La alegría no tuvo su guinda.

                

Día redondo el que le salió a la esforzada hinchada valencianista en las tierras de Madrid. Victoria de su equipo, partido en su conjunto bastante entretenido y fiesta por todo lo alto en un graderío que fue más visitante que local. No es el campo del Getafe el Ali Sami Yen, precisamente, así que mil tipos dispuestos a darlo todo no hallaron demasiada resistencia  para convertir el habitual velatorio con el que conviven los de Luis García en un homenaje a los viejos tiempos. No faltó quien, malvado en el gesto, comenzó la mañana acudiendo a la Cibeles para ofrecerse a echar una mano a los operarios municipales que retiraban el andamiaje, que colocó el Ayuntamiento por si acaso, al que se encaramaba Raúl a dar pases toreros cuando el Madrid aún ganaba algo.

                No salió el partido, ni mucho menos, como el del domingo pasado. Ni el Valencia anduvo tan fino ni, diferencia sustancial, el Getafe es el Rayo Vallecano. Cuenta Luis García con futbolistas que conocen de sobra su oficio y dispone incluso de alguno al que no le faltan dosis de calidad que no abundan en estos tiempos. Se jugaban sus opciones de viajar por Europa y plantearon un partido poco amigo de la floritura. Seis a defender y los otros cuatro a buscarse la vida, que para eso se supone que el Valencia es el equipo grande. El choque nació atragantado y así siguió hasta que Mathieu sacó el desatascador. A Banega le pusieron un ejército de piernas alrededor y pronto se vio que no era uno de esos días en los que le salen hasta las rabonas. Por detrás, Parejo no encontraba el hueco y Albelda perdía un balón tras otro. Reinaba la imprecisión porque en esto del fútbol hay veces que las cosas no funcionan. Al contrario que otras veces, no obstante, siempre se veía intención y cada error intentaba ser subsanado de inmediato. Los locales merodeaban el área de un Guaita que estrenaba el corte de pelo que uno querría para su peor enemigo y el Valencia se perdía casi siempre antes de llegar a la de Moyà. Los únicos que veían luz en aquel túnel de oscuridad eran los chicos de la Curva Nord, que aun perdiendo ocho a cero ven posibilidades de remontar, y en una falta ejecutada con cierto desorden, el mismo que lucía el equipo hasta entonces, apareció Mathieu para marcar de primera un gol que todavía a estas horas sigue viendo repetido en televisión su incrédula señora. Moyà, por cierto, no demostró ser lo que se dice un gato.

                Si el primer tiempo dejó un poso de alivio mezclado con ciertas dosis de preocupación, la reanudación fue otra cosa. Decidió el Getafe adelantar líneas y ahí halló su perdición. Con más espacios, reaparecieron los dos jugones en los que reposa el presente y el futuro de este Valencia y su equipo se adueñó del partido. Puso la guinda un Soldado colosal. Capaz, como siempre, de lo mejor y también de lo peor, pero bullicioso como en sus mejores partidos. No marcó porque hay veces que se precipita o yerra los controles, pero fue una pesadilla para la defensa contraria. Corrió, batalló y se ofreció sin descanso y eso, unido a su calidad, es lo que necesita el Valencia de su delantero centro. Todo el fútbol que se quedó en el tintero antes del gol de Mathieu, regresó tras el mismo y si no se liquidó el asunto fue por una mezcla de falta de acierto, exceso de precipitación e individualismo, especialmente preocupante en el caso de Feghouli, a quien alguien debería llamar al orden. Volvió, así, el Valencia a mostrarse notablemente más entero que el rival a nivel físico, lo cual no deja de ser noticia considerando que cuando llegó el actual preparador físico el equipo ni siquiera realizaba los estiramientos como Dios manda y que la mayoría de equipos, incluidos sus rivales directos, ofrecen claros síntomas de agotamiento.

               

                Parecía imposible, nos lo parecía a muchos, hace tres jornadas, tras aquella derrota en Anoeta, que el equipo hiciera lo que ha hecho. No sólo ha vencido sino que lo ha conseguido convenciendo y hasta ofreciendo ciertas dosis de buen fútbol y una seguridad atrás que debe ser el pilar sobre el que se asienten los dos últimos envites. Le sonríe, además, la suerte. Jugó Guaita cuando no estaba previsto y marcó Mathieu con el pie cuando estaba por allí para rematar con la cabeza. Al francés, por cierto, habría que destinar, si se consigue entrar en Champions, una parte considerable de esa curiosa y nada desdeñable prima con la que el presidente de un club endeudado hasta las cejas ha considerado oportuno agasajar a sus futbolistas por conseguir el resultado mínimo que cabe exigirles atendiendo a la calidad que atesoran y a los salarios que cobran. Una lástima que luego el Sevilla no acompañara para redondear el día. Pero si el marciano Emery no nos dio una sola alegría cuando lucía palmito en los garitos de Valencia, mucho sería pedirle que lo haga ahora que pesca en otros caladeros. Nos queda, con todo, el consuelo de que ya no esté aquí. Ver al Sevilla de hoy nos lleva al sufrimiento de hace bien poco. Laterales que suben sin ton ni son para chocar con el extremo de su banda, centrocampistas que no sabes muy bien –ni lo saben ellos- a qué dedican su esfuerzo, pases y más pases al portero y, lo peor, el mismo ridículo permanente en la banda. No siempre se va a peor.

Esto ya es otra cosa.

                

Costaría creer que Rayo Vallecano y Valencia jugaron un partido de fútbol hace unos meses en Mestalla y quien ganó fue el equipo madrileño. La diferencia en Vallecas fue tan grande que los locales todavía a estas horas están dando palmas por alegrías con el resultado obtenido. Con un poco más de puntería y un poco menos de Piatti, los revigorizados pupilos del Txingurri podrían haberse traído en el AVE una docena de goles con los que dejar claro a quien aún tenga dudas que, cuando el personal está por la labor, el Valencia es el Valencia y el Rayo, el Rayo.

                Ha conseguido Paco Jémez armar un equipo bastante agradable a la vista. Si como futbolista Jémez cultivaba melena, barba patibularia y bien pocas tonterías a la hora de barrer su defensa, como entrenador, con poco que interponer entre él y el cielo, es de los que gusta desplegar buen fútbol. En la sala de prensa, como tantos otros, y en la cancha, como bien poquitos. Con una plantilla más propia de la división de plata que del lugar que ocupa en la tabla, ha dado guerra al más pintado y ha demostrado que aquí no sólo se puede vivir del puro resultadismo. Ayer su equipo no dio una a derechas y pareció un sparring de reserva en manos de un aspirante a campeón del mundo.  Algunos pueden pensar que, conseguido su objetivo, el Rayo ha quedado a merced de la marea. Echando mano del otro lado de este periódico, el malpensado puede incluso estar tentado de marcar el teléfono de Tebas y solicitar ampliar la investigación. Pero lo cierto es que enfrente el Rayo  tuvo un equipo que no le dio un centímetro de distancia a sus futbolistas más determinantes, que no perdió una sola oportunidad de salir disparado hacia el área contraria y que, inasequible al desaliento, persiguió el gol una y otra vez por muchas oportunidades que desperdiciara. Lo que cambió con respecto al partido de Mestalla no fue tanto el Rayo Vallecano como el Valencia. Con uno como el que se vio ayer, no estaríamos ahora pendientes de lo que haga la Real Sociedad.

                Volvieron a campar por sus respetos Banega y Parejo. Buena y mala notica. La buena es que si esos dos funcionan las posibilidades de perder se reducen considerablemente. La mala es que su opositor ayer era el tal Fuego. El acta del partido dice que disputó el encuentro y su entrenador aseguró a Superdeporte que el chico es un fenómeno –claro que también lo dijo de Viera-. Si éste es el primer fichaje del amigo Braulio para el año que viene, mejor que la criatura se quede quietecita y espere en casa la llegada del motorista con el finiquito y las gracias por los “servicios” prestados. Como estamos en plan optimista, habrá que paladear lo de las figuras blanquinegras. Dejando de lado el partido de San Sebastián, son ya un buen puñado de actuaciones sobresalientes de quienes tienen que llevar el timón del equipo. Banega ha justificado en un par de meses el sueldo que cobra y Parejo ha puesto un pañuelo en la boca de los que jamás creímos en él. En el haber de su entrenador anotamos su habilidad para encontrarle el lugar al argentino, mucho más dañino jugando a su aire por detrás de Soldado, y darle continuidad y confianza al madrileño. Entre los dos y con un poco de Soldado fueron capaces de hacer olvidar las ausencias de Jonas y Canales y las presencias de Feghouli y Piatti, este último proclamado por la bulliciosa afición local y por práctica unanimidad mejor futbolista del Rayo ayer.

                El partido dejó, además, nuevos mensajes de Mathieu, quien atendiendo al rendimiento ofrecido debería ser renovado no por tres sino por treinta años y de Guaita, quien a un intento de gol olímpico de Piti que le pilló un poco a contrapié sacó una mano de vete a saber dónde para mandar el balón a la mismísima luna en una centésima de segundo. Ese tipo de gestos, que se antojan imposibles para cualquier mortal, son los que uno quiere ver en futbolistas de su equipo. Para hacer lo que hacen otros –todos sabemos quiénes- servimos cualquiera de nosotros. Y con todo ello, ya van dos de dos y se mete un poco más de presión a la Real Sociedad, que ya en Getafe dio síntomas que mucho debieron preocupar a su afición. Es cierto que el Valencia ha sido el colmo de la irregularidad a lo largo del año. Pero también lo es que ha resuelto con absoluta contundencia las dos primeras de esas cinco bolas de partido que le separan de la Champions. Si lo gana todo, conseguirá el objetivo. A ver si tendremos que empezar a creer.

Uno de cinco. Faltan cuatro.

 Joao Pereira -ese hombre que le hace a uno preguntarse si de verdad había necesidad de aguantar al sinvergüenza de Miguel tantos años- dijo ayer que si el Valencia hubiese jugado durante toda la temporada como ante Osasuna, el equipo estaría mucho más arriba y peleando por otras cosas. Lo cual nos lleva al viejo dilema de la abuela y las ruedas. Si la abuela tuviera ruedas no sería una abuela, sería una bicicleta. Porque el Valencia ha disputado no sólo en los últimos meses sino en las últimas semanas encuentros verdaderamente lastimosos y porque, por mal que nos pueda saber, en la competición hay más equipos que Osasuna. Sí, podríamos pedir, como hicimos tras la eliminatoria de Copa, que se hiciera una Liga en la que compitieran sólo Valencia y Osasuna como vía inequívoca de acceso a Champions, pero no creo que a largo plazo acabáramos disfrutando. Los placeres sin esfuerzo alguno son menos placeres y acaban por convertirse en rutina y tedio. No hace falta más que ver cómo bajan las aguas en caladeros otrora repletos de pescado  y ahora diezmados por los desmanes de Mourinho, tan competente en el vestuario como insoportable fuera de él, y Tito Vilanova, tan alabado en el papel de segundo como pusilánime cuando le han dado el bastón de mando.

Ventiló su partido el Valencia con la facilidad que se suponía atendiendo a los precedentes más inmediatos. Flirtea peligrosamente el Osasuna -u Osasuna, que no sé muy bien si es más correcta una cosa u otra, por mucho que el artículo determinado se aplique a todos los equipos- con un descenso que, visto lo del sábado, tiene más que merecido. Desconcertante que hace apenas ocho días pusiera en aprietos a la tan traída y llevada Real Sociedad, que apenas le creó una ocasión clara de gol. Estamos ante una Liga desconcertante en la que la irregularidad, que nosotros creemos patrimonio del Valencia -que es en el que al final nos acabamos fijando- es desgracia más o menos común. También invitaba al optimismo una alineación ajena a las habituales excentricidades del entrenador, más allá del regreso de un Guardado que, por suerte para él y para su equipo, apenas tenía con quién vérselas -en Vallecas va a ser otro cantar y se presume regreso de la Perla Negra o males bastante mayores-. Volver a ver a los Cinco Magníficos -alguna vez hay que dejarse llevar y permitiréis estas pequeñas muestras de entusiasmo- en acción presagiaba igualmente alegrías. Son tenores que, no se sabe muy bien por qué, cantan bastante mejor en casa que fuera y capaces de cualquier cosa si el más dotado de ellos, argentino y poco propenso a prodigarse en recitales, se pone a liderar el quinteto con el entusiasmo que sólo se le ve cuando le sale del entrefajo.

No creo que nadie, en esas cuentas que quien más quien menos va echando, contase con un tropiezo ante Osasuna. Era, junto al partido ante el Granada, el escollo más fácil de superar. El problema es que las curvas están al llegar. El equipo se desinfla fuera de casa y para Vallecas no contará con Jonas ni, posiblemente, Canales, lo que hará reaparecer en escena, si conocemos como conocemos al Txingurri, a dos puñales por banda del cariz de Guardado y Feghouli. Así las cosas, no sería descabellado pensar que la Real pueda tropezar dentro de un rato en Getafe, lo mismo que en un par de jornadas en Sevilla o, incluso, ante el Madrid en casa a poco que Ronaldo quiera batir el récord de goles de Pirri o alguna cosa absurda de esas que se inventan en Madrid cada vez que pierden algún título que todo el mundo daba por descontado que iban a ganar ¿Estará el Valencia a la altura y sabrá aprovechar tropiezos que seguramente vendrán? Echar la vista atrás y no tan atrás resulta descorazonador y nada invita al optimismo. Pero hemos visto tantas cosas inopinadas en estos últimos días y nos hemos llevado tantas alegrías inesperadas, aunque vinieran de Alemania y no de donde se supone que tendrían que venir, que uno ya no se atreve a decir pan hasta que no sale del horno.

¿De qué estamos hablando?

Imagino que habrá quien ha pasado toda la noche maldiciendo el error arbitral -¿puede de verdad un árbitro equivocarse involuntariamente de forma tan escandalosa?, es algo que nunca sabremos- que de manera tan obvia habría cambiado el rumbo del partido. Cada quien ocupa su pensamiento en lo que le apetece. A nuestros efectos sirve de poco, pues en un cómputo global de errores a favor y en contra, no creo que a lo largo de la temporada el Valencia pueda quejarse de esa faceta.

La cuestión es que el Valencia, tras una temporada bastante vulgar, se jugaba buena parte de sus opciones de Champions ante la Real Sociedad. La victoria ponía el objetivo al alcance. El empate dejaba alguna opción. La derrota te condenaba de forma casi definitiva. Había que poner toda la carne en el asador. Y seguramente se puso. Pero no fue suficiente. Razones hubo muchas y cada cual destacará las que considere más relevantes. A mí me pareció anoche y me sigue pareciendo ahora, que ya es de día, que el equipo no supo leer el partido, cometió errores completamente injustificables y no se vio, en absoluto, acompañado por un entrenador tan sobrevalorado como buena parte de sus antecesores.

Vamos por partes. Si dejamos de lado los goles, algo imposible en un deporte que se basa en el empeño de lograrlos, el Valencia pareció mejor que la Real Sociedad. Como equipo combinaba mejor, movía el balón con mayor criterio, disponía incluso de futbolistas más dotados para esas lides. Nunca, hasta muy al final, podía uno pensar en que casi se reedita el resultado que acabó con Pellegrino en la calle (¿alguien piensa en echar a Valverde por haber casi calcado aquel fracaso, sin margen -importante salvedad- ya para la maniobra?). En los sutiles movimientos de Banega, los recortes de Soldado, la solvencia de Jonas o la visión de Parejo quedaban reflejadas todas las limitaciones de una Real Sociedad que es simplemente un grupo de chicos que saben jugar al fútbol sin demasiados alardes y que, eso sí,  van a por todas. En todos los partidos cabría añadir para diferenciarlos de este VCF, que sólo se ha empeñado de tal manera cuando ha visto las orejas al lobo. ¿Qué marcó, entonces, la diferencia? ¿Qué hizo que todo se desvaneciera en el aire? Un cúmulo de circunstancias,  entre las que no ocupan lugar secundario que los locales tuvieran claro cuáles eran sus armas -porque tienen un señor en el banquillo que las trabaja- y los visitantes aún a esta hora están preguntándose por las mismas -porque tienen en el mismo lugar a un grupo de señores que uno no sabe bien en qué ocupan el tiempo que se supone que pasan en su lugar de trabajo-.

No creo que haya que haber “visto todos los partidos de la Real”, cito textualmente de Superdeporte haciendo referencia a los técnicos del Valencia, para saber que la Real, más allá de la clase que puedan tener Vela o Griezmann -una clase relativa que apenas alcanzaría para hacerlos candidatos a mudarse a Mestalla-, tiene como armas fundamentales de su juego el balón parado y el contraataque. En lo primero no son el Bayern -son altos pero sin pasarse- y en el segundo tampoco son el Real Madrid, pero para destacar en la Liga en esos temas han tenido más que suficiente. Un niño de cinco años que empieza en esto del fútbol sabe que si el rival saca de esquina en corto, trasladando la pelotita del señor que saca a un compañero situado a escasos metros del banderín que corona esa zona del campo, el equipo que defiende debe situar a DOS  individuos que eviten que los rivales hagan exactamente lo que les venga en gana. Al parecer en este Valencia hay unos cuantos futbolistas y, lo que es peor, algún que otro inquilino del banquillo que se perdió, a los cinco años, esa lección. El resultado fue el 1-1. Lo del contraataque, mejor lo dejamos. Repasad en Youtube el gol que rompió el partido y observad las veces que alguien pudo haber puesto fin a ese despropósito. Coronado con una lección magistral de cómo evaporarse de la portería para no oponer resistencia alguna por parte de Alves -que en el cuarto no levantase los brazos sólo cabe atribuirlo a que en ese momento recibió una comunicación intergaláctica por vía telepática-. Ay, Txingurri, ay, ay, ay.

Cuando tú manejas el partido pero pereces irremisiblemente, una y otra vez, cada vez que merodeas el área rival, pero permites que el contrario atraviese tus líneas de contención como un cuchillo rasgando un paño, de poco sirve el ejercicio. Cuando has desperdiciado lastimosamente una oportunidad tras otra de situarte en el lugar en la tabla que se supone debes ocupar atendida la nómina de futbolistas con que cuentas, tampoco parece oportuno lamentarse de lo no obtenido en un partido concreto. No vale la pena, por otro lado, insistir en batallas ya perdidas. Lo de Feghouli, por ejemplo, aquí lo venimos denunciando desde hace mucho. Unos pocos partidos le han servido para ocupar un lugar -y obtener un sueldo- que en absoluto le corresponde. Que los revulsivos que se supone iban a cambiar el partido en la mente del Txingurri tuvieran que ser Piatti y Guardado deja bien a las claras de qué estamos hablando.

Y, sin embargo, es cierto que el valencianismo reclama, casi unánime, que renueven a este hombre.

Oigan, que igual, como recordábamos no hace mucho, este señor no mete al Valencia ni en la Europa League.

¿De qué estamos hablando?

Por fin.

                Más de uno llegó a casa tras haber hecho la ola en Mestalla y, desconfiando, se metió en internet para asegurarse de que aquello continuaba en pie. Cuando uno malvive con los restos, un festín así tiene por fuerza que producirle perplejidad. Habría que trasladarse a un tiempo muy lejano, previo incluso a la era digital, para recordar algo así. Puede o no acabar sirviendo para alcanzar el objetivo último, pero para una afición maltratada y exánime, ratos como el de anoche justifican tanta penitente devoción. Qué más quisiera Mestalla que poder hacer la ola multitud de veces cada temporada.

                La victoria del Valencia no admite paliativos. Demuestra, primero, que el fútbol mantiene ese punto imprevisible que hace que estemos todos aquí. La lógica contraponía a un equipo local timorato y sin personalidad que venía arrastrando toda suerte de carencias desde hacía unas cuantas semanas frente a un Málaga que, tras su debacle europea, tan insólita en su desenlace como merecida en el balance de la eliminatoria, parecía rehecho y dispuesto a demostrar su mejor momento de juego y mayor empaque futbolístico. Pellegrini salió, además, con todos sus efectivos salvo Toulalan. Once de gala para intentar reeditar la exhibición de la ida y dejar fuera de la carrera a un rival siempre temible. Ante el Dortmund se ampararon, sin razón alguna, en el árbitro para justificar su derrota. Anoche no creo que hallaran excusas.

                En medio del fragor de la noche, encontrar una explicación es casi imposible. Cada uno tendrá la suya. No debe ser muy ajeno a cuanto sucedió que el Valencia pusiese a cinco futbolistas a atacar y a otros cinco a defender y que, por una vez y sin que sirva de precedente, todos ellos eran quienes mejores condiciones reunían para hacerlo. Cuando se juntaron Parejo, Canales, Jonas, Soldado y Banega, sobre el que volveremos, aquello simplemente pareció otra cosa. Tuvo que ver, desde luego, que viéramos la mejor versión que casi todos ellos han ofrecido en estos años y que coincidieran en un mismo partido. Juntos parecían una manada de bisontes desbocados dispuestos a arrollar a quien se pusiera por delante, llamásese Demichelis, Welligton o Willy Caballero. Si esos cinco tienen el día, no parece descabellado pensar que lo único que tienes que asegurar es que lo hacen con la conciencia tranquila. Y el amigo Txingurri decidió dejarse de veleidades y colocó para cubrir las espaldas de todos ellos a cuatro señores que saben defender y un tal Albelda que sabe jugar al fútbol. Y la cosa funcionó. Debió partirle el alma al entrenador tener que dejar en el banco a Guardado, no poder contar con Feghouli o no disponer del Tino Costa para destruir y repartir. Pero lo que agradeció el equipo ese ápice de cordura y esas largamente ansiadas ausencias se recordará durante tiempo.

                El partido, al contrario que tantos otros, estuvo lleno de detalles. El más significativo, tal vez, visto cómo se enrareció la previa, fue que el personal desinteresado se plantó ante la tele para ver a Isco liarla ante su viejo club y acabó haciéndose cruces de por qué el tal Banega no juega siempre así. Inútil cualquier disertación sobre el tema. Lleva un lustro aquí, le vemos cada semana y jamás lo sabremos. Pero lo cierto es que Éver dio un recital. Que el mismo ser humano que hizo cuanto hizo anoche acostumbre a arrastrarse por el campo como una acémila mal nutrida no nos entrará nunca en la cabeza. Sólo nos queda desear que siga así hasta el final de temporada ¡Ánimo, Éver, son sólo seis partidos más! A su sombra jugaron, y no poco, los demás. Muy notable Parejo, liberado por Albelda de tareas que no le convienen. Lo mismo que Canales, que tiene todo lo que le falta a Feghouli, incluyendo la sensación de que de lo que él acabe haciendo su equipo va a salir beneficiado. Su baja se acusó durante el partido y pinta una negra nube en el horizonte. Que vuelvan a esa zona los de toda la temporada se antoja aterrador.

                Y así seguimos, en plena montaña rusa. Si la semana pasada todo hacía pensar que la cosa iba mal, en esta el equipo se marca el partido del año, nos trae a la mente aquellas tardes de sangre y fuego del doblete y al entrenador le da por olvidarse de Piatti, Viera, Guardado y compañía y hasta se da el gustazo de que Bernat juegue esos minutos que le hacen acreedor de un merecido aumento de sueldo –Llorente aún se retuerce de dolor-. Para qué pensar en lo que pueda pasar en San Sebastián el próximo fin de semana.

Aumenta la confusión.

                Cualquier aproximación lógica al partido disputado anoche en Cornellá carece de sentido. Acabó tres a tres, sí, pero porque así lo quiso el destino El fútbol desplegado fue paupérrimo, las imprecisiones y los errores, constantes. Por no haber, ni siquiera hubo ni una mínima parte de la intensidad que se supone a esta fase de la competición. A falta de lógica, quizás habría que hablar de sensaciones. La primera y tal vez más importante es que el Valencia no hizo lo suficiente para ganar el partido. Podría haberlo hecho, como podría haberlo perdido por una mayor renta. Como tantas otras veces, echó a la basura la mitad de la contienda y pereció a pocos segundos del pitido final por uno de esos errores impropios de futbolistas de esta categoría. Nadie, supongo, podrá lamentar el resultado más allá de por la manera, pueril y chapucera, en que acabó llegando.

                El Valencia hizo una primera parte deplorable. Decir que es de lo peor que hemos visto esta temporada sería, quizás, decir mucho habida cuenta lo que hemos tenido que soportar. Pero no debió de andar muy lejos. Si la predisposición de los muchachos para luchar por meterse en Champions va a traducirse en eso, casi mejor que los señores que preparan el presupuesto del año que viene no cuenten ni con la Europa League. Sólo dos explicaciones suenan verosímiles a estas horas: o alguien dio orden expresa de que allí en lugar de correr había que caminar, o una mano negra introdujo algún tipo de sustancia adormilante en la bebida energética del equipo visitante. Resultaba incluso angustioso ver a Parejo, o a cualquier otro, correr por el campo como si lo hiciera dentro de una piscina. Que la mayoría de los envíos acabasen a pies de futbolistas del rival fue, casi, lo de menos. Al vestuario se fueron con un gol en contra porque quiso el destino. Y también por tener delante a gente como Wakaso y Stuani. La única esperanza que albergaba la gente de buena fe es que igual que siempre van de regular a mal, esta vez fuese al contrario.

                Y, mal que bien, fue un poco así. No es que Parejo o los otros acertasen mucho más en su elección de pase o que se electrizara el partido como si allí de verdad alguien se estuviera jugando algo. Pero entre un poquito de Banega por aquí y otro poco de Jonas, que fue el único al que se vio de principio a fin, por allá, el equipo empezó a cogerse. Se aprovechó una frivolidad del insólito Wakaso para meter el empate y para poner ojos de envidia en la parroquia local, que no tiene a futbolistas como Banega –gran segunda parte la suya- y Canales. Luego se cayó de nuevo al vacío. Apareció Jonas –quién si no- para arreglarlo, falló Soldado lo que parecía inapelable, pero acabó poniendo por delante a su equipo. Total, para nada. En una noche en la que el conjunto dio una imagen borrosa, indolente y tan preocupante como la que nos ha ofrecido toda la temporada, era mucho pedir que no fueran errores individuales los que acabaran condenando la nave a quedarse en el astillero. Especialmente retratados quedaron dos de sus defensas y si la mitad de la línea que debe mantenerte a flote está continuamente en el disparadero, tus problemas no van a hacer sino acrecentarse. La habilidad que tiene Guardado, así, para estar siempre en el lugar en el que no debe estar y para ser desarbolado por el contrario –incluso por Stuani- comienza a ser como mínimo exasperante. La falta de condiciones de Ruiz para seguir en este equipo genera dudas de igual o mayor calado. Cometió un penalti  tan absurdo como indiscutible nada más salir y se comió un gol de manera lastimosa que le quitó dos puntos a su equipo con el árbitro ya dispuesto a silbar y salir corriendo.

                Si alguien esperaba un puñetazo encima de la mesa para dejar claro a los rivales que el Valencia es un serio candidato a algo, que haga acopio de tila o cosas peores. El equipo llega al final igual que comenzó, continuó y siguió más tarde. Una de cal, dos de arena y tres de vete tú a saber qué. Lo que queda no tiene, desde luego, buena pinta, pues no parece que el equipo de ayer dispute mucho más los partidos de lo que lo hacía el que fue descerrajado por Real Sociedad y Málaga. Dispuestos a agarrarnos a algo, puesto que es evidente que en el banquillo no vamos a encontrar nada del otro mundo, cabe esperar que algún día regrese el mejor Soldado –lo de anoche, a pesar del gol, fue una pesadilla-, que en algún momento lleguen a jugar los cuatro defensas supuestamente titulares, que Banega decida que tiene que seguir jugando al máximo nivel y que los otros equipos también fallen. Sobre todo esto último, que es, en definitiva, lo que nos ha traído hasta aquí últimamente.

Sin saber a qué agarrarse.

               

                Pasan las jornadas y el Valencia sigue siendo un equipo tan pusilánime como indescifrable. La falta de criterio de un entrenador tan desubicado como sus inmediatos antecesores –sólo a alguien que vive en Marte se le ocurre reclamar su renovación el mismo día que dimite su presidente- empieza a ser alarmante. Sus defensores, entre los que cabe esperar no se encuentren los nuevos gestores del club, van a tener difícil explicar un partido como el de anoche. Una ceremonia de impotencia, un monumento al disparate y un serio aviso de cara a lo que queda de temporada. Son muchos los que piden nombres a la hora de buscar relevos. Un somero repaso de las plantillas de los contendientes en Mestalla y un vistazo a cómo uno y otro entrenador reajustaron sus piezas a lo largo del encuentro dejan a Valverde a los pies de los caballos y a Djukic llamando a una puerta que conoce y que muchos le abrirían con delectación.

                Como tantas otras veces, y ya da hasta vergüenza ajena resaltarlo, el Valencia empezó aceptablemente bien y terminó rematadamente mal, gol en el último segundo de partido al margen. Fue una primera parte en la que brilló Canales, por fin. El cántabro posee justo lo que no ha tenido nadie esta temporada en esa línea de tres cuartos: calidad en carrera. Partiendo desde la izquierda apareció por todas partes y se asoció hasta con brillantez con un Parejo crecido. Decidió Valverde, que no todo lo hace mal, jugar con dos delanteros. Ya funcionaba con la dupla Soldado-Aduriz –tan bien funcionaba que Emery casi nunca utilizaba la fórmula- y ayer no fue excepción durante el rato que el Valencia se pareció a un equipo de fútbol. Jonas merodeaba el área y completaba la tarea de un Soldado que estaba sin estar. En la falta de precisión del valenciano se escapó vivo un Valladolid que no daba señales de vida. Porque si no es él, o Jonas, bien sabemos que aquí no marca nadie. Bueno sí, algún defensa, propio o, como anoche, ajeno.

                Pronto se vio en la reanudación que la cosa estaba cambiando y acabó de arreglarlo Soldado, en un partido aciago, fallando un penalti que provocó él mismo –único detalle positivo que dejó-. Aprovechó el Valladolid el habitual boquete que escarba Guardado en su defensa partido tras partido y empató en una acción fulgurante. Alguien, que no será Valverde ya que el vasco nunca explica nada, nos dirá por qué Mathieu, que acabó el partido adelantando al mexicano corriendo por su banda, exasperado por la insustancialidad del 17, purga su excelente capacidad de desequilibrar por la izquierda maniatado junto a Rami ¿Será que su entrenador considera que Guardado aporta más al equipo que Ricardo Costa? Acabáramos, Txingurri. Tras el gol visitante, reacciona como un jabato don Ernesto y propone como revulsivo a Viera, lo cual es casi lo mismo que poner a la banda de música a tocar, como ya se hiciera no hace mucho. Se supone que Canales estaba cansado, sí. Se olvida que Canales cansado corre bastante más que Viera en condición alguna. Feghouli, entre tanto, de regreso de quién sabe dónde, empeñado en darles la razón a los que le dieron el oro y el moro para que renovara –uno ya se ha ido, falta el segundo- entregando el balón al contrario una vez tras otra. Parejo desapareció y Costa ni siquiera llegó a aparecer. El Valladolid con diez y aquello se convirtió en un espectáculo circense en el que todos querían llevar el balón hasta donde les llegara el entendimiento. El público amagando silbidos, Rami acariciando la pelota hasta perderla, Mathieu echando a gorrazos del campo a Guardado, centros sin ton ni son y la Real a cuatro puntos.

Se resolvió todo en el último suspiro. El encargado fue Jonas porque anoche no podía ser otro. Pero jugar con fuego acostumbra a terminar con quemaduras de algún grado. Nadie duda de que el Valladolid es un equipo bien trabajado –lo contrario que el Valencia-, con un excelente entrenador –ya sabéis lo que va aquí- y unos futbolistas que se aplican con uñas y dientes a ejecutar su cometido sin olvidar el buen trato del balón. Pero el desmoronamiento de los locales en la segunda mitad carece de justificación alguna. Si fuera un hecho aislado podríamos achacarlo a los imponderables del fútbol. Como llueve sobre mojado hay que echar la vista hacia un banquillo que tiene al equipo con el agua al cuello y se muestra incapaz de aportar soluciones. La suerte cayó ayer del lado bueno, pero pocos valencianistas han dormido tranquilos. Tras cuatro años de narices, ¿qué es lo que querían?

 

                

Ni bien ni mal, más bien todo lo contrario

             Otra vez uno de esos partidos en los que uno se va a dormir y no sabe si hacerlo contento por haber dado la cara en un campo complicado como lo es a fecha de hoy el Calderón, o cabreado por el enésimo gatillazo de un equipo incapaz de hacer un partido completo a entera satisfacción. Quien sólo observara el primer tiempo debió pensar que aquello tenía que inclinarse del lado visitante. Quien de verdad conoce la trayectoria  reciente del VCF tenía razones para desconfiar. Como tantas otras veces, se dejó escapar el tren cuando hubo oportunidad de subirse a él y luego las cosas se torcieron de manera incomprensible.

           Los optimistas, si aún queda alguno, se aferrarán a ese primer tiempo en el que el Valencia se impuso en casi todos los conceptos a un rival que ya cayó en Mestalla. No es éste, huelga señalarlo, aquel Atlético de Madrid pletórico de principios de temporada. Primero porque Falcao está bien lejos de aquella versión y Diego Costa, supuesta nueva figura mundial de esas que por Madrid se inventan cada temporada, no llena, ni de lejos, el vacío. Y también porque aquella intensidad desbocada que exhibían hasta que pasaron por Valencia ha ido menguando según se acumulan las jornadas. Apostó Simeone por empezar la Liga como un tiro y le ha salido bien, pero parece haber hecho ya todo lo que tenía que hacer. Anoche pareció un equipo cansado. Nadie podrá decir, además, que no estaba sobre aviso. El Valencia ya les ganó en el primer envite usando su propia munición y con Pellegrino en el banquillo. Se trataba de hacer básicamente lo mismo.

             A ello se pusieron con cierto entusiasmo desde un principio, recuperados del susto que dio Banega perdiendo tres balones en noventa segundos –record Guinness oficioso según estadísticas de este cronista-. El Valencia jugó con nervio. Costa y Parejo siguen siendo incapaces de abstenerse de intentar siempre ese pase para el que no necesariamente están capacitados, pero consiguieron imponerse con suficiencia a sus oponentes y llevar al equipo en volandas hacia el área contraria. Secundaba Pereira, que parecía llevar un combustible de más octanaje que el resto de concurrentes, Banega que, bullicioso, alternaba dosis de cal y de arena,  y un Jonas que desde aquella bronca en Mestalla parece haber despertado de su hibernación anual. Hasta se recuerda una jugada en la que Piatti creó cierto peligro, hecho tan novedoso como habitual que no acabara sucediendo nada. Porque ahí, en la exasperante insustancialidad de tipos como Piatti, probablemente incapaz de convertir un penalti sin portero, se explica que el Valencia fuera una y otra vez a la fuente y se volviera casi siempre sin agua en el cántaro. En eso y en la incompetencia de Guardado, que regaló un gol a Falcao dejando claro, de nuevo, a quienes ya teníamos claro que no sirve para atacar que defendiendo es casi igual de torpe.

             Todo se vino abajo en la segunda mitad. Contribuyeron, es de imaginar, al unísono el cansancio derivado del esfuerzo y de la lluvia y la asunción colectiva de que, ausente Soldado y mal servidas las faltas de las que disfrutaba el equipo -¿por qué no las saca siempre Costa?-, allí no se le marcaba un gol ni al arco iris. El Atlético se hizo con el mando y empezó a merodear los dominios de Alves. Bien Costa y Mathieu, cuyo regreso al lateral izquierdo se antoja imprescindible si se quiere subir algún peldaño el nivel de juego. Lo de Guardado y Cissokho se está haciendo larguísimo. Una lástima, hablando de la Perla Negra, que Valverde no se decidiera a colocarlo de nueve cuando retiró a Valdez. Por un momento uno mantuvo la esperanza. Lleva, en definitiva, más goles que Piatti o Guardado –en quienes recaía por entonces el peso del ataque- y le podría haber puesto un poco de picante a un partido que languidecía. Pero no está el Valencia para fantasías, ni quedan románticos capaces de ver en Cissokho un émulo de Mista. Cuesta imaginarlo haciéndolo peor que Valdez o rindiendo menos de delantero centro que de lateral. Así es, en definitiva, este Valencia en el que ya casi da igual quien juegue. Los goles siempre los marcan los mismos, si es que marcan porque sólo son dos, y acaba fiando su suerte a que sus centrales, de nuevo imperiales anoche, sigan aguantando el tipo. Poca alforja para tanto viaje.

Disfrutar…al menos hasta el sábado.

Abonados como estamos al sinsabor permanente y a ese gris plomizo que nos traen los Llorente, Vázquez, Emery, Valverde y toda su cohorte de Cissokhos, no me resisto a dar un volantazo y permitirme el gustazo de escribir sobre lo que ayer pasó en París. Que fue mucho. Y fue mucho porque estos ojos habían visto ganar bien pocas veces a Francia en partido oficial. Y nunca, ni por asomo, hacerlo en París en partido decisivo y con la France toute entière pendiente de meternos mano y poner las cosas donde siempre habían estado.

Para empezar: chapeau, Don Vicente. Nueva demostración de savoire faire, de personalidad y fin abrupto a tanta memez como hemos tenido que leer y escuchar estos días por parte de los de siempre. El madridismo, acechante en cada esquina, todavía no ha aprendido a digerir su escasísima aportación a esta etapa gloriosa de la Roja y aprovecha cualquier resquicio para poner en duda un sistema que, lo quieran o no, rezuma esencia barcelonista por los cuatro costados -más allá de que Villa o Silva, por ejemplo, sean, en realidad, productos básicamente del VCF-. El resbalón de Finlandia fue aprovechado para volver con la vieja cantinela de que lo del tiqui-taca igual no es tan buena idea. Básicamente quieren volver al centro de Míchel y remate de Santillana, modernizado en la figura de Navas -dentro de poco empezarán a exigir a Jesé ¿se llama así?, o a cualquier otro extremo de los que entrenan en Valdebebas- y Negredo. Va  a ser que no. Tan solo alguien con una limitada capacidad de conciliación de las matemáticas básicas puede pretender poner una coma a lo único que nos ha funcionado…en fin, mejor no seguir por ahí.

Planteó Del Bosque un partido en la línea de siempre. España lleva cinco años igual. Les dio el primer pase a los agoreros apostando por Valdés. La República de Madrid, en la forma de todas sus gacetas, telebasuras y radiomerenguerías optaba, lógicamente, por cualquiera antes que por el portero del Barça. Que sea, sin margen para la duda, el mejor salvando a Iker a ellos les traía sin cuidado. Que el portero también tenga que ser azulgrana les podía. Así que dale con que si Reina no es solo un animador -no, no es sólo eso, pero tampoco está ya, en mi opinión, entre los seis o siete mejores porteros del país-, con que si De Gea es el futuro -se confunden de nuevo, pues el futuro es Guaita, máxime si acaba en el Barça y ahí lo ponen a jugar de una puñetera vez- y consultas con curanderos de medio mundo para intentar sanar al bueno de Casillas. Las manos de Valdés acabaron siendo decisivas. Su alineación no tuvo nada, pues, de irrelevante.

Superado el susto de Juanfran, pequeña veleidad -como en su día Capel- a la que todos tenemos derecho, volvió don Vicente a la correcta senda apostando por Monreal. Señalábamos aquí, hace ya casi un siglo, nuestra perplejidad por la postergación del lateral del Arsenal en la lista de la última Eurocopa en la que, incomprensiblemente, sí entró Juanfran. El error ha sido corregido y, si bien todavía nos quede por suspirar por que Puyol vuelva por donde anduvo y Ramos a su puesto en la derecha para sentar a Arbeloa, es cuanto menos de agradecer que tengamos dos laterales por la izquierda como Dios manda. La frivolidad, por fortuna, nuestro seleccionador no la practica jamás cuando la situación se pone seria. En realidad, es entonces cuando tira de manual y, al contrario que otros, se limita a hacer lo que dicta la lógica. No por tener un grupo de excelentes futbolistas se tiene garantizada la victoria. El entrenador inteligente tiene que saber leer sus necesidades, las fortalezas y carencias del rival y actuar con solvencia. Del Bosque lo ha hecho siempre hasta ahora -ay, Txingurri, ay-.

Se pasaron los señores de Cuatro un buen rato exigiendo la substitución de Xavi. A falta de madridista en el banquillo, pedían a quien fuera. “¡Bien!” gritó uno cuando anunciaron que Negredo -¡Negredo!- calentaba. Enorme simpatía hacia todo producto de la cantera madridista que genera, entre otras cosas, que Soldado, como Negredo, entren en un grupo al que ni por asomo deberían pertenecer. Es bien cierto que Villa está lejos, muy lejos, de su mejor nivel -nos digan lo que nos digan los aspirantes a República también independiente con sede en Barcelona-. También lo es que Torres no es ya -veremos si vuelve- el futbolista excepcional, el mejor nueve de nuestra historia. Pedir a Negredo es simplemente aberrante. Hasta cierto punto comprensible que Del Bosque se resista a prescindir de un Villa que tanto le ha dado, nos ha dado a todos. Más discutible que lo haya hecho de Torres, muchísimo más que cualquier otro nueve español, incluído Villa, incluso a día de hoy. O no lleva a ninguno y confía en Pedro, Cesc o quien sea -Mathieu si se nacionaliza-o vuelve a lo de siempre. Nuevo acierto, pues, dejando a Negredo en el lugar adecuado. El tema de los delanteros es, con todo, nuestra mayor preocupación a fecha de hoy pues no se ve a nadie que pueda llenar el enorme espacio que han dejado el 7 y el 9 de España.

Ya reconocimos en su día que Xavi Alonso y Busquets, lo queramos o no, aportan la seguridad que te lleva a las finales. Indiscutible Busquets, de los mejores anoche si no el mejor, y por supuesto intocable Alonso, por lo que hace y por el escudo que luce de lunes  a domingo, parece que ahora van a por Xavi. Inaudito, amigos. Lo próximo será pedir la suplencia de Iniesta. Don Vicente, por suerte, sigue a lo suyo. Y nosotros, a disfrutar. Anoche, lo reconozco, vibré como hacía tiempo que no vibraba-desde la Eurocopa-, grité, me indigné con un árbitro que trajo recuerdos de aquellos tiempos aciagos -y es que un mal árbitro, un atraco como el que anoche estuvo a un paso de perpetrarse, puede acabar contigo si no consigues ir un paso más allá, si no eres verdaderamente superior y España lo es-, salté en el gol de Pedro y me reconcilié con un deporte que tan mal nos está tratando en el día a día. Disfrutemos, pues. Ya vendrá el sábado y Dios dirá.

¿Donde está el sistema?

Llevamos aquí ya unas cuantas semanas, desde que se asentó el “proyecto” de Valverde -entre comillas porque a mi juicio la palabra proyecto le viene bastante grande-, diciendo que en el Valencia todo cambia para seguir exactamente igual. Quienes pretenden ver una mejoría en las prestaciones del equipo se agarran unas veces, cuando el resultado acompaña como el sábado, a los números y otras, cuando no acompaña, a que el equipo juega “mejor”, siendo mejor un calificativo tan obviamente dado a las interpretaciones. Cuando lo cierto es que, igual que ocurriera a lo largo del nefasto cuatrienio en el que Unai Emery consiguió vaciar Mestalla y desconectar, de la mano con su presidente,  absolutamente a la afición de su equipo, este Valencia no ofrece un solo asidero al que enganchar la ilusión del aficionado y pugna tristemente por ocupar la cuarta plaza en la Liga con equipos con presupuestos que no le llegan ni a la altura del ombligo, aprovechándose de sus enormes carencias y la irregularidad inherente a lo endeble de sus planteles. Y cuando eso no le alcanza, siempre está un árbitro amigo como Muñiz, dispuesto a devolver lo que cogió prestado en el Bernabéu ante el hermano mayor de los atracos.

Lo del partido ante el Betis, si me permitís, ya lo hemos visto. No una ni dos, sino docenas de veces en los últimos años. El equipo sale más o menos enchufado, con cierto brío, desarbola a un rival que llega a Mestalla con el respeto que se ganó un equipo -el de hace años- que ya no vemos por ninguna parte para luego desaparecer y dejar vivo a un contrario jugando en inferioridad y con la mala leche que supone saber que vas perdiendo por una ocurrencia arbitral, reincidida en la acción de Mathieu. Entre medias, nada. Alguno de vosotros consideráis que Valverde ha aportado cierta coherencia al juego del equipo y que éste tiene un sistema reconocible. Aguardo ansioso que me expliquéis exactamente cuál es ese sistema, más allá de que en la pizarra pone once nombres y cambia cada dos o tres partidos al portero. Cómo de mal estará la cosa que Parejo, un stopper blando, evanescente y sin asomo alguno del carácter que debería poseer quien ocupara esa plaza en el Valencia -esencialmente porque no tiene cualidades para ello razón por la cual jamás había jugado en esa posición en su carrera futbolística- sigue cosechando alabanzas basadas, en esencia, en que coge el balón y lo entrega normalmente a un compañero.

Intentar destacar algo del partido del sábado, tarea casi imposible. El ejercicio de inoperancia que alcanzó el equipo en la segunda mitad, ante un Betis con diez, alcanzó tal magnitud que hasta los centrales, desesperados, se liaron unas cuantas veces la manta a la cabeza y salieron disparados hacia el córner del enemigo intentando hacer lo que nadie hacía: ponerle un poco de ímpetu y desdoblar. De pocas cosas se va a beneficiar más el equipo, por cierto, que de la vuelta de Mathieu a su puesto natural. El Valencia necesita como el comer un lateral izquierdo que no mancille en cada partido el nombre de los excelentes que ha tenido el Valencia a lo largo de su historia y, desde luego, los dos que hasta hoy han actuado ahí no son más que una imitación burda y descolorida.  Cuanto menos sorprendente que, vista la inoperancia de Cissokho y Guardado en labores ofensivas -defendiendo tampoco son Gentile, precisamente-, el equipo siga sin contar con un hombre que ataque por esa zona. Sin flanco izquierdo y con el centro convertido en un batiburrillo, hacer goles se convierte en una utopía. Curioso decir eso cuando se marcaron tres. Haber visto el partido explica el galimatías.

Así las cosas, la jornada ha sido bastante benigna. El Betis es un serio rival, que sabe a lo que juega -ves salir a estos tíos y te das cuenta de que tienen entrenador-, y que cuenta con un par de delanteros con ganas de comerse el mundo y habilidad para conseguirlo. El 3-0 es un regalo. Si a ello se le suma que el Málaga no tiene plantilla para lidiar con tanta competición y sin duda pagará sus excesos europeos, solo quedó el disgusto de una Real Sociedad que juega con la ventaja de que todo lo que haga desde ahora ya es por añadidura. Juega sin presión alguna, aunque también se cierto que no tiene delanteros como Molina y Castro. Puede parecer un sinsentido tener que jugarse la vida con estos, pero así son las cosas.

Una última reflexión. El Valencia jugó casi todo el partido con dos únicos futbolistas españoles. Durante quince minutos sólo con uno, Parejo -que es de Madrid, lugar que uno a veces considera el menos español de España-. De todos los extranjeros que había ahí, en el campo, me preguntaba cuántos volverán a Valencia dentro de diez o quince años y recibirán un aplauso cariñoso, no digamos nostálgico, de la afición ¿Alguno? Así, con esa plantilla firmada a golpe de talonario rancio y cicatero -pero talonario-, y un entrenador que está aquí contando los minutos que faltan para largarse a Bilbao, es imposible hacer nada ni esperar que futbolistas con innegables, y olvidadas, dotes para el fútbol conformen un equipo de verdad. Nos queda lo de siempre: esperar que los otros sigan fallando.

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