Archive for Febrero, 2011

Golpe de autoridad

No es fácil ganar en San Mamés. El Bilbao es un equipo que hace de su casa un fortín. Pero de verdad, no solo de boquilla como dicen hacer otros. O los desarbolas completamente siendo mucho mejor que ellos -algo que raramente pasa- o se vienen arriba empuñando el hacha de guerra que les ha caracterizado durante buena parte de su historia. Se podrá decir que tuvo el Valencia un punto de suerte -la tuvo-, que no dominó el partido -no lo hizo-, que mandó al fondo de la red las dos únicas ocasiones claras de las que dispuso -es cierto- (bueno, Joaquín tuvo otra, pero es Joaquín), pero todo ello no resta mérito a una victoria muy importante, para mí la más valiosa de lo que va de temporada.

Resulta imposible saber qué impacto tuvo en el ánimo de la plantilla el puñetazo que sobre la mesa dio el club mandando a Miguel Brito al lugar del que no debía haber salido desde hace tres años: un campo de entrenamiento aledaño donde siga, él solito, una cura de desintoxicación. La medida, que debería ir acompañada de un despido procedente (¿qué es eso de que no se ganaría el caso en los tribunales? ¿de qué abogados dispone el club?), mandó el mensaje adecuado a algún que otro despistado acólito del noctámbulo portugués. Y, fuese o no por ello, los jugadores valencianistas salieron con el cuchillo entre los dientes. Uno, al final, acaba no pidiendo otra cosa. Se conforma con que aquí nadie pueda presumir de tener más arrestos que nosotros. Es así de simple.

Y eso que el primer cuarto de hora no auguraba nada bueno. El equipo no supo interpretar la partitura. Es habitual. El lehendakari Toquero y un Llorente que está que la rompe dejaron en evidencia una vez sí y otra también a Stankevicius -que vivió ayer su peor noche desde que llegó- y Navarro -luego hablaremos de él-. Es cierto que un central del Valencia tiene que saber salir vencedor en los unos contra uno. Pero es grave que los laterales se marchasen de excursión y dejasen vendidos a sus compañeros -ambos al unísono y total para nada porque son una nulidad en ataque- en una noche en la que era evidente que Toquero y Llorente estaban inspirados. Por ahí llegó el peligro y acabó llegando el gol. Pocas veces tendrá Llorente tantas facilidades, por cierto. De patio de colegio el gol que consiguió marcar, con Navarro tratando de fijarlo y Bruno echándose una siesta como si no fuera con él la cosa. Es lo que hay.

Pero cuando peor pintaba el tema, el equipo sacó arrestos. Topal demostró lo que tanta gente ha defendido siempre, que es el mejor medio centro defensivo del equipo. Su entrenador se puede empeñar en poner ahí a quien le apetezca, pero el turco es más jugador. Entre él, un Joaquín que volvió a ser el jugador del primer tercio de liga,  y un Soldado que se peleó hasta con los palos de la portería devolvieron al equipo al partido. Si el Bilbao esperaba un Valencia timorato y acobardado, se equivocó. Es bien cierto que se creó escaso peligro, que Banega sigue lejos de su nivel aunque el chico ponga interés, que Vendredi volvió a acabar desfondado después de otro partido aciago y que Guaita tuvo que sacar otra mano tremenda a un disparo de Llorente -ya avisé la semana pasada que Llorente ha alcanzado un nivel que da miedo-. Pero también que en mi opinión hubo dos penaltis -el de la mano del central bilbaíno como para pensar mal- que el árbitro no pitó y podían haber dado la vuelta al partido bastante antes.

Mata no funciona de media punta. Puede que esa posición le guste más. No se le puede discutir que se implique, que ayuda al equipo. Pero no acaba de encajar porque, además, el sistema no le acompaña. El equipo está demasiado poco tiempo en la línea de tres cuartos como para aprovechar las virtudes de Mata. El cambio de Pablo por Jonás fue decisivo. Capítulo aparte, de nuevo, para el gran Pablo H, que se volvió a enfadar por ser substituido tras otro partido intrascendente. No sabemos el origen de los males de este chico, aunque haría bien en repasar sus actuaciones. Si sigue enfadándose tras verse arrastrase por el campo, lo mejor es ya un tratamiento psicológico. Que Mata entrase por izquierda en su gol y Jonás demostrase que por lo menos tiene ganas y olfato goleador no creo que sean casualidades.

El Bilbao estuvo durante mucho tiempo a siete puntos del Valencia. Ahora está a trece. El Español, quinto, está a once puntos. Todos sabemos que el equipo no va a jugar siempre como ayer. Es demasiado irregular como para eso. Pero el impacto de la victoria es verdaderamente descomunal. ´

La jornada, además, fue tan benigna como entretenida. Pareció como si, de repente, los equipos recordasen que les pagan para jugar a fútbol. Vi cuatro partidos y en los cuatro me divertí este fin de semana. Algo inaudito. Atlético y Sevilla acabaron empatando, como todos queríamos, en un intercambio de golpes de lo más entretenido que los deja donde estaban: en crisis. El Barcelona lo pasó bastante mal, a pesar del resultado, y sólo empezó a jugar cuando Messi se sacó ese gol de la chistera. En Santander, el Racing hizo todo lo que un equipo puede hacer para ganar, por paliza además, a su rival. Salvo materializar las ocasiones. Barrió del campo a un Villarreal plagado de suplentes y que fue una sombra de equipo. Si su entrenador se empeña en quedar cuarto, al final puede que lo acabe consiguiendo. Ahora mismo Garrido es el valencianista más destacado de la provincia de Castellón. Se queja el Racing, con razón, de un penalti de Marchena sobre Munitis. Sólo le faltó sacar la metralleta y ajusticiarlo.  No es mala noticia que la defensa del Villarreal pueda llegar a ser peor que la del Valencia.

De cara al miércoles, las cosas no están nada claras. El Barcelona está dando síntomas de agotamiento. Está en un pico bajo de forma, no sé si fruto de la inercia lógica en todas las temporadas, o porque se ha buscado así en la preparación física del equipo. Sufrió para ganarle al Bilbao y jugó rematadamente mal la mitad del partido en Mallorca. Tiene a varios de sus hombres con la chispa apagada y mucho va a tener que esforzarse si quiere sacar algo positivo en Mestalla.

Acabo con Navarro. Cuando lo veía saliendo en camilla después del codazo que le abrió la brecha a Llorente pensaba: si este tío fuese del Real Madrid e hiciera eso ¿qué pensaríamos? Una cosa es trazar una raya, hacer de tu zona un castillo, hacerte respetar. Otra distinta liarse a codazos con todos tus rivales. Y triste y lamentable actuar como un patán saliendo en camilla del campo en lugar de disculparse, que es lo que debió hacer con Llorente. No sé lo que le pasa a este chico, pero normal no es.

Cuando sólo queda la estadística.

Cuando estás siempre en el filo de la navaja, es imposible que no acabes cortándote. El puro resultadismo no tiene más asidero que el frío, pero en ocasiones engañoso, dato estadístico. Así, de igual modo que el Valencia había cosechado un nada desdeñable botín aliado con la suerte, el árbitro y la inoperancia del contrario, era evidente que, a la mnínima que la cosa se torciera, se podía quedar sin premio. Fue contra el Sporting como podía haber sido contra cualquier otro antes y será contra el rival más inesperado después. Aquí, salvo al principio de temporada, cuando todavía los nuevos no sabían muy bien quién era el patrón del barco, no ha habido nunca más que estadística. Si, como se hacía en la época dorada del teatro en Broadway, se devolviese a los espectadores el dinero en el caso de que la función no colmase sus expectativas, el abonado valencianista ganaría dinero este año con su equipo.

Recordaba SUPER ayer que Emery, ese genio, había utilizado la friolera de cuatro sistemas tácticos distintos en una semana. No llevado por una urgencia, lesión de jugador clave o imposición de creencia religiosa alguna. El chico ha utilizado esos cuatro sistemas por convencimiento. Contra el Sporting le tocó el turno al más absurdo e inoperante de todos, aquel con el que jamás ha comulgado siquiera con su amiga la estadística. El que deja la elaboración del juego a futbolistas que no conocen ese oficio (pero se seguirá diciendo que Costa es un gran organizador a poco que se gane al Almería con un partido aceptable del chico), desasiste a los pobres que atacan por los flancos y condena al ostracismo al delantero centro que lo menos grave que puede acabar padeciendo al cabo de tanto tiempo de nadar en la miseria es lesionarse buscando cazar uno de esos meteoritos que el equipo le lanza para que lo transforme en balón de fútbol. Se podría considerar, como hacen los periódicos amigos, que lo que sucedió ante el Sporting fue fruto del cansancio y frustración derivados del poco provecho y mucho esfuerzo que se derivaron del día del Schalke…si no fuera porque esta película ya la habíamos visto antes. Con resultado dispar porque en el fútbol también juega la chiripa, pero con idéntico argumento y desdibujados protagonistas. Reprochar a Mestalla que juzgue lo que está viendo -no lo que dice la clasificación- y muestre su descontento con el bodrio, o pite a un jugador que ha venido de fuera se supone que a mejorar lo que hay en casa y no responde a esa premisa, es tan discutible como seguir defendiendo el régimen actual con el solo argumento de la clasificación. Quienes creen que Mestalla es demasiado riguroso con los suyos, o la afición valencianista demasiado inconformista, es porque ni conoce bien Mestalla ni tiene en cuenta cómo se las gastan en otros lugares.  Demasiado generosa me pareció la afición el sábado teniendo en cuenta el espectáculo por el que estaban pagando.

Intentar salvar a alguien de este partido para olvidar, en el que el equipo contrario podría haber colocado el portero de un futbolín y salir también indemne, es un ejercicio de voluntarismo que, a estas alturas, ya ni apetece. Nada podríamos añadir a lo que hemos comentado una y mil veces. El único consuelo lo sigue ofreciendo la clasificación, con la particularidad de que el próximo domingo el Valencia tiene que ir a Bilbao, que se postula, lo queramos/creamos o no, como rival directo en la lucha por el cuarto puesto. Una derrota allí dejaría a los vascos a siete puntos, que no es lo mismo que diez (obvio, pero psicológicamente son distancias muy diferentes). Nada de lo que preocuparse, en principio, porque estamos en una Liga en la que ningún equipo parece dar una a derechas -salvo los dos consabidos-, pero el Valencia es tan imprevisible que nadie puede dar nada por seguro a estas alturas. Me parece imperativo, por tanto, que el nivel de implicación en Bilbao vuelva al que se supone a un equipo que únicamente tien alguna opción de ser alguien si todos sus jugadores se emplean con el compromiso que viene implícito en su contrato profesional.

Vi al Bilbao en el Nou Camp y jugó como se esperaba. Diez hombres metidos atrás y un Llorente sencillamente espectacular cazando todos los balones que le mandaban. Lo del 9 bilbaíno fue tremendo. Se merendó él solito a Piqué -que volvió a cuajar el peor partido de su carrera, siendo desbordado cómo y cuando quiso por Llorente, pero también por el mismísimo lehendakari Toquero, en una nueva demostración de que la foto que debería poner en twitter es la de un banquillo, o la grada en tanto no abandone sus carantoñas mediáticas con la roquera sudamericana-, controló de espaldas sin que ningún rival se atreviese siquera a toserle y dio un recital de lo que es un nueve de rompe y rasga. Pero lo que tiene el Bilbao es que difícilmente no se esfuerza al máximo. El Barça salió anoche a pasearse, en línea de lo que hizo buena parte de la temporada anterior. Creyó que con la ley del mínimo esfuerzo, esa que tanto gusta a los chicos de Emery, pasaría el rodillo por encima de los de Caparrós. Y les funcionó durante un rato. Pero cuando llegó el empate, se encendieron todas las alarmas. El culerío entero comenzó a tener dificultades para tragar saliva, se palpaba el canguelo supremo en el Camp Nou. Son momentos divertidos, en los que uno mira a su alrededor y nunca falta una cara de susto mortal. Les salvó que, de repente, Messi decidió echarse a correr -se había pasado el partido tocándose, materialmente, las narices-.

Del Barça me sorpendió mucho Villa. Si el equipo está en un bajón de juego evidente, Villa no. Tiró el desmarque unas quinientas veces, estuvo hiperactivo, implicado, un ejemplo a seguir. En el otro lado, Pedro, que no da una a derechas desde hace varias semanas y Piqué, empeñado en hacer de Sergio Ramos. El problema del Barça es que si no está Puyol tiene que acabar poniendo a Busquets de central ¿Y si no está Pedro? La única alternativa, de momento, es Bojan, el Chori Domínguez del Barça (sí, hasta el Barcelona tiene a su Chori Domínguez). No tiene revulsivos y eso, cuando ya las piernas empiezan a pesar, es un enemigo temible. El más temible para este Barcelona.

Y no dejaré de resaltar aquí, porque a mí sí me gusta disfrutar del fútbol defensivo, cómo, más allá de la mejor o peor forma de sus hombres, este Barcelona se implica en su sistema de juego. Ver tirar la línea del fuera de juego con los cuatro defensas avanzando hacia la divisoria de costado y girándose continuamente para asegurarse que ningún compañero se despiste, en un orden casi prusiano que asfixia el control de balón de un rival que va quedándose sin espacios, es algo tan plástico y emocionante como cualquier diagonal eliminando rivales con el balón en los pies de Messi. Es un equipo tan sumamente trabajado que tienes que acabar aceptando que merece el triunfo.

Entre Raul y Navarro.

Pocos peros se pueden poner al partido del Valencia ante el Schalke. Hasta que le duró el fuelle -y el ánimo- fue un equipo aguerrido, decidido, motivado y que llegó a hilvanar rachas de juego aceptable. Todo el mundo rayó a gran nivel. Incluso el entrenador, que por una vez se decidió a sacar el equipo que la mayoría de aficionados habrían reclamado si tuvieran fuerzas a estas alturas para reclamar algo. Topal era un coloso (Maduro estaba en el banquillo, no sabemos por qué), Soldado demostró las razones que lo trajeron a Mestalla tras pagar cláusula de rescisión, Tino Costa encontraba su sitio moviéndose por el costado izquierdo, el Chori seguía apuntando maneras.  Los alemanes parecían poca cosa. Iban a lo suyo, intentando aprovechar las habituales meteduras de pata de la defensa valencianista a hombros de dos delanteros muy venidos a menos. Uno Raul, porque ya no le da el cuerpo y el otro, Huntelaar, porque cada temporada que pasa parece peor jugador.

El gol de Soldado, puro nervio ante los alemanes, eléctrico, hiperactivo, aquel jugador del Getafe imposible de seguir con la mirada, daba inicio a casi una hora de dominio claro del Valencia, al que sólo parecía faltarle un Banega en plena forma para dar un paso adelante y convertirse en equipo capaz de cualquier cosa. Eso y, tal vez, un Aduriz con una pizca más de calidad en esos metros donde se decide todo. El partido le vino algo grande.  Lo mismo que a la defensa…

He sido siempre de la opinión de que no hay gran equipo sin excelentes centrales. He repetido muchas veces que vi clarísimo que Mourinho era un tipo que sabía dónde se estaba metiendo cuando le dejó claro a Valdano que le estaban dando un equipo con un solo central de calidad-Pepe- y que para ganar la Champions necesitaba al menos dos. Los centrales del Madrid del año pasado regalaron, entre muchos otros, el gol del OL que echó a su equipo de la Champions. Los errores en esa parcela cuestan puntos en Liga, pero te mandan a la calle en Champions. Y el Valencia tenía a su mejor central de vuelta al lugar donde ha pasado la mayor parte de la temporada: en el palco junto a su hijo. La dejación de funciones de Navarro -llueve sobre un océano- en el gol de Raul es tenebrosa. Hay jugadores en esta plantilla a los que esta competición supera con creces. No incidiremos más -luego me entran remordimientos-.

Y ahí estamos, con Navarro y sus chicos engordando ese mito que tanta rabia genera Tadeo, Vicent y muchos otros valencianistas. Raul no acabó lesionado, ni arrastrándose por el campo. Acabó aprovechando la manifiesta incompetencia de su rival para poner la eliminatoria en un punto complicado. He hablado una vez en mi vida con Raul y le pregunté por los entonces defensas del Valencia. Me alegró sobremanera que alguien que había jugado contra ellos un buen número de veces coincidiera con mis apreciaciones. Desde que se fue Ayala, esto ha sido una cuesta abajo terrible. Es un tipo listo, además de un señor, y cuando recibió el balón ahí sabía que podría acabar marcando.

Preocupante, por otro lado, el desmoronamiento del equipo tras el gol. Más allá del lógico varapalo moral que supone encajar cuando lo normal habría sido ampliar la diferencia, los cambios destrozaron al equipo. La salida de Banega -Éver con una pierna es mejor que cualquier otro en plena forma- dejó de nuevo a Costa con la obligación de hacer lo que no sabe hacer y puso sobre el campo a un Vicente que todavía no sabía si estaba en unos cuartos de final de Champions o comprándose unos pendientes en una joyería de la calle Colón. Se desaprovechó la ocasión de dar un último arreón que, tal como son los alemanes en su casa, puede acabar resultando decisivo.

El fútbol es caprichoso. De los últimos 22 puntos en liga, el Valencia ha podido merecer realmente aproximadamente la mitad y, sin embargo, ha obtenido resultados rutilantes. Ante el Schalke, equipo apañadito, alemán y poco más, hizo méritos más que suficientes para ganar y, como le sucediera con el Manchester, acabó no haciéndolo. Soy de la creencia que a largo plazo en el fútbol y en la vida todos acabamos en nuestro lugar y que seguramente si el equipo hubiese trabajado el sistema con el que se jugó anoche durante la temporada, los desajustes evidentes que se veían entre la defensa y el centro del campo se habrían, cuanto menos, mitigado. Un campeón de Champions no se improvisa después de un día en que te salen las cosas de chiripa. Lo malo, por ello, no es haber dado con la tecla, sino no haberlo sabido hacer antes. Hay gente que llega tarde a todas partes. Otra llega demasiado pronto.

¿Y para la vuelta? Pues las espadas están en todo lo alto. No creo que nadie, objetivamente, esperase otra cosa. Suceda lo que suceda -esperemos que lo que suceda sea bueno- sólo pido que al Valencia no lo elimine el ciudadano chino que entró por Huntelaar. Ya sería lo último.

Fútbol regresivo.

Por momentos, viendo lo que pasó en el Calderón primero y en el Molinón después, uno tenía la sensación de haber retrocedido veinte años en el tiempo, de estar de vuelta en aquel fútbol que hacía posible que el Sporting, dejándose hasta el último gramo de piel de sus jugadores, le ganara al Barcelona y que tenía a Atlético de Madrid y Valencia como meros convidados de piedra de una liga que ganaban siempre otros. El fútbol retrocedió dos o tres décadas y volvimos a aquellos tiempos de mucho brío y poco pase al pie, de mucho sudor y pocos motivos para disfrutar más allá del resultado. De medios centros rocosos y esforzados y ataques dejados a lo que la chiripa les conceda o a la inspiración de uno de aquellos extremos habilidosos y habitualmente negados de cara a puerta que tan habituales han sido en uno y otro equipo -ayer Reyes y Joaquín-. Lo único que faltó fue ver a Sempere parándole el penalti a Arteche.

Ganó el Valencia como pudo ganar el Atlético de Madrid. Alguien puede decir que tanta casualidad no puede ser posible, que tiene que haber algo detrás, algún plan, alguna estructura, una mente preclara a la que atribuir tanta victoria seguida. Sí, alguien puede decirlo y defenderlo. Yo no. El Valencia ganó, pero no lo mereció. Tal vez tampoco mereció perder. Pero De Gea no tuvo ni que sacar de portería en todo el partido. Dos tiros, dos goles. De Joaquín, que no le marca un gol ni al arcoiris, aunque ayer volviera a ser el del principio de temporada y cuajase un partido aceptable más allá de los dos goles.  El 1-2 casi en el descuento y después de que Forlán, un fenómeno lanzando penaltis, fallara uno con 1-1 en el marcador. Es como delirante, pero es así. Ni Valencia ni Atlético de Madrid dieron un solo motivo a sus aficiones para seguir pagando sus abonos más allá del color de la camiseta que llevaban y la efímera alegría de los goles. Para mayor escarnio, los dos primeros fueron auténticos regalos de defensas acostumbradas a meter la pata. Un disparate.

Decía hace poco en SUPER el bueno del entrenador del Valencia que a él no le habían fichado para ganar 1-0. Parece empeñado en demostrar que fue fichado para empatar a cero. Es, tal vez, el único remedio que le queda en cuanto se le cae del caballo Banega, que por desgracia pasa más tiempo en el suelo que sobre su montura. Y sé que muchos aplaudirán su decisión de recurrir otra vez a los tres centrales. Pero sólo porque se ganó. El equipo apenas creó peligro, estuvo durante buena parte del encuentro a merced de un Atlético que huele a crisis profunda y sólo se puede argumentar a favor de este nuevo recurso al cerocerismo que tampoco Guaita tuvo excesivo trabajo (ya hemos dicho que no se sabe si De Gea estuvo o no ayer en el Calderón).  Puedo llegar a estar de acuerdo con que, visto que Banega es el único de ese equipo que conoce el concepto del cambio de juego y maneja la utilización de los espacios en un campo de fútbol, es mejor salir a no perder que arriesgarse a hacerlo. Pero no puedo aplaudir que ello lleve asociado un fútbol tan pobre como el que se vio en el Calderón. Costa sigue corriendo más que la pelota -un concepto que Cruyff demostró que no sirve para nada- y Topal es un gran jugador para otras cosas. Y ahí se atascó el equipo, incapaz de poner un mínimo criterio en todo el partido.

Pero ahí sigue el Valencia. No había ganado con Emery en el Calderón, no lo ha hecho todavía en el campo de ninguno de los siete primeros clasificados de cada temporada -parece que ganar en el Calderón no va a romper ese dato sintomático-, pero por mucho que le discutamos la manera, los números no admiten disputas. Y si alguno de esos montañeros a los que les gusta pasarse unos cuantos meses subiendo montañas de 8000 metros, como si las que son un poco más bajitas y menos peligrosas no ofrecieran suficientes emociones, volviese hoy a España, cogiese Superdeporte, mirase la clasificación y luego leyese este blog, seguramente pensaría que nos falta un tornillo. A mí y a todos los que seguimos rebelándonos contra un supuesto incompetente que se sienta en el banquillo del Valencia, que a poco que le den terreno aún es capaz de ganar la Liga y convertirnos a todos en un montón de plañideras.

Un par de comentarios añadidos tras acabar toda la jornada. El primero sobre el Villarreal. Vengo manteniendo que es favorito para acabar tercero siempre que las lesiones no afecten a sus cuatro o cinco jugadores franquicia -ayer faltó Rossi y se notó demasiado-. Añado otra condición: que Marchena no siga jugando de medio centro. No sé qué telúrica influencia tiene este jugador sobre todos sus entrenadores para acabar siempre, por un motivo u otro, ocupando una posición para la que, sencillamente, no está dotado. Ante el Depor no dio una a derechas -tampoco de central está para demasiadas alegrías- y mereció ser expulsado algo así como siete veces. Si Garrido no tiene otra alternativa al medio centro que poner a Marchena…mal vamos, amigos submarinos.

Lo segundo es la curiosa relación causa-efecto que en determinadas estrellas de nuestra liga tiene su salida a la venta en revistas del corazón y programas de televisión basura asociados a ese patético fenómeno y el bajón inmediato en su rendimiento sobre el terreno de juego. Ya hemos puesto aquí a parir, creo que con razón, a Sergio Ramos por su guadiánica manera de entender sus obligaciones profesionales en función de con qué señorita ordinaria y pseudo-famosa se deja fotografiar en cada momento. Ahora parece que le toca a Piqué, tan buen jugador como el Sergio Ramos en plena forma, y creíamos que a salvo de los arrebatos del periodismo cutre. Parece que al bueno de Gerard le gusta el look indígena-rockero. Publicar su amorío a los cuatro vientos y comerse un recadito del bueno y grande de Barral han sido todo uno ¿Casualidad? Que le pregunten a Sergio Ramos -y a Luis Aragonés-. Golazo el de Barral. Piqué aún lo anda buscando. Que siga así.

Tuerto en el país de los ciegos.

Quien esperase del Hércules algo más de lo que ofreció anoche en Mestalla es que no ha visto muchos de sus partidos fuera de casa. Se comporta, tal vez por los muchos años que llevaba lejos de los focos, como ese invitado cohibido que, en una fiesta, se sienta en un rincón porque cree no encajar en el ambiente. Después de ganar en el Nou Camp en una de esas casualidades que hacen posible que subsista el opíparo negocio de las casas de apuestas, parecía un conjunto llamado a dar alegrías a su afición. Para acabar asumiendo que para mantenerse va a tener que sufrir. Tiene la suerte de contar con dos buenos delanteros, pero sin Drenthe, el tipo que le ponía un poco de chispa al asunto, la cosa se complica.

Yo habría hecho lo mismo que Emery. El rombo de marras funcionó en Santander y, visto que este equipo carece de sistema alguno -parece que a su entrenador no le gustan-, por qué no darle oportunidades a los que se ganaron la continuidad en la segunda parte de la jornada anterior. Resulta curioso, ya lo hemos dicho, que después de casi tres años -una eternidad en un club como el Valencia- el bueno de Emery aún no sepa cómo jugar. Así que ¿por qué no el rombito? Algún purista puede decir que los sistemas hay que trabajarlos, que una coyuntura puntual, con jugadores de refresco, extra-motivados, ante un rival concreto no puede darse por buena para convertirla en pauta habitual. Otro puede añadir que al Barça le ha costado más de noventa años de historia dar con el sistema de juego ,¿por qué, entonces, no podemos darle a Unai Emery quince o veinte para que vaya haciendo pruebas? Lo cierto es que, aún compartiendo con el entrenador la idea de dejar a los extremos en el lugar que merece su bajo rendimiento y escasa implicación, lo otro tampoco funciona. Y no lo hace, entre otras cosas, porque no se ha trabajado. Y no se ha trabajado porque es fruto de la improvisación, de la casualidad surgida de la concatenación de una serie de lesiones más el enésimo intento de recuperar a Domínguez para ver si se consigue traspasar o, al menos, colocar en algún otro lugar sin tener que pagarle la ficha.  Y fruto de la chiripa y de un día para otro se pueden conseguir muchas cosas, incluso ganar un partido de fútbol, pero no hacer que un equipo funcione.

Curiosa, cuanto menos, la clasificación, se puede argumentar. Y lo es. Se llena la boca la efervescente afición del submarino con el majestuoso fuego ofrecido por su equipo y resulta que está tan solo a un punto de ese desastre permanente que es el Valencia. Tendremos que dejar, cuanto menos, abierta la puerta a la rectificación porque no puede ser casual que todos fallen de manera tan calamitosa y el Valencia siga sumando. Es cierto que los equipos que le rodean, por arriba y por abajo, tienen, cuanto menos, un concepto claro del fútbol que quieren. Incluso el Bilbao, ahora gran amenaza, tiene claro que hay que mandar el patadón para arriba a la cabeza de Llorente o al encontronazo del lehendakari. Pero los números son fríos como un témpano de hielo y muestran a un Valencia con 13 y 14 puntos sobre Sevilla y Atlético. Si nosotros somos tan malos -que lo somos-, ¿qué se puede decir de los supuestos rivales?

Analizando la Liga estas últimas jornadas parece evidente que la incertidumbre que predomina en el mundo del fútbol se está trasladando a los terrenos de juego. Estamos ante un período de transición hacia algo que no se sabe qué será. Se acabaron los grandes fastos, el derroche por el derroche del que, precisamente, el Valencia fue uno de los abanderados. Sólo Barcelona y Madrid pueden seguir gastando a manos llenas. El resto va a tener que subsistir de lo poco que les va quedando de la época de la opulencia, de la cantera y del cambio de cromos. Es en esa incertidumbre donde vemos a equipos que no saben adaptarse a la nueva realidad. En el Sevilla van buscando laterales con los que suplir a Alves, medios centros mejores que Martí o Poulsen, recuperar la juventud de Kanouté, pero se encuentran con un Luis Fabiano que quiere largarse, un Kanouté que no es la sombra de lo que fue y un Negredo -ése que la prensa madridista quería colocar en el Valencia a cambio de Villa- que simplemente no sirve para un equipo grande. El Atlético tiene que vender para comprar -como el Valencia aunque no se insista en ello hasta la extenuación- y resulta que lo que viene es peor que lo que se va. Andan tan desorientados o más que los chicos de Emery. Otros que tiene clara su filosofía -Español y Bilbao apuestan por la cantera desde hace décadas- recogen frutos.

Casi de pañuelo es que un Bilbao cuyo fútbol, más allá de su filosofía de cantera, se acerca cada día más al insufrible alegato de la testiculina de Clemente disfrute de la posición que ocupa a fecha de hoy. Digno de preocupación que el sexto clasificado, el Español, tenga los mismos goles en contra y a favor. La irregularidad es la nota común. Por eso, de repente, el Villarreal pierde en casa con el Levante. Los del submarino han acertado trayendo a Borja y a Nilmar, llevando hacia arriba a Rossi, pero las vacas flacas no les permiten completar la plantilla. La gente buena no tiene recambio alguno y, tarde o temprano, tienen que pasar por un bajón. Si a eso le unimos que Marchena va cumpliendo años y fallando aún más que antaño, entenderemos que tampoco estén para tirar cohetes. Sí para ser terceros sin problemas.

Y ahí sigue el Valencia. Enganchado cada día a un sistema distinto. Redescubriendo jugadores cada jornada. Ahora Tino Costa vuelve a ser un héroe, un tremendo organizador (no lo es). Se apaga un poco la luz del Chori. Desaparece Pablo, ése que se enfada cuando es cambiado porque cree que merece jugar los noventa minutos de todos los partidos. Stankevicius se pasó tres meses sentado en el palco de Mestalla jugueteando con uno de sus hijos y ahora es insustituible. Y Guaita, al que se castigó con la suplencia después de haberlo hecho fenomenalmente bien en cuanto hubo oportunidad, sigue salvando los muebles. Lo de la parada a Fritzler de anoche es, a salvo de lo que diga algún entendido, una cosa descomunal, el paradón de la temporada. El equipo no juega un pimiento. La primera parte ante el Hércules fue como para echarse a llorar. Pero sigue teniendo mejores jugadores que los rivales. Soldado y Aduriz, a los que sí se ha buscado sustituto, se siguen bastando para finiquitar la mayoría de partidos. Entre tanto, Banega sigue paseando la mayor parte del partido, Topal vuelve a aparecer (¿por qué ahora sí y antes no?), Bruno es el nuevo extremo derecho y la gente pasa de pitar a aplaudir. Lo decía Julián Montoro: el público ovacionó a Domínguez al ser sustituido, en lugar de acudir en masa a magistratura a exigirle que devuelva el salario del último año. El fútbol es así.

Correr o no correr.

Había el Valencia ganado varios de esos últimos quince puntos, con los que se consiguieron tapar graves carencias, ofreciendo poco juego y un nivel de empeño digamos que mediano. La suerte en unos casos, algún error arbitral puntual en otros y el acierto de jugadores que no tienen sus rivales le empujó del lado bueno de la raya. Imagino que pensando en eso, en que cinco veces ya hacen costumbre, los chicos de Emery salieron a Santander a por su sexta pachanguita. Delante, tampoco es que tuvieran a ningún campeón de Europa. Por no tener, el pobre Racing no tenía ni a Munitis, que camina hacia los cuarenta con más calidad y arrestos que cualquier de sus actuales compañeros. Tchité, Zigic, Serrano, Canales…las pocas gotas de peligro que tenían en tiempos recientes han ido desapareciendo al tiempo que las deudas se les acumulaban. Ahora hasta el hijo de “me lo merezco Míchel”, Adrián, ha encontrado allí acomodo -es, por cierto, el primer jugador que conozco que recibe pitos de su público dos temporadas seguidas, en dos clubes diferentes, todo un record (su padre los recibía en todos los estadios de España, ¿será por eso?) La suerte esta vez fue, sin embargo, esquiva. No estaba haciendo mucho el Racing -aunque Guaita ya había hecho el paradón de cada partido- y parecía evidente que si alguien marcaba lo haría de falta o corner. Allí nadie daba una a derechas. Ni siquiera los chicos de Roures se atrevían con su habitual monserga de “qué gran partido estamos viendo”, concentrados como estaban en llamarle Goitía o Guaitía al portero del Valencia o Banegas a su número 21. Con algo tenía uno que entretenerse. La cuestión es que en uno de esos centros al área, fallo en el despeje y gol del tal Ariel, que no marcaba desde que jugaba con los alevines de los jesuitas de Buenos Aires -cualquiera que lo viese anoche, entenderá por qué-.

Y eso que el entrenador del Valencia rescató su primera opción táctica al empezar la temporada en curso. El Barça marcará una época, la está marcando ya, y me parece incluso loable que la gente intente copiar el sistema del, seguramente, equipo que mejor ha jugado el fútbol en la historia. Pero esas cosas no salen de un día para otro. Animo con todo el énfasis del mundo a cualquiera que no haya visto en directo al equipo de Guardiola a que vaya a un campo, a cualquiera, a ver cómo se mueven sus jugadores por todo el campo. Cómo complementan su vertiginosa capacidad para combinar al primer toque, o al segundo, con una sincronización casi perfecta de la presión al contrario para robarle el balón en zonas peligrosas o, de no ser eso posible, replegarse con orden marcial para arropar a sus centrales. Si suben sus laterales, siempre hay alguien cubriendo su zona…en fin, para qué seguir. El Valencia quiso sacar un 4-3-3 y el equipo dio encefalograma plano. El portero local no tuvo ni que tirarse al suelo. Nadie dio una a derechas. Los laterales subían sin ton ni son, un tal Kennedy le hacía un traje a Vendredi en cada jugada, Banega no sabía si subía o bajaba, los extremos recibían el balón a sesenta metros de la portería contraria -y lo conducían hasta perderlo-, el delantero centro se nos desesperaba…La letanía habitual de los últimos tiempos.

Hizo bien Emery en señalar a Joaquín y Pablo en el descanso. Curioso caso el de estos dos muchachos. Parecen pelear denodadamente por no ir siquiera convocados. El supuesto beneficio que supone la competencia, pilar fundamental del sistema capitalista, en el caso de Joaquín y Pablo se convierte en todo lo contrario ¿Serán camuflados defensores de la socialización de los bienes productivos? De Pablo uno se lo espera, lleva así casi toda su corta pero intensa carrera, pero no de Joaquín que empezó bien la temporada. Irse a Madrid a visitar a su defenestrado amigo Juanito y no dar una derechas fue todo una. Haría bien en acercarse a Barcelona a verse con Villa…por si se le pega algo, además del número. Del señor H. apenas se supo si vistió pantalón corto. Joaquín, un par de centros y tres carreritas sin sentido. Hacía falta savia nueva, gente con hambre y, quién nos lo iba a decir, resulta que apareció un nuevo Chori.

Soldado y Domínguez, a falta de inspiración, proporcionaron un poco de ganas. Lo del Chori fue inaudito. Cuando pensábamos que sólo sabía jugar a la misma velocidad con que se da uno un paseo por la Malvarosa, resulta que el buen hombre también corre. A la vista del dinamismo que demostró anoche en cuarenta y cinco minutos, durante los que recorrió más metros que en todo el año que lleva en Valencia -mérito más que dudoso-, cabe preguntarse cuándo va a devolver el salario correspondiente a ese período. Fue crucial, eso sí, para salvar un punto. Porque trajo loca a la defensa contraria y porque les puso las pilas a los otros dos argentinos. Hasta Banega parece que se decidió a hacer algún que otro sprint. “Si hasta el Chori parece Usain Bolt, ¿qué hago yo con el trote de Maduro?”, debió pensar el bueno de Ever. Y si Ever se decide a poner una marcha más, entonces el Valencia es otro equipo. Empató y pudo ganar.

Jornada, por lo demás, de lo más propicia para los intereses valencianistas. El Villarreal echó una mano. Discrepo de quienes todavía creen que el rival a batir esta temporada es el submarino. Sólo una debacle sin precedentes -en forma de lesiones, enfermedades, secuestros u otras desgracias no deseadas- va a apartar a los de Garrido de una tercera plaza que, entre otras cosas, tienen más que merecida. El Valencia, con el nivel de juego que está exhibiendo (no hay más cera que la que arde porque con estos bueyes se va a arar lo que queda de temporada) tiene el objetivo,  y el peligro, detrás. El Español perdió, el Atlético también y el Sevilla empató. Lo del Bilbao ya me lo tomo a guasa porque que el equipo del lehendakari Toquero y su tronko-fútbol antediluviano se puedan convertir en amenaza sería ya como para cancelar la suscripción a GolTV y pasarse a la liga belga.

Lo del Madrid, previsible. Llevan varios partidos caminando sobre el alambre -igual que el Valencia-. Y al final, acabas cayendo. Increíble lo que echa en falta a Higuaín. Por añadidura, les falta ahora Pepe. El resto de centrales -bien lo vio Mou en cuanto llegó- no están a la altura de un campeón. Camuñas y Aranda parecían dos cracks mundiales. El gol, con Camuñas colándose entre los dos centrales, habrá sentado fatal a un Mourinho que no perdona esas cosas. Ahora mismo el Madrid sólo crea el peligro que pueda salir de las botas de Ronaldo, que no siempre les va a resolver la papeleta.

Y para los escépticos, imagino que todos habréis tomado nota de lo que ha pagado el Chelsea por The Kid. El mejor delantero centro del mundo y el mejor que ha tenido España en toda su historia. Estaba cantado que no podía echarse a perder en un equipo en dinámica perdedora como el Liverpool. A ver qué tal le va con el Chelsea, que pasa a ser mi equipo inglés favorito. Enhorabuena, además, a ese otro crack mundial llamado Petón. Torres pasa a estar entre los futbolistas mejor pagados del mundo. Se ha hecho justicia.