Andada la mitad del camino de esta temporada, la parroquia valencianista no sabe aún a qué atenerse. Los optimistas se agarran a la cómoda tercera posición del equipo en Liga para mostrar un entusiasmo moderado sobre lo que el futuro nos pueda deparar. Nadie puede negar que el equipo acumula cinco puntos más que el pasado año a estas alturas y que, de postre, sus rivales más temibles han pinchado más de la cuenta. Los más alborozados exigen, incluso, la renovación del entrenador por los méritos acumulados. Frente a ellos, no son pocos los que deploran el entreguismo del equipo en la Copa del Rey por ser el título que se antojaba más a tiro este curso y abundan quienes consideran que el Valencia sigue siendo un equipo con pies de barro, que basa su éxito más en la improvisación de su fenomenal delantera que en la puesta en marcha de un plan preconcebido.
Pero, ¿es el Valencia un equipo fiable? ¿Ha logrado Unai Emery armar un grupo compacto en torno a un sistema de juego que nos garantice estabilidad? Cuesta creerlo. Aunque es innegable que esta temporada hemos visto buenos partidos, da la impresión que la mejora registrada se debe más a una cuestión de individualidades que a la fortaleza del conjunto. El aceptable desempeño que están teniendo algunos de los nuevos fichajes, además de la notable mejoría en sus prestaciones de jugadores antaño aletargados –Joaquín, Silva…-, han permitido dar un pequeño salto de calidad. Que no esconde, sin embargo, las lagunas que desde el banquillo no se han sabido trabajar.
El Valencia es, así, un equipo incapaz de encontrar solución a los problemas que le crean los equipos que presionan la salida del balón de su línea defensiva, continúa concediendo demasiadas ocasiones a los rivales en las acciones a balón parado y no encuentra alternativas cuando la inspiración o las piernas de Banega, su evanescente mediocentro, dejan de acompañarle. Hasta ahora, le ha alcanzado para distanciarse de sus rivales, pero hay que recordar que las segundas vueltas, más dramáticas en su desenlace, suelen deparar partidos ásperos en los que los espacios en los que ha sabido moverse hasta ahora el cuarteto atacante del equipo van a comenzar a reducirse.
Ante eso, se puede esperar que los demás sigan pinchando, como han hecho hasta ahora, o exigir al entrenador que nos ponga al abrigo de la incertidumbre que genera depender del golito de Villa o de la jugada genial de Silva. Y para ello, no basta con acudir a la oficina. Para eso hay que demostrar inteligencia, savoir faire y un nivel de impronta sobre los jugadores que, a estas alturas, no sabemos todavía si tiene Unai Emery. Lo que sí sabemos es que nadie se lo va a llevar de aquí, y menos aún con el estupendo sueldo del que disfruta, hijo de aquellos tiempos en los que los perros se ataban con longaniza.
