali Sami Yen, precisamente, así que mil tipos dispuestos a darlo todo no hallaron demasiada resistencia  para convertir el habitual velatorio con el que conviven los de Luis García en un homenaje a los viejos tiempos. No faltó quien, malvado en el gesto, comenzó la mañana acudiendo a la Cibeles para ofrecerse a echar una mano a los operarios municipales que retiraban el andamiaje, que colocó el Ayuntamiento por si acaso, al que se encaramaba Raúl a dar pases toreros cuando el Madrid aún ganaba algo.

                No salió el partido, ni mucho menos, como el del domingo pasado. Ni el Valencia anduvo tan fino ni, diferencia sustancial, el Getafe es el Rayo Vallecano. Cuenta Luis García con futbolistas que conocen de sobra su oficio y dispone incluso de alguno al que no le faltan dosis de calidad que no abundan en estos tiempos. Se jugaban sus opciones de viajar por Europa y plantearon un partido poco amigo de la floritura. Seis a defender y los otros cuatro a buscarse la vida, que para eso se supone que el Valencia es el equipo grande. El choque nació atragantado y así siguió hasta que Mathieu sacó el desatascador. A Banega le pusieron un ejército de piernas alrededor y pronto se vio que no era uno de esos días en los que le salen hasta las rabonas. Por detrás, Parejo no encontraba el hueco y Albelda perdía un balón tras otro. Reinaba la imprecisión porque en esto del fútbol hay veces que las cosas no funcionan. Al contrario que otras veces, no obstante, siempre se veía intención y cada error intentaba ser subsanado de inmediato. Los locales merodeaban el área de un Guaita que estrenaba el corte de pelo que uno querría para su peor enemigo y el Valencia se perdía casi siempre antes de llegar a la de Moyà. Los únicos que veían luz en aquel túnel de oscuridad eran los chicos de la Curva Nord, que aun perdiendo ocho a cero ven posibilidades de remontar, y en una falta ejecutada con cierto desorden, el mismo que lucía el equipo hasta entonces, apareció Mathieu para marcar de primera un gol que todavía a estas horas sigue viendo repetido en televisión su incrédula señora. Moyà, por cierto, no demostró ser lo que se dice un gato.

                Si el primer tiempo dejó un poso de alivio mezclado con ciertas dosis de preocupación, la reanudación fue otra cosa. Decidió el Getafe adelantar líneas y ahí halló su perdición. Con más espacios, reaparecieron los dos jugones en los que reposa el presente y el futuro de este Valencia y su equipo se adueñó del partido. Puso la guinda un Soldado colosal. Capaz, como siempre, de lo mejor y también de lo peor, pero bullicioso como en sus mejores partidos. No marcó porque hay veces que se precipita o yerra los controles, pero fue una pesadilla para la defensa contraria. Corrió, batalló y se ofreció sin descanso y eso, unido a su calidad, es lo que necesita el Valencia de su delantero centro. Todo el fútbol que se quedó en el tintero antes del gol de Mathieu, regresó tras el mismo y si no se liquidó el asunto fue por una mezcla de falta de acierto, exceso de precipitación e individualismo, especialmente preocupante en el caso de Feghouli, a quien alguien debería llamar al orden. Volvió, así, el Valencia a mostrarse notablemente más entero que el rival a nivel físico, lo cual no deja de ser noticia considerando que cuando llegó el actual preparador físico el equipo ni siquiera realizaba los estiramientos como Dios manda y que la mayoría de equipos, incluidos sus rivales directos, ofrecen claros síntomas de agotamiento.

               

                Parecía imposible, nos lo parecía a muchos, hace tres jornadas, tras aquella derrota en Anoeta, que el equipo hiciera lo que ha hecho. No sólo ha vencido sino que lo ha conseguido convenciendo y hasta ofreciendo ciertas dosis de buen fútbol y una seguridad atrás que debe ser el pilar sobre el que se asienten los dos últimos envites. Le sonríe, además, la suerte. Jugó Guaita cuando no estaba previsto y marcó Mathieu con el pie cuando estaba por allí para rematar con la cabeza. Al francés, por cierto, habría que destinar, si se consigue entrar en Champions, una parte considerable de esa curiosa y nada desdeñable prima con la que el presidente de un club endeudado hasta las cejas ha considerado oportuno agasajar a sus futbolistas por conseguir el resultado mínimo que cabe exigirles atendiendo a la calidad que atesoran y a los salarios que cobran. Una lástima que luego el Sevilla no acompañara para redondear el día. Pero si el marciano Emery no nos dio una sola alegría cuando lucía palmito en los garitos de Valencia, mucho sería pedirle que lo haga ahora que pesca en otros caladeros. Nos queda, con todo, el consuelo de que ya no esté aquí. Ver al Sevilla de hoy nos lleva al sufrimiento de hace bien poco. Laterales que suben sin ton ni son para chocar con el extremo de su banda, centrocampistas que no sabes muy bien –ni lo saben ellos- a qué dedican su esfuerzo, pases y más pases al portero y, lo peor, el mismo ridículo permanente en la banda. No siempre se va a peor.

Esto ya es otra cosa.

                

Costaría creer que Rayo Vallecano y Valencia jugaron un partido de fútbol hace unos meses en Mestalla y quien ganó fue el equipo madrileño. La diferencia en Vallecas fue tan grande que los locales todavía a estas horas están dando palmas por alegrías con el resultado obtenido. Con un poco más de puntería y un poco menos de Piatti, los revigorizados pupilos del Txingurri podrían haberse traído en el AVE una docena de goles con los que dejar claro a quien aún tenga dudas que, cuando el personal está por la labor, el Valencia es el Valencia y el Rayo, el Rayo.

                Ha conseguido Paco Jémez armar un equipo bastante agradable a la vista. Si como futbolista Jémez cultivaba melena, barba patibularia y bien pocas tonterías a la hora de barrer su defensa, como entrenador, con poco que interponer entre él y el cielo, es de los que gusta desplegar buen fútbol. En la sala de prensa, como tantos otros, y en la cancha, como bien poquitos. Con una plantilla más propia de la división de plata que del lugar que ocupa en la tabla, ha dado guerra al más pintado y ha demostrado que aquí no sólo se puede vivir del puro resultadismo. Ayer su equipo no dio una a derechas y pareció un sparring de reserva en manos de un aspirante a campeón del mundo.  Algunos pueden pensar que, conseguido su objetivo, el Rayo ha quedado a merced de la marea. Echando mano del otro lado de este periódico, el malpensado puede incluso estar tentado de marcar el teléfono de Tebas y solicitar ampliar la investigación. Pero lo cierto es que enfrente el Rayo  tuvo un equipo que no le dio un centímetro de distancia a sus futbolistas más determinantes, que no perdió una sola oportunidad de salir disparado hacia el área contraria y que, inasequible al desaliento, persiguió el gol una y otra vez por muchas oportunidades que desperdiciara. Lo que cambió con respecto al partido de Mestalla no fue tanto el Rayo Vallecano como el Valencia. Con uno como el que se vio ayer, no estaríamos ahora pendientes de lo que haga la Real Sociedad.

                Volvieron a campar por sus respetos Banega y Parejo. Buena y mala notica. La buena es que si esos dos funcionan las posibilidades de perder se reducen considerablemente. La mala es que su opositor ayer era el tal Fuego. El acta del partido dice que disputó el encuentro y su entrenador aseguró a Superdeporte que el chico es un fenómeno –claro que también lo dijo de Viera-. Si éste es el primer fichaje del amigo Braulio para el año que viene, mejor que la criatura se quede quietecita y espere en casa la llegada del motorista con el finiquito y las gracias por los “servicios” prestados. Como estamos en plan optimista, habrá que paladear lo de las figuras blanquinegras. Dejando de lado el partido de San Sebastián, son ya un buen puñado de actuaciones sobresalientes de quienes tienen que llevar el timón del equipo. Banega ha justificado en un par de meses el sueldo que cobra y Parejo ha puesto un pañuelo en la boca de los que jamás creímos en él. En el haber de su entrenador anotamos su habilidad para encontrarle el lugar al argentino, mucho más dañino jugando a su aire por detrás de Soldado, y darle continuidad y confianza al madrileño. Entre los dos y con un poco de Soldado fueron capaces de hacer olvidar las ausencias de Jonas y Canales y las presencias de Feghouli y Piatti, este último proclamado por la bulliciosa afición local y por práctica unanimidad mejor futbolista del Rayo ayer.

                El partido dejó, además, nuevos mensajes de Mathieu, quien atendiendo al rendimiento ofrecido debería ser renovado no por tres sino por treinta años y de Guaita, quien a un intento de gol olímpico de Piti que le pilló un poco a contrapié sacó una mano de vete a saber dónde para mandar el balón a la mismísima luna en una centésima de segundo. Ese tipo de gestos, que se antojan imposibles para cualquier mortal, son los que uno quiere ver en futbolistas de su equipo. Para hacer lo que hacen otros –todos sabemos quiénes- servimos cualquiera de nosotros. Y con todo ello, ya van dos de dos y se mete un poco más de presión a la Real Sociedad, que ya en Getafe dio síntomas que mucho debieron preocupar a su afición. Es cierto que el Valencia ha sido el colmo de la irregularidad a lo largo del año. Pero también lo es que ha resuelto con absoluta contundencia las dos primeras de esas cinco bolas de partido que le separan de la Champions. Si lo gana todo, conseguirá el objetivo. A ver si tendremos que empezar a creer.

Uno de cinco. Faltan cuatro.

 Joao Pereira -ese hombre que le hace a uno preguntarse si de verdad había necesidad de aguantar al sinvergüenza de Miguel tantos años- dijo ayer que si el Valencia hubiese jugado durante toda la temporada como ante Osasuna, el equipo estaría mucho más arriba y peleando por otras cosas. Lo cual nos lleva al viejo dilema de la abuela y las ruedas. Si la abuela tuviera ruedas no sería una abuela, sería una bicicleta. Porque el Valencia ha disputado no sólo en los últimos meses sino en las últimas semanas encuentros verdaderamente lastimosos y porque, por mal que nos pueda saber, en la competición hay más equipos que Osasuna. Sí, podríamos pedir, como hicimos tras la eliminatoria de Copa, que se hiciera una Liga en la que compitieran sólo Valencia y Osasuna como vía inequívoca de acceso a Champions, pero no creo que a largo plazo acabáramos disfrutando. Los placeres sin esfuerzo alguno son menos placeres y acaban por convertirse en rutina y tedio. No hace falta más que ver cómo bajan las aguas en caladeros otrora repletos de pescado  y ahora diezmados por los desmanes de Mourinho, tan competente en el vestuario como insoportable fuera de él, y Tito Vilanova, tan alabado en el papel de segundo como pusilánime cuando le han dado el bastón de mando.

Ventiló su partido el Valencia con la facilidad que se suponía atendiendo a los precedentes más inmediatos. Flirtea peligrosamente el Osasuna -u Osasuna, que no sé muy bien si es más correcta una cosa u otra, por mucho que el artículo determinado se aplique a todos los equipos- con un descenso que, visto lo del sábado, tiene más que merecido. Desconcertante que hace apenas ocho días pusiera en aprietos a la tan traída y llevada Real Sociedad, que apenas le creó una ocasión clara de gol. Estamos ante una Liga desconcertante en la que la irregularidad, que nosotros creemos patrimonio del Valencia -que es en el que al final nos acabamos fijando- es desgracia más o menos común. También invitaba al optimismo una alineación ajena a las habituales excentricidades del entrenador, más allá del regreso de un Guardado que, por suerte para él y para su equipo, apenas tenía con quién vérselas -en Vallecas va a ser otro cantar y se presume regreso de la Perla Negra o males bastante mayores-. Volver a ver a los Cinco Magníficos -alguna vez hay que dejarse llevar y permitiréis estas pequeñas muestras de entusiasmo- en acción presagiaba igualmente alegrías. Son tenores que, no se sabe muy bien por qué, cantan bastante mejor en casa que fuera y capaces de cualquier cosa si el más dotado de ellos, argentino y poco propenso a prodigarse en recitales, se pone a liderar el quinteto con el entusiasmo que sólo se le ve cuando le sale del entrefajo.

No creo que nadie, en esas cuentas que quien más quien menos va echando, contase con un tropiezo ante Osasuna. Era, junto al partido ante el Granada, el escollo más fácil de superar. El problema es que las curvas están al llegar. El equipo se desinfla fuera de casa y para Vallecas no contará con Jonas ni, posiblemente, Canales, lo que hará reaparecer en escena, si conocemos como conocemos al Txingurri, a dos puñales por banda del cariz de Guardado y Feghouli. Así las cosas, no sería descabellado pensar que la Real pueda tropezar dentro de un rato en Getafe, lo mismo que en un par de jornadas en Sevilla o, incluso, ante el Madrid en casa a poco que Ronaldo quiera batir el récord de goles de Pirri o alguna cosa absurda de esas que se inventan en Madrid cada vez que pierden algún título que todo el mundo daba por descontado que iban a ganar ¿Estará el Valencia a la altura y sabrá aprovechar tropiezos que seguramente vendrán? Echar la vista atrás y no tan atrás resulta descorazonador y nada invita al optimismo. Pero hemos visto tantas cosas inopinadas en estos últimos días y nos hemos llevado tantas alegrías inesperadas, aunque vinieran de Alemania y no de donde se supone que tendrían que venir, que uno ya no se atreve a decir pan hasta que no sale del horno.

¿De qué estamos hablando?

Imagino que habrá quien ha pasado toda la noche maldiciendo el error arbitral -¿puede de verdad un árbitro equivocarse involuntariamente de forma tan escandalosa?, es algo que nunca sabremos- que de manera tan obvia habría cambiado el rumbo del partido. Cada quien ocupa su pensamiento en lo que le apetece. A nuestros efectos sirve de poco, pues en un cómputo global de errores a favor y en contra, no creo que a lo largo de la temporada el Valencia pueda quejarse de esa faceta.

La cuestión es que el Valencia, tras una temporada bastante vulgar, se jugaba buena parte de sus opciones de Champions ante la Real Sociedad. La victoria ponía el objetivo al alcance. El empate dejaba alguna opción. La derrota te condenaba de forma casi definitiva. Había que poner toda la carne en el asador. Y seguramente se puso. Pero no fue suficiente. Razones hubo muchas y cada cual destacará las que considere más relevantes. A mí me pareció anoche y me sigue pareciendo ahora, que ya es de día, que el equipo no supo leer el partido, cometió errores completamente injustificables y no se vio, en absoluto, acompañado por un entrenador tan sobrevalorado como buena parte de sus antecesores.

Vamos por partes. Si dejamos de lado los goles, algo imposible en un deporte que se basa en el empeño de lograrlos, el Valencia pareció mejor que la Real Sociedad. Como equipo combinaba mejor, movía el balón con mayor criterio, disponía incluso de futbolistas más dotados para esas lides. Nunca, hasta muy al final, podía uno pensar en que casi se reedita el resultado que acabó con Pellegrino en la calle (¿alguien piensa en echar a Valverde por haber casi calcado aquel fracaso, sin margen -importante salvedad- ya para la maniobra?). En los sutiles movimientos de Banega, los recortes de Soldado, la solvencia de Jonas o la visión de Parejo quedaban reflejadas todas las limitaciones de una Real Sociedad que es simplemente un grupo de chicos que saben jugar al fútbol sin demasiados alardes y que, eso sí,  van a por todas. En todos los partidos cabría añadir para diferenciarlos de este VCF, que sólo se ha empeñado de tal manera cuando ha visto las orejas al lobo. ¿Qué marcó, entonces, la diferencia? ¿Qué hizo que todo se desvaneciera en el aire? Un cúmulo de circunstancias,  entre las que no ocupan lugar secundario que los locales tuvieran claro cuáles eran sus armas -porque tienen un señor en el banquillo que las trabaja- y los visitantes aún a esta hora están preguntándose por las mismas -porque tienen en el mismo lugar a un grupo de señores que uno no sabe bien en qué ocupan el tiempo que se supone que pasan en su lugar de trabajo-.

No creo que haya que haber “visto todos los partidos de la Real”, cito textualmente de Superdeporte haciendo referencia a los técnicos del Valencia, para saber que la Real, más allá de la clase que puedan tener Vela o Griezmann -una clase relativa que apenas alcanzaría para hacerlos candidatos a mudarse a Mestalla-, tiene como armas fundamentales de su juego el balón parado y el contraataque. En lo primero no son el Bayern -son altos pero sin pasarse- y en el segundo tampoco son el Real Madrid, pero para destacar en la Liga en esos temas han tenido más que suficiente. Un niño de cinco años que empieza en esto del fútbol sabe que si el rival saca de esquina en corto, trasladando la pelotita del señor que saca a un compañero situado a escasos metros del banderín que corona esa zona del campo, el equipo que defiende debe situar a DOS  individuos que eviten que los rivales hagan exactamente lo que les venga en gana. Al parecer en este Valencia hay unos cuantos futbolistas y, lo que es peor, algún que otro inquilino del banquillo que se perdió, a los cinco años, esa lección. El resultado fue el 1-1. Lo del contraataque, mejor lo dejamos. Repasad en Youtube el gol que rompió el partido y observad las veces que alguien pudo haber puesto fin a ese despropósito. Coronado con una lección magistral de cómo evaporarse de la portería para no oponer resistencia alguna por parte de Alves -que en el cuarto no levantase los brazos sólo cabe atribuirlo a que en ese momento recibió una comunicación intergaláctica por vía telepática-. Ay, Txingurri, ay, ay, ay.

Cuando tú manejas el partido pero pereces irremisiblemente, una y otra vez, cada vez que merodeas el área rival, pero permites que el contrario atraviese tus líneas de contención como un cuchillo rasgando un paño, de poco sirve el ejercicio. Cuando has desperdiciado lastimosamente una oportunidad tras otra de situarte en el lugar en la tabla que se supone debes ocupar atendida la nómina de futbolistas con que cuentas, tampoco parece oportuno lamentarse de lo no obtenido en un partido concreto. No vale la pena, por otro lado, insistir en batallas ya perdidas. Lo de Feghouli, por ejemplo, aquí lo venimos denunciando desde hace mucho. Unos pocos partidos le han servido para ocupar un lugar -y obtener un sueldo- que en absoluto le corresponde. Que los revulsivos que se supone iban a cambiar el partido en la mente del Txingurri tuvieran que ser Piatti y Guardado deja bien a las claras de qué estamos hablando.

Y, sin embargo, es cierto que el valencianismo reclama, casi unánime, que renueven a este hombre.

Oigan, que igual, como recordábamos no hace mucho, este señor no mete al Valencia ni en la Europa League.

¿De qué estamos hablando?

Por fin.

                Más de uno llegó a casa tras haber hecho la ola en Mestalla y, desconfiando, se metió en internet para asegurarse de que aquello continuaba en pie. Cuando uno malvive con los restos, un festín así tiene por fuerza que producirle perplejidad. Habría que trasladarse a un tiempo muy lejano, previo incluso a la era digital, para recordar algo así. Puede o no acabar sirviendo para alcanzar el objetivo último, pero para una afición maltratada y exánime, ratos como el de anoche justifican tanta penitente devoción. Qué más quisiera Mestalla que poder hacer la ola multitud de veces cada temporada.

                La victoria del Valencia no admite paliativos. Demuestra, primero, que el fútbol mantiene ese punto imprevisible que hace que estemos todos aquí. La lógica contraponía a un equipo local timorato y sin personalidad que venía arrastrando toda suerte de carencias desde hacía unas cuantas semanas frente a un Málaga que, tras su debacle europea, tan insólita en su desenlace como merecida en el balance de la eliminatoria, parecía rehecho y dispuesto a demostrar su mejor momento de juego y mayor empaque futbolístico. Pellegrini salió, además, con todos sus efectivos salvo Toulalan. Once de gala para intentar reeditar la exhibición de la ida y dejar fuera de la carrera a un rival siempre temible. Ante el Dortmund se ampararon, sin razón alguna, en el árbitro para justificar su derrota. Anoche no creo que hallaran excusas.

                En medio del fragor de la noche, encontrar una explicación es casi imposible. Cada uno tendrá la suya. No debe ser muy ajeno a cuanto sucedió que el Valencia pusiese a cinco futbolistas a atacar y a otros cinco a defender y que, por una vez y sin que sirva de precedente, todos ellos eran quienes mejores condiciones reunían para hacerlo. Cuando se juntaron Parejo, Canales, Jonas, Soldado y Banega, sobre el que volveremos, aquello simplemente pareció otra cosa. Tuvo que ver, desde luego, que viéramos la mejor versión que casi todos ellos han ofrecido en estos años y que coincidieran en un mismo partido. Juntos parecían una manada de bisontes desbocados dispuestos a arrollar a quien se pusiera por delante, llamásese Demichelis, Welligton o Willy Caballero. Si esos cinco tienen el día, no parece descabellado pensar que lo único que tienes que asegurar es que lo hacen con la conciencia tranquila. Y el amigo Txingurri decidió dejarse de veleidades y colocó para cubrir las espaldas de todos ellos a cuatro señores que saben defender y un tal Albelda que sabe jugar al fútbol. Y la cosa funcionó. Debió partirle el alma al entrenador tener que dejar en el banco a Guardado, no poder contar con Feghouli o no disponer del Tino Costa para destruir y repartir. Pero lo que agradeció el equipo ese ápice de cordura y esas largamente ansiadas ausencias se recordará durante tiempo.

                El partido, al contrario que tantos otros, estuvo lleno de detalles. El más significativo, tal vez, visto cómo se enrareció la previa, fue que el personal desinteresado se plantó ante la tele para ver a Isco liarla ante su viejo club y acabó haciéndose cruces de por qué el tal Banega no juega siempre así. Inútil cualquier disertación sobre el tema. Lleva un lustro aquí, le vemos cada semana y jamás lo sabremos. Pero lo cierto es que Éver dio un recital. Que el mismo ser humano que hizo cuanto hizo anoche acostumbre a arrastrarse por el campo como una acémila mal nutrida no nos entrará nunca en la cabeza. Sólo nos queda desear que siga así hasta el final de temporada ¡Ánimo, Éver, son sólo seis partidos más! A su sombra jugaron, y no poco, los demás. Muy notable Parejo, liberado por Albelda de tareas que no le convienen. Lo mismo que Canales, que tiene todo lo que le falta a Feghouli, incluyendo la sensación de que de lo que él acabe haciendo su equipo va a salir beneficiado. Su baja se acusó durante el partido y pinta una negra nube en el horizonte. Que vuelvan a esa zona los de toda la temporada se antoja aterrador.

                Y así seguimos, en plena montaña rusa. Si la semana pasada todo hacía pensar que la cosa iba mal, en esta el equipo se marca el partido del año, nos trae a la mente aquellas tardes de sangre y fuego del doblete y al entrenador le da por olvidarse de Piatti, Viera, Guardado y compañía y hasta se da el gustazo de que Bernat juegue esos minutos que le hacen acreedor de un merecido aumento de sueldo –Llorente aún se retuerce de dolor-. Para qué pensar en lo que pueda pasar en San Sebastián el próximo fin de semana.

Aumenta la confusión.

                Cualquier aproximación lógica al partido disputado anoche en Cornellá carece de sentido. Acabó tres a tres, sí, pero porque así lo quiso el destino El fútbol desplegado fue paupérrimo, las imprecisiones y los errores, constantes. Por no haber, ni siquiera hubo ni una mínima parte de la intensidad que se supone a esta fase de la competición. A falta de lógica, quizás habría que hablar de sensaciones. La primera y tal vez más importante es que el Valencia no hizo lo suficiente para ganar el partido. Podría haberlo hecho, como podría haberlo perdido por una mayor renta. Como tantas otras veces, echó a la basura la mitad de la contienda y pereció a pocos segundos del pitido final por uno de esos errores impropios de futbolistas de esta categoría. Nadie, supongo, podrá lamentar el resultado más allá de por la manera, pueril y chapucera, en que acabó llegando.

                El Valencia hizo una primera parte deplorable. Decir que es de lo peor que hemos visto esta temporada sería, quizás, decir mucho habida cuenta lo que hemos tenido que soportar. Pero no debió de andar muy lejos. Si la predisposición de los muchachos para luchar por meterse en Champions va a traducirse en eso, casi mejor que los señores que preparan el presupuesto del año que viene no cuenten ni con la Europa League. Sólo dos explicaciones suenan verosímiles a estas horas: o alguien dio orden expresa de que allí en lugar de correr había que caminar, o una mano negra introdujo algún tipo de sustancia adormilante en la bebida energética del equipo visitante. Resultaba incluso angustioso ver a Parejo, o a cualquier otro, correr por el campo como si lo hiciera dentro de una piscina. Que la mayoría de los envíos acabasen a pies de futbolistas del rival fue, casi, lo de menos. Al vestuario se fueron con un gol en contra porque quiso el destino. Y también por tener delante a gente como Wakaso y Stuani. La única esperanza que albergaba la gente de buena fe es que igual que siempre van de regular a mal, esta vez fuese al contrario.

                Y, mal que bien, fue un poco así. No es que Parejo o los otros acertasen mucho más en su elección de pase o que se electrizara el partido como si allí de verdad alguien se estuviera jugando algo. Pero entre un poquito de Banega por aquí y otro poco de Jonas, que fue el único al que se vio de principio a fin, por allá, el equipo empezó a cogerse. Se aprovechó una frivolidad del insólito Wakaso para meter el empate y para poner ojos de envidia en la parroquia local, que no tiene a futbolistas como Banega –gran segunda parte la suya- y Canales. Luego se cayó de nuevo al vacío. Apareció Jonas –quién si no- para arreglarlo, falló Soldado lo que parecía inapelable, pero acabó poniendo por delante a su equipo. Total, para nada. En una noche en la que el conjunto dio una imagen borrosa, indolente y tan preocupante como la que nos ha ofrecido toda la temporada, era mucho pedir que no fueran errores individuales los que acabaran condenando la nave a quedarse en el astillero. Especialmente retratados quedaron dos de sus defensas y si la mitad de la línea que debe mantenerte a flote está continuamente en el disparadero, tus problemas no van a hacer sino acrecentarse. La habilidad que tiene Guardado, así, para estar siempre en el lugar en el que no debe estar y para ser desarbolado por el contrario –incluso por Stuani- comienza a ser como mínimo exasperante. La falta de condiciones de Ruiz para seguir en este equipo genera dudas de igual o mayor calado. Cometió un penalti  tan absurdo como indiscutible nada más salir y se comió un gol de manera lastimosa que le quitó dos puntos a su equipo con el árbitro ya dispuesto a silbar y salir corriendo.

                Si alguien esperaba un puñetazo encima de la mesa para dejar claro a los rivales que el Valencia es un serio candidato a algo, que haga acopio de tila o cosas peores. El equipo llega al final igual que comenzó, continuó y siguió más tarde. Una de cal, dos de arena y tres de vete tú a saber qué. Lo que queda no tiene, desde luego, buena pinta, pues no parece que el equipo de ayer dispute mucho más los partidos de lo que lo hacía el que fue descerrajado por Real Sociedad y Málaga. Dispuestos a agarrarnos a algo, puesto que es evidente que en el banquillo no vamos a encontrar nada del otro mundo, cabe esperar que algún día regrese el mejor Soldado –lo de anoche, a pesar del gol, fue una pesadilla-, que en algún momento lleguen a jugar los cuatro defensas supuestamente titulares, que Banega decida que tiene que seguir jugando al máximo nivel y que los otros equipos también fallen. Sobre todo esto último, que es, en definitiva, lo que nos ha traído hasta aquí últimamente.

Sin saber a qué agarrarse.

               

                Pasan las jornadas y el Valencia sigue siendo un equipo tan pusilánime como indescifrable. La falta de criterio de un entrenador tan desubicado como sus inmediatos antecesores –sólo a alguien que vive en Marte se le ocurre reclamar su renovación el mismo día que dimite su presidente- empieza a ser alarmante. Sus defensores, entre los que cabe esperar no se encuentren los nuevos gestores del club, van a tener difícil explicar un partido como el de anoche. Una ceremonia de impotencia, un monumento al disparate y un serio aviso de cara a lo que queda de temporada. Son muchos los que piden nombres a la hora de buscar relevos. Un somero repaso de las plantillas de los contendientes en Mestalla y un vistazo a cómo uno y otro entrenador reajustaron sus piezas a lo largo del encuentro dejan a Valverde a los pies de los caballos y a Djukic llamando a una puerta que conoce y que muchos le abrirían con delectación.

                Como tantas otras veces, y ya da hasta vergüenza ajena resaltarlo, el Valencia empezó aceptablemente bien y terminó rematadamente mal, gol en el último segundo de partido al margen. Fue una primera parte en la que brilló Canales, por fin. El cántabro posee justo lo que no ha tenido nadie esta temporada en esa línea de tres cuartos: calidad en carrera. Partiendo desde la izquierda apareció por todas partes y se asoció hasta con brillantez con un Parejo crecido. Decidió Valverde, que no todo lo hace mal, jugar con dos delanteros. Ya funcionaba con la dupla Soldado-Aduriz –tan bien funcionaba que Emery casi nunca utilizaba la fórmula- y ayer no fue excepción durante el rato que el Valencia se pareció a un equipo de fútbol. Jonas merodeaba el área y completaba la tarea de un Soldado que estaba sin estar. En la falta de precisión del valenciano se escapó vivo un Valladolid que no daba señales de vida. Porque si no es él, o Jonas, bien sabemos que aquí no marca nadie. Bueno sí, algún defensa, propio o, como anoche, ajeno.

                Pronto se vio en la reanudación que la cosa estaba cambiando y acabó de arreglarlo Soldado, en un partido aciago, fallando un penalti que provocó él mismo –único detalle positivo que dejó-. Aprovechó el Valladolid el habitual boquete que escarba Guardado en su defensa partido tras partido y empató en una acción fulgurante. Alguien, que no será Valverde ya que el vasco nunca explica nada, nos dirá por qué Mathieu, que acabó el partido adelantando al mexicano corriendo por su banda, exasperado por la insustancialidad del 17, purga su excelente capacidad de desequilibrar por la izquierda maniatado junto a Rami ¿Será que su entrenador considera que Guardado aporta más al equipo que Ricardo Costa? Acabáramos, Txingurri. Tras el gol visitante, reacciona como un jabato don Ernesto y propone como revulsivo a Viera, lo cual es casi lo mismo que poner a la banda de música a tocar, como ya se hiciera no hace mucho. Se supone que Canales estaba cansado, sí. Se olvida que Canales cansado corre bastante más que Viera en condición alguna. Feghouli, entre tanto, de regreso de quién sabe dónde, empeñado en darles la razón a los que le dieron el oro y el moro para que renovara –uno ya se ha ido, falta el segundo- entregando el balón al contrario una vez tras otra. Parejo desapareció y Costa ni siquiera llegó a aparecer. El Valladolid con diez y aquello se convirtió en un espectáculo circense en el que todos querían llevar el balón hasta donde les llegara el entendimiento. El público amagando silbidos, Rami acariciando la pelota hasta perderla, Mathieu echando a gorrazos del campo a Guardado, centros sin ton ni son y la Real a cuatro puntos.

Se resolvió todo en el último suspiro. El encargado fue Jonas porque anoche no podía ser otro. Pero jugar con fuego acostumbra a terminar con quemaduras de algún grado. Nadie duda de que el Valladolid es un equipo bien trabajado –lo contrario que el Valencia-, con un excelente entrenador –ya sabéis lo que va aquí- y unos futbolistas que se aplican con uñas y dientes a ejecutar su cometido sin olvidar el buen trato del balón. Pero el desmoronamiento de los locales en la segunda mitad carece de justificación alguna. Si fuera un hecho aislado podríamos achacarlo a los imponderables del fútbol. Como llueve sobre mojado hay que echar la vista hacia un banquillo que tiene al equipo con el agua al cuello y se muestra incapaz de aportar soluciones. La suerte cayó ayer del lado bueno, pero pocos valencianistas han dormido tranquilos. Tras cuatro años de narices, ¿qué es lo que querían?

 

                

Ni bien ni mal, más bien todo lo contrario

             Otra vez uno de esos partidos en los que uno se va a dormir y no sabe si hacerlo contento por haber dado la cara en un campo complicado como lo es a fecha de hoy el Calderón, o cabreado por el enésimo gatillazo de un equipo incapaz de hacer un partido completo a entera satisfacción. Quien sólo observara el primer tiempo debió pensar que aquello tenía que inclinarse del lado visitante. Quien de verdad conoce la trayectoria  reciente del VCF tenía razones para desconfiar. Como tantas otras veces, se dejó escapar el tren cuando hubo oportunidad de subirse a él y luego las cosas se torcieron de manera incomprensible.

           Los optimistas, si aún queda alguno, se aferrarán a ese primer tiempo en el que el Valencia se impuso en casi todos los conceptos a un rival que ya cayó en Mestalla. No es éste, huelga señalarlo, aquel Atlético de Madrid pletórico de principios de temporada. Primero porque Falcao está bien lejos de aquella versión y Diego Costa, supuesta nueva figura mundial de esas que por Madrid se inventan cada temporada, no llena, ni de lejos, el vacío. Y también porque aquella intensidad desbocada que exhibían hasta que pasaron por Valencia ha ido menguando según se acumulan las jornadas. Apostó Simeone por empezar la Liga como un tiro y le ha salido bien, pero parece haber hecho ya todo lo que tenía que hacer. Anoche pareció un equipo cansado. Nadie podrá decir, además, que no estaba sobre aviso. El Valencia ya les ganó en el primer envite usando su propia munición y con Pellegrino en el banquillo. Se trataba de hacer básicamente lo mismo.

             A ello se pusieron con cierto entusiasmo desde un principio, recuperados del susto que dio Banega perdiendo tres balones en noventa segundos –record Guinness oficioso según estadísticas de este cronista-. El Valencia jugó con nervio. Costa y Parejo siguen siendo incapaces de abstenerse de intentar siempre ese pase para el que no necesariamente están capacitados, pero consiguieron imponerse con suficiencia a sus oponentes y llevar al equipo en volandas hacia el área contraria. Secundaba Pereira, que parecía llevar un combustible de más octanaje que el resto de concurrentes, Banega que, bullicioso, alternaba dosis de cal y de arena,  y un Jonas que desde aquella bronca en Mestalla parece haber despertado de su hibernación anual. Hasta se recuerda una jugada en la que Piatti creó cierto peligro, hecho tan novedoso como habitual que no acabara sucediendo nada. Porque ahí, en la exasperante insustancialidad de tipos como Piatti, probablemente incapaz de convertir un penalti sin portero, se explica que el Valencia fuera una y otra vez a la fuente y se volviera casi siempre sin agua en el cántaro. En eso y en la incompetencia de Guardado, que regaló un gol a Falcao dejando claro, de nuevo, a quienes ya teníamos claro que no sirve para atacar que defendiendo es casi igual de torpe.

             Todo se vino abajo en la segunda mitad. Contribuyeron, es de imaginar, al unísono el cansancio derivado del esfuerzo y de la lluvia y la asunción colectiva de que, ausente Soldado y mal servidas las faltas de las que disfrutaba el equipo -¿por qué no las saca siempre Costa?-, allí no se le marcaba un gol ni al arco iris. El Atlético se hizo con el mando y empezó a merodear los dominios de Alves. Bien Costa y Mathieu, cuyo regreso al lateral izquierdo se antoja imprescindible si se quiere subir algún peldaño el nivel de juego. Lo de Guardado y Cissokho se está haciendo larguísimo. Una lástima, hablando de la Perla Negra, que Valverde no se decidiera a colocarlo de nueve cuando retiró a Valdez. Por un momento uno mantuvo la esperanza. Lleva, en definitiva, más goles que Piatti o Guardado –en quienes recaía por entonces el peso del ataque- y le podría haber puesto un poco de picante a un partido que languidecía. Pero no está el Valencia para fantasías, ni quedan románticos capaces de ver en Cissokho un émulo de Mista. Cuesta imaginarlo haciéndolo peor que Valdez o rindiendo menos de delantero centro que de lateral. Así es, en definitiva, este Valencia en el que ya casi da igual quien juegue. Los goles siempre los marcan los mismos, si es que marcan porque sólo son dos, y acaba fiando su suerte a que sus centrales, de nuevo imperiales anoche, sigan aguantando el tipo. Poca alforja para tanto viaje.

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