Archive for Marzo, 2011

Cuña de la misma madera.

Una noticia buena y una mala. La buena es que el escándalo de Zaragoza parece que no fue más que algo coyuntural fruto de la para ellos sorprendente eliminación ante el Schalke (ello es, de por sí, preocupante -que se sorprendan, me refiero-, pero eso es otra cuestión). La mala es que a pesar de ello y de hacer un partido digamos que aceptable, el Valencia no fue capaz de ganar, ni de empatar, ante un Sevilla irreconocible.

Porque comparar este Sevilla con el que vieron estos ojos hace unos pocos años en White Hart Lane merendarse a ese Tottenham con el que tantos simpatizamos ahora es igual que comparar la contundencia goleadora de Soldado, Aduriz y Jonas con la que en tiempos tenía el Piojo López -por ejemplo-.  Ni rastro del juego por alas (qué laterales aquellos Alves y Antonio Puerta), ni por asomo la contundencia que tenían aquella pareja Fabiano-Kanouté (al Kanouté de ahora dan ganas de darle un empujoncito, a ver si va un poco más rápido), ¿dónde está aquel Palop que volaba de palo a palo?, ¿dónde la capacidad de Pep Martí para darle el balón a quien lo merecía?, Navas sigue siendo una sombra de lo que fue…en fin, que no me extraña que en Sevilla echen fuego por las muelas y vayan cambiando de entrenador. Lo que fue aquel equipazo con Juande y lo que es ahora es una muestra más de la crueldad del fútbol.

Y en eso llegó a Valencia. Una victoria local los descartaba del todo para luchar por Champions. Ahora, tras vencer en Mestalla, están lejos, pero siguen teniendo la esperanza del ahorcado, que siempre aguarda hasta el último instante por si se rompe la cuerda. Y a falta de argumentos razonables que hagan de los dos equipos, que han sido mucho más en épocas recientes de lo que son ahora, serios candidatos a algo, al menos sí que ofrecieron un partido entretenido. Dos defensas tan patosas como las que ayer saltaron al campo hacían sospechar algo como lo que acabó sucediendo. Juntar en el mismo partido a Bruno, Dealbert, Navarro, Vendredi, Alexis, Dabo y Fazio sólo está a la altura de la Liga española. Bueno, quizás también de la belga, de la que veo algún resumen en Gol TV y me pregunto por qué no va allí el tal Braulio en busca de continuar la estela de fantásticos centrales como nos viene fichando -él y sus predecesores- últimamente. Así que hubo ocasiones a gogó. Hasta Negredo pareció el mismísimo Garrincha echándole un par de carreritas a Navarro, a quien supongo que ni siquiera Florentino se atreverá a acusar de recurrir a sustancias despés de verlo correr. El propio 9 sevillista, que nunca hará olvidar a O Fabuloso, se transmigró en Pelé cada vez que encaraba a Dealbert, que se iba por la derecha si Alvarito tiraba hacia la izquierda. Un recital, vamos.

Si a ello añadimos que Tino Costa sigue empeñado en demostrar que no sirve para organizar -le da el balón, una de cada dos veces, al compañero que tiene a un rival más cercano de cuantos se hallan en el campo- y que Soldado habría necesitado tres millones de oportunidades -sin portero, a puerta vacía- para hacer un gol anoche, nos encontramos con una primera parte en la que se dieron de tortas sin mucho ton ni son pero con bastante jolgorio del graderío. Salvo cuando Dealbert se encontraba con el baón en los pies. Ahí a más de uno se le veía desear que acabase ya el partido.

Reconozco que me acerqué a esa felicidad adolescente y despreocupada cuando por fin vi juntos a Banega y Costa -éste último haciendo de Gattusso, que es para lo que de verdad sirve- y a Topal guardándoles las espaldas. Es lo que a uno le parece más razonable visto lo visto. Y fuera o no por casualidad, el Valencia jugó bastante mejor que su rival en el rato que todo ello ocurrió. Es cierto que fue entonces cuando el Sevilla marcó el gol. Pero también lo es que han sido demasiados partidos ganando de chiripa como para que el peso inexorable de la ley de probabilidades no te acabe dando un trompazo con la cuña de tu misma madera. Esta vez le tocó al Sevilla aprovechar un meteorito de esos que tan bien pone Alexis y marcar en lo poco peligroso que creó cuando al entrenador del Valencia le dio por poner en el campo a un Banega que, salvo que la ONU diga lo contrario ahora que parece dispuesta a decir que sí a lo que antes decía que no, sigue siendo el único jugador del equipo que distingue darle el balón a uno que lleva el mismo color que tú en la camiseta y ofrecer a un compañero la oportunidad de continuar una jugada en condiciones ventajosas para el juego de ataque del equipo.

Vimos, por cierto, mucho de Jonas. Cosas buenas y cosas malas. Las buenas es que el chico no es ningún torpe y no ha venido a esconderse. Es brasileño y, sin embargo, anoche pareció que llevaba toda la vida en la Liga. Desparpajo, atrevimiento, buena visión de juego, excelente asociación en paredes. Pero dispuso de un montón de ocasiones que desaprovechó ¿Hermano gemelo de Soldado? A mí me lo pareció. En realidad, si ambos se hubiesen cambiado la camiseta, pocos habrían sabido diferenciarlos. Tienen un juego parecido y para mi gusto ambos habrían hecho un partidazo si en fútbol no se tratase de marcar goles. Ahí las ocasiones falladas son como para tirarse de los pelos. Pero se volvió a demostrar que el equipo juega mejor con dos delanteros, que estos dos son muy buenos y que con ellos el equipo tiene mimbres para seguir siendo temible en ataque por unos cuantos años.

Muy bien Joaquín. Excepcional diría yo, responsable de buena parte de la riada atacante en la que se convirtió su equipo en fases completas del partido. Pero sigo sin entender a qué juega el entrenador cuando deja que Mata juegue en todas partes menos en la izquierda. Recuerda lo de Mata a lo que hizo Zidane en sus buenos años en el Madrid. Se suponía que partía de la izquierda, pero barría el frente completo del ataque de aquel Madrid de Del Bosque. Dos diferencias hacen sonrojante la comparación. Aquel Zidane era el mejor jugador del mundo -Mata no- y su entrenador dejaba libre la banda izquierda para que la explotara a entera discreción y satisfacción un tal Roberto Carlos. Aquí el que sube y más o menos baja hasta el minuto 45 es Vendredi. Total, que más vale que Joaquín esté inspirado porque, de otro modo, el equipo juega sin alas.

¿Y qué más? Pues que me hace gracia que la gente diga que la estrella del partido fue el portero del Sevilla. Analizas todas sus intervenciones y apenas encuentras alguna que tenga cierto mérito -estuvo, incluso, a punto de meter dentro un disparo de Mata que iba alto-. Los delanteros del Valencia se empeñaron en tirarle todos los balones al cuerpo, como si estuvieran empeñados en no marcar. Palop puede acabar jugando en Sevilla hasta los sesenta y siete.

Otro rival de cierta entidad que se atraganta y van… 

Del Levante, su defensa y lo de Zaragoza.

Hoy voy a empezar, con permiso de Rafa Marín, hablando del Levante. El equipo de Primera con el presupuesto más bajo con una diferencia sustancial, con una plantilla confeccionada para intentar salvar la categoría en segunda división -la base es la del año pasado, en el que permanecer en segunda era considerado un milagro-, que está, a falta de diez jornadas, a tres victorias de asegurar seguir en la élite un año más. Luis García ha conseguido, contra todo pronóstico, hacer de un puñado de jugadores por el que pocos daban un duro -el inicio de Liga fue muy frustrante- un grupo fuerte, casi irreductible.  Repasar la plantilla del Levante UD es reencontrarse con viejos roqueros en retirada en todas las líneas. Confeccionada a base de supuestos retales, de cedidos a última hora con los que nadie contaba, de antiguas estrellas cuya luz muchos daban por apagada, las apuestas la condenaban a volver por donde había venido. Algo ha tenido que pasar para que estén donde estén, para que su máximo goleador lleve más goles en Liga que cualquier jugador del Valencia CF, para que la afición granota -que sigue sin llenar el campo a pesar del temporadón que está haciendo su equipo- vibre en cada partido, para que su defensa sólo lleve 7 goles más en contra que la de su rico conciudadano (los del oprobioso partido en el Bernabéu). Las explicaciones pueden ser muchas, pero la fundamental es que han dado con un entrenador que ha sabido sacar provecho a sus hombres. Si en el Valencia no hay uno solo de sus jugadores que haya estado de manera consistente esta temporada a la altura que se le supone por nombre, rendimiento precedente y, sobre todo, sueldo, en el Levante es todo lo contrario. Casi todos han estado por encima. Observar a este Caicedo y al que jugó en el Málaga es como para pensar en la vida extraterrestre. Pensar que Ballesteros estuvo a un paso de la retirada y que llegó al Levante dispuesto a jugar por cuatro pesetas es como para sonrojar a más de uno.

Detengámonos un momento en su defensa. Palabra cuya mera lectura provoca jaquecas en más de un valencianista. Tiremos de SUPER y fijémonos en la nómina que presentó en el partido de ayer. Munúa -rebotado de equipos varios de primera- en portería. Javi Venta -y su traqueteo-, Nano -increíble su rendimiento dadas sus condiciones técnicas-, Ballesteros -el mejor central que duerme cada día en Valencia- y Del Horno -viejo amigo- ¿Alguien cree que estos chicos son mejores que los defensas del Valencia? ¿Alguno de ellos tendría sitio en la plantilla del señor Emery? Uno seguro que no, Del Horno, que por cierto cobra él solito -porque le paga el Valencia- mucho, pero mucho, más que entre los otros cuatro y todos los suplentes de la línea defensiva granota juntos. El manejo de la plantilla, la maximización de recursos y esfuerzos, la articulación de la estrategia defensiva son lo que son en uno y otro lado de la ciudad. Por eso la gente me pregunta por Luis García y ¿qué vamos a decir de él? Pues que la única duda que nos queda es que sea capaz de hacer lo mismo que está haciendo ahora, gracias a la implicación de un grupo de veteranos con carácter y otros no tan veteranos pero con hambre de ser alguien, en un vestuario, como el de Mestalla, en el que abundan los cocodrilos centenarios. Esos a los que les encanta reposar de su larga y fructífera vida secándose al sol en la orilla de un tranquilo remanso del río.

Y de lo de Zaragoza,¿qué? Pues que habrá que esperar para ver si se trata de una simple -y hasta cierto punto previsible-  secuela de la eliminación en Champions ante una medianía de equipo como el Schalke, o más bien una primera manifestación de lo que esperemos sea el fin del reinado de Emery y sus premanentes desvaríos. El partido fue tan insufrible que, como les pasa a muchos, no recuerdo casi nada de él pasado un día y medio. Es, por cierto, lo mismo que me pasa, que nos pasa a otros tantos, con todo lo que ha hecho el Valencia en las últimas tres temporadas. Ni un solo partido para recordar. Insigne medianía. Mediocre entre más mediocres. Porque el fin de semana fue, de nuevo, propicio en resultados. Dispuestos a demostrar que estamos en la mejor Liga del mundo, el Villarreal sigue en su empanada y se deja remontar por un Sporting con nueve jugadores, el Atlético echa a perder dos ventajas en Almería y el Sevilla empata, de milagro pero lo hace, ante el Barcelona. La tónica habitual de un campeonato en el que, en algún momento, la gente llegó a ilusionarse con alcanzar al Real Madrid -a fecha de hoy está a 16 puntos…y subiendo- y que, si todo sigue como apunta, acabará conformándose con que Sevilla o Español tengan que echar en falta a los jugadores que han tenido que vender (por cierto, parece que el único equipo que vende jugadores es el Valencia) y no aprieten demasiado en este último cuarto de campeonato, no vaya a ser que todavía haya que preparar a la afición para que se movilize en apoyo del equipo.

Cuando no queda ni orgullo.

Decía Vicent, un habitual, tras el partido contra el Barcelona y la súbita aparición de una buena pléyade de defensores de la gestión del actual entrenador del Valencia, que se temía que nuestros deseos -ya casi desaforados a estas alturas de trienio- de que hubiese un cambio en el banquillo de Mestalla se convirtieran en castillo en el aire, otro más de los muchos que pueblan el cielo valencianista. Un par de partidos medio decentes después de una racha inaudita e inexplicable de buenos resultados bastaron para que las huestes del emerismo saliesen de la osera donde hibernaban desde el alba de los tiempos a exigir su recompensa. Respondíale yo, tranquilo, que las cosas, desde Newton, caen por su propio peso y que lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible.

Y lo que no puede ser es que un entrenador que ha sido incapaz de sacar el rendimiento deseado de uno solo de los jugadores que tiene en la plantilla acabe haciendo una buena temporada. Porque es imposible imaginar a alguien en la historia del fútbol que, en un escenario casi idílico como es el que él ha vivido, haya sido capaz de descapitalizar a un club como ha tenido el oprobioso lujo de hacer el señor Emery. De tal manera que si el Valencia saliese hoy al mercado a vender a sus supuestas figuras, lo sean o no es otra cuestión, el club se encontraría con un solar más invendible que el que todos sabemos. Un breve repaso de la campaña que están realizando jugadores como Mata, Pablo, Soldado, Aduriz, Banega o Ricardo Costa, sólo por citar a los que tienen cierto nombre (otros como Miguel, Bruno, Navarro, Maduro o Mathieu no lo tienen, pero también han rendido por debajo de lo que incluso de ellos se espera) y han sido alguna vez internacionales sólo nos puede conducir al sonrojo, cuando no a la vergüenza ajena. En un equipo, un jugador puede tener una mala temporada y es obvio que habrá que buscar en sus circunstancias para hallarle explicación a ese fenómeno. Cuando resulta que casi toda tu plantilla está por debajo de lo que han hecho en otros equipos o en el propio Valencia en temporadas anteriores es que algo pasa con el que manda. Y no entraremos otra vez a referir el sinfín de despropósitos de sistemas tácticos, gestión de personal, falta de disciplina, incapacidad de articulación o marcada ausencia de personalidad del entrenador. Llevamos toda la temporada igual.

La derrota con los amiguetes del Schalke duele y resulta tanto más inexplicable cuanto más días pasan. Todavía recuerdo como si fuera ayer cuando nos echó Corea del Mundial, Al Ghandour mediante. Aquel día, más allá del robo arbitral, España hizo un partido lamentable. Puede que no fuéramos nadie, pero éramos sin duda más que Corea. El entrenador, Camacho entonces, no supo sacar el rendimiento a los jugadores de los que disponía. Volvimos de nuevo a lo de siempre porque estábamos en lo de siempre. Pasaron los días, las semanas, los meses y han pasado los años y todavía me pregunto cómo demonios pudimos perder con aquellos tíos. Pues bien, algo parecido nos sucederá con estos alemanes. Sólo una infinita torpeza en la administración de los recursos, que no surge en la preparación de este partido sino en la planificación misma de la temporada puede explicarlo. Si tú no sabes manejar los tiempos de tu plantilla, al final te dejan tirado. Salen a la rueda de prensa a decir que no es culpa tuya, pero te dejan ahí, con la maleta en la cuneta, para ver si te recoge el siguiente autobús. O no.

Emery ha tenido la curiosa habilidad de no tener contento a ninguno de sus hombres. No a Guaita porque lo sentó en favor de César cuando, tras esperar pacientemente a que se lesionara hasta el utillero, estaba haciendo unos estupendos partidos. No a Bruno porque se ha pasado la temporada siendo suplente de un trasnochador consentido. No a ninguno de los centrales porque los ha ido cambiando sin ton ni son, y menos a Stanke, que se pasó tres meses en el palco viendo los partidos vestido de calle. No a Pablo, que se queja cada vez que le cambia, ni a Joaquín, que cuando mejor juega pasa al banquillo. NI a Mata, que se quedó fuera del partido más importante del año a pesar de asegurar estar fino. Qué me diréis del Chori. O de Alba, que sigue siendo suplente de un tío que no habla castellano-. De Soldado, ya vimos cuál fue su reacción en Gelsenkirchen. La misma que habríamos tenido todos: estoy en la cima de la tabla de goleadores y recurres a Mata y Aduriz, luego la cosa se pone chunga y me pides que te resuelva la papeleta. Pues va  a ser que no. Y va a ser que no, chicos. No y no y no. Podréis sacar las estadísticas que queráis, la tercera posición de esta Liga de chichinabo o la relación de milagros que justifica la beatificación de Juan Pablo II. Pero va a ser que no. El Valencia nunca va a ser nada con este entrenador. Nunca. Y ser nada no significa ganarles la Liga a los dos ultra-ricos. Ser alguien significa hacer que tu gente se sienta orgullosa de llevar tu escudo. NI más, ni menos.

Así que, ya ves, jsm, no estoy de vacaciones. Estoy, simplemente, atónito. Atónito cuando leo que este tal Braulio, el que fichó a Vendredi después de informarse sobre su acojonante capacidad de integración, se ha reunido con los agentes de Maduro para su renovación. Atónito cuando percibo que hay gente que si queda tercera -cosa que no creo que suceda, por cierto-, ya se da con un canto en los dientes. Atónito cuando intentan trasladar que aquí no ha pasado nada.

Cuando los fanáticos de la Roja como este pobre sufridor no éramos más que unos pelagatos, lo único que nos quedaba era el orgullo. No habíamos ganado nada, pensábamos incluso que jamás lo haríamos, pero jamás, ni una sola vez, nos conformamos. Después de cada fracaso exigíamos que rodaran cabezas. Hubo uno, un listo, que tras fracasar de forma estrepitosa en Portugal todavía quería hacerse el longuis, seguir chupando del bote y decir que la culpa no era suya. El país se convirtió en un clamor y tuvo que largarse por la puerta de atrás, la que se merecía. A mí me da igual si Emery se va por la de atrás o por la de delante. Lo que quiero es que se vaya. Cuanto antes. Que corra el aire y que venga quien sea.  Porque lo que desde luego no voy a perder nunca es el orgullo.

Jugar como nunca, perder como siempre.

Aunque en esto del fútbol, bien lo vivimos aquí, hay opiniones para todo, supongo que habrá un cierto consenso en que el Valencia tiene jugadores bastante mejores que el Schalke. Se pone uno a rebuscar entre los chicos alemanes y se le hace verdaderamente complicado pensar en alguno que pudiese competir con su equivalente valencianista. Tienen un gran portero, sí, pero es que el Valencia también lo tiene. El Valencia tiene unos centrales horribles, pero es que los del Schalke son casi peores. Como lo son, desde luego, sus delanteros. En fin, que hablamos de un equipo donde la clase la pone Jurado. No hace falta decir mucho más. Pues bien, ese equipo empató en Valencia y ganó en Alemania. Se puede argumentar que en ambos encuentros el Valencia pareció superior y seguramente estaríamos de acuerdo. Pero es que lo contrario habría atacado cualquier previsión lógica. Ellos jugaron peor porque son bastante peores, una auténtica perita en dulce para los grandes de Europa. Y, sin embargo, no perdieron. Ni aquí, ni allí. Un partido puede ser fruto de la casualidad. Dos veces ya hacen costumbre. La costumbre es ley y, por tanto, resulta inatacable. Quien quiera lamentarse por la mala suerte, el qué hubiera pasado si… o excusas de ese corte puede hacerlo. Sirve de poco. La eliminación tiene unas raíces y es de esperar que tenga, también, unas consecuencias.

Por lo pronto, de esta eliminatoria sale, debe salir, muy mal parado un entrenador de una plantilla sustancialmente mejor que la del rival y que no ha sabido manejarla para ganar. Quienes le han defendido con la estadística en la mano, pasarán ahora a esgrimir el mejor juego para salir en su defensa. O lo uno, o lo otro, pero no las dos cosas. Hasta que llegó el Villarreal en Copa, se llegó a decir aquí que cómo podíamos poner en cuestión a un entrenador que seguía vivo en tres competiciones. Hoy sólo le queda una. No se trata de saldar ninguna cuenta, ni de hacer leña del árbol caído. Se trata de constatar un hecho difícilmente rebatible.

En partidos grandes como el de anoche se debe ver, además, a los grandes jugadores, a esos sobre los que se construye un grupo ganador. Algunos salieron claramente airosos. Topal, Joaquín o Banega -hasta que no podía ni con las botas- demostraron que pueden jugar en cualquier parte. Sus prestaciones están un escalón por encima de las de sus compañeros. En el lado negativo, los dos delanteros. Aduriz, chico esforzado y honesto al que la Champions le viene grande, y Mata, de quien hemos dicho por activa y por pasiva que no sirve como media punta y que, parece, ha perdido, puede que definitvamente, el tren que lleva de la estación del buen jugador al de estrella mundial. No es cosa de un partido, sino de una temporada en la que la tendencia ha sido esa. Anoche ambos quedaron al descubierto. También quien los eligió, desafiando cualquier precedente, que es de lo que, en el caso de este entrenador, parece que se trata. En el banco quedó Soldado y sus seis goles durante la competición.

Hurgar en las miserias de la defensa es ya como machacar en hierro frío. La falta absurda en la frontal del área del primer gol fue perfecto preámbulo del error de Guaita -alguna vez tenía que fallar el pobre hombre- en el segundo, aunque animo a quien tenga desviaciones autoflagelatorias a que desbroce en youtube la actuación de Bruno Saltor en ese segundo gol del Schalke. Lo que debería haber sido un dos contra uno en defensa (Joaquín y Bruno contra el atacante alemán), fue, en la práctica, un dos contra uno alemán contra el pobre Joaquín. Bruno miraba, marcándose un pasodoble en la raya del área, supongo que convencido de que Joaquín se bastaría para quitarle la pelota a los dos alemanes. Un despropósito tan impropio de un equipo de Champions que casi por sí solo ameritaba que el árbitro mandara a los dos equipos a la caseta y a los de Emery de vuelta a Valencia. En algún momento alguien pondrá fin a tanta barbaridad.

El equipo duró lo que le aguantó el resuello a Banega. Hubo momentos en los que incluso tuvo empaque de grandeza. Entre el argentino y Topal barrían todo el centro del campo con una superioridad aplastante, bien secundados con un Joaquín que parecía más alemán -por su potencia- que cualquier de los que allí había. Que el único gol que se marcó fuera de chamba -algo habitual en este Valencia- ilustra a la perfección lo que fue el equipo. Ni siquiera en los momentos en los que le pasó por encima a su rival pareció capaz de superar al gigante que guardaba la portería alemana. Mata, Aduriz, Pablo y todos sus descendientes podían haber jugado treinta y cinco partidos contra una de las defensas más lentas de Europa y vuelto a casa de vacío. Pero eso es sólo una opinión.

Con el 2-1 se acabó el partido. El equipo estaba fundido, como lo ha estado en la mayoría de grandes envites de la temporada. Por no haber, no hubo ni recurso a la épica. El partido murió tras languidecer. Algún desmarque a la espalda de ese simulacro de defensa que iba de azul, pero sin aquel vender cara la piel que caracterizó a este equipo hace unos años.  Imagino que cuando te gana uno que es peor que tú, evitar la desesperación es muy complicado.

Y sí, habrá quien vio anoche a un gran Valencia, a un grupo de chicos muy esforzados que corrían detrás de cada balón, que vendieron cara su derrota, que enarbolaron el murciélago como un grupo de almogávares dispuestos a morir por su rey. Pero es que sólo faltaría que jugándote los cuartos de Champions no salieses a por todas. El valor en estas guerras ya se da por supuesto, amigos. Luego, además, hay que saber jugar al fútbol, organizar bien a tu equipo y, sobre todo, hay que ganar. Y el Valencia hace mucho, mucho que no gana.

Perdón, el otro día le ganó al Mallorca. Y antes al Bilbao, Levante, Osasuna, Racing, Logroñes, un equipo turco cuyo nombre no recuerdo y Glasgow Rangers. Para de contar, amigo.

Victoria meritoria pensando en Europa.

Ganó el Valencia en Mallorca como lo ha hecho muchas veces esta temporada. Aprovechando al máximo sus escasas ocasiones de gol -Aouate, de nuevo, apenas tuvo que echarse al suelo- y obligando a su portero, Guaita, cuya presencia en la selección sería reclamada hasta en la sopa a estas alturas si jugase en algún equipo de Madrid, a intervenir mucho y bien. La victoria, con todo, tiene mucho mérito. Primero porque el equipo siempre pareció tener un ojo puesto en Alemania, lo cual no deja de resultar lógico. Y segundo porque Mallorca no es una plaza nada fácil. Es cierto que el de Laudrup es un equipo muy irregular, que anoche no tuvo su noche, y que no se empleó ante el Valencia con la intensidad que sí desplegó contra Barcelona o Real Madrid. Pero no deja de ser un conjunto que practica buen fútbol y que dispone de excelentes futbolistas. Año tras año, con el Mallorca pasa lo mismo. Le desarbolan la plantilla y alguien, no sé quién, pero un auténtico lince, la recompone como si fuese un Lego y vuelve a sacar auténticas perlas para que otros vengan en verano, como si fueran turistas ingleses, y se las lleven.

Imagino, y digo sólo imagino porque con este Valencia no se vive más que en la conjetura permanente, que el recurso a una alineación lógica, con dos laterales que llegan a su hora y entienden lo que les dice el entrenador, con Topal aguantando y Banega creando, con dos extremos jugando en su sitio y moviéndose como dios manda y dos delanteros que se complementan -vamos, lo que casi todos haríamos- fue determinante a la hora de determinar el resultado. No fue un partido de gran intensidad, no se puede decir que el Valencia impusiera un criterio, una forma de jugar. Pero sí tuvo momentos puntuales, culminados por ejemplo en el segundo gol, en los que recordó al equipo del principio de temporada. Tocó y tocó, demostrando, de nuevo, que tiene mimbres para hacer algo diferente de aquello a lo que nos tiene acostumbrados. Los jugadores parecieron liberados, se gustaban. Y eso que Banega, el futbolista más importante con muchos cuerpos en esta plantilla, sólo abrió lo justo la espita del gas. Con eso le sobra para convertirse en imprescindible.

No tuvieron su día, ni de lejos, los hombres creativos del Mallorca. Ni Nsue, ni Pereira, ni Castro estuvieron finos. Hay partidos en los que no das una a derechas, fallas todos los controles y no te sale un solo regate. Ayer fue de esos, como si los de rojo -o bermellones- estuviesen cansados del partido que jugaron ante el Español. Si a eso lo añadimos que Topal andaba fresco tras descansar entre semana, entenderemos que el turco se bastara para desactivar a la pareja De Guzmán- Martí, de las más aseadas de entre los equipos que luchan por la permanencia y escalones algo superiores. Que el Mallorca se plantase ante Guaita unas cuantas veces, con la habitual sólida respuesta del valenciano, fue tanto atribuible al buen manejo de balón que, día malo o no, tiene el equipo de Laudrup, como a la empanada mental en la que se maneja a ratos la defensa valencianista. De Guzmán se metió entre una nube piernas hasta la cocina en una jugada desesperante que deja bien a las claras de qué estamos hablando.

Jugó, además, Jonas casi todo el partido. Demasiado pronto para juzgar sus cualidades. De lo visto, y con la prevención lógica, ya sabemos que es un chico que no huye del balón, al que le gusta venir a recibir y que se asocia bien en la frontal del área. No se le ve especialmente rápido, ni poderoso en el juego aéreo, tampoco tiene la agresividad de Soldado, aunque sí la habilidad propia de un brasileño… Se esforzó y no dejó mal sabor de boca.

Y de los otros partidos, pues que el Villarreal sigue de bajón y perdió con todo merecimiento ante un Atlético de Madrid que hasta anoche olía a desastre. Perdió, además, el submarino, con toda la artillería, lo cual es, si cabe, más preocupante.

En Barcelona, vimos al próximo rival del Valencia. Un Zaragoza que, de la mano de Aguirre, fue el antifútbol total. Otra vergonzosa actuación de un equipo en el Camp Nou que me recordó al Almería de Hugo Sánchez. No sé si tiene que ver la comida mexicana, pero lo de poner a ocho hombres en la frontal del área a defender me parece lamentable. No soy aficionado del Zaragoza, pero si lo fuera preferiría perder por diez a cero pero con la cabeza alta, que por la mínima y tras una indecorosa y cobarde actuación como la de anoche. El Barça, al trantrán. Igual que el Valencia, tenía la mente puesta en Europa.

Otra vez la cara de tonto.

Venía diciendo que a este Barcelona se le podía ganar a poco que se hicieran bien las cosas. No es el Barcelona pletórico de la manitá de Piqué, ni siquiera una imagen cercana a aquella ebullición que borró de la faz de la tierra al equipo del bocazas Mourinho. Como es lógico, el primero en tener asumida esa realidad es su propio entrenador, un tipo listo que sabía que Mestalla no iba a ser un campo fácil. Por eso buscó algo nuevo. Pedro está en un estado de forma lamentable, pero no tiene recambios, así que se sacó de la manga un 3-5-2. El equipo no jugó un pimiento, pero nadie podrá decir que no intentó buscar alternativas a lo que venía dando síntomas de agotamiento.

Si Guardiola jugó al alquimista, su colega del banquillo de al lado se disfrazó de ayudante de Pepe Gotero y Otilio. Ya de inicio, si decíamos hace un par de días que los tres mejores jugadores contra el Bilbao habían sido Topal, Joaquín y Soldado, a este último lo dejó en el banco, a Joaquín lo puso a jugar de media punta -que es lo mismo que dejarlo en el banco- y a Topal lo habría hecho jugar de estar disponible de delantero centro en lugar de Mata. Imagino que los cada vez más envalentonados valedores del entrenador podrán explicar una alineación en la que Mata es el único punta -ha quedado demostrado creo que sobradamente que donde rinde es entrando por izquierda: si no sirve para la media punta ¿tiene sentido mandarlo a pelearse con Busquets, Piqué y Abidal?-, Vendredi el extremo izquierda, Pablo -o lo que queda de él- el extremo derecha, y Joaquín, una bala corriendo la banda a la vista de lo que se vio el domingo pasado, haciendo de enganche.

Salió el equipo envalentonado, presionando arriba, valiente, una réplica del partido de la primera vuelta. Pero entre todos los que había en el campo de blanco han marcado en la Liga un gol menos que Villa. La testiculina sirve como causa absolutoria para ganar en Bilbao. Para ganarle al Barcelona hace falta algo más. Por ejemplo, disponer de un delantero. El equipo presionaba, robaba y hasta combinaba. Banega volvió a situarse cerca de su mejor nivel, Tino Costa hizo de lo que sabe: de Gattuso, el chico Jordi Alba volvió a dejar perplejo a medio Valencia y parte de Castellón con su desparpajo (¿por qué cojones juega siempre Vendredi?). Pero en cuanto se acercaban al área, apagón generalizado. Vendredi era una escopeta de feria por la izquierda, Pablo una pistola de agua infantil por derecha y Joaquín naufragaba en terreno de nadie. Ni finta, ni esprint, ni centro, ni nada. Si a eso le unimos un par de errores en la salida del balón -el de Dealbert como para retirar su número de camiseta- que dejaron a Messi solito delante de San Guaita, entenderemos que se llegara al descanso con un 0-0 casi milagroso. También Alba pudo marcar, es cierto, porque no estaba en fuera de juego y se quedaba solito.

La luminaria vio la luz e hizo entrar a Soldado de inicio en la segunda parte. Mala conciencia le llamo yo  a eso. Lo sorprendente es que quitó a Joaquín ¿Recibió una llamado del Altísimo? ¿O es que el cabreo de Pablo H. del otro día tras su cambio ha surgido efecto y no quiere más frentes abiertos? Volvemos a las andadas, sí, pero a los cinco minutos Soldado pone la bala un poco a la izquierda de donde había puesto el ojo y a Pinto le cambia la cara. Ahí ya sí hay alguien que sabe lo que es chutar a puerta. El equipo se rearma. El Barça, al trantrán. No le da para más. Ni rastro de Xavi, inédito Iniesta, fallón Messi, desaparecido Villa (¿alguien decía que Stanke no podría pararlo?). Apenas alguna cosa de Alves. El partido iba para el cero a cero. Banega y Costa mandaban -el centro del campo del Barça está muy castigado-, Alba seguía percutiendo, Soldado peleándose con todo el mundo. Estaba más cerca el uno a cero que lo que acabó sucediendo.

Decía mi amigo Juan Lagardera que el Valencia no mereció perder. No sé qué decir a eso. Pinto no tuvo que hacer una sola parada de mérito. Messi falló tres ocasiones clarísimas, de las que no suele marrar. Guaita intervino mucho y bien. Lo preocupante del asunto es que al Barcelona no le hizo falta jugar como sabe para llegar, sin ese fútbol que te aniquila, a generar un inexplicable número de ocasiones. Y ya no es que Dealbert le regale el balón a Messi, el problema es que cualquiera ya se presenta ante Guaita como entra Pedro por su casa.

Nadie sabrá nunca qué habría pasado si en el Valencia hubiese jugado el once que casi todos tenemos en la cabeza. Cuando hablo de casi todos me refiero a los desestabilizadores que insistimos en que este entrenador no sirve -lo hacemos, de todos es bien conocido, porque no nos gusta ningún entrenador y a las tres semanas de que venga el próximo ya querremos echarlo-. Supongo que los apólogos de Emery volverán a la palestra y perjurarán que ellos habrían puesto a Mata de nueve y a Joaquín de enganche y a Pablo y Vendredi de extremos. Sospecho, por cómo le fue al equipo cuando se impuso un algo de cordura, que al menos habría generado más peligro. El gol nunca está garantizado, ni la victoria cuando haces las cosas bien. Pero aumentan tus probabilidades.

Una última reflexión para ahondar en mi vertiente negativa. Es posible que Jordi Alba ne se vaya a dormir a la hora que lo haría una persona seria y responsable, pero ¿de verdad entra en cabeza humana que el chico se haya pasado la temporada en el banquillo y hayamos tenido que tragar con un tío que en dos años en Valencia aún ni habla castellano? ¿Es lícito que Miguel lleve un lustro jugando cada domingo en este equipo y arrinconen a un chaval de la casa sólo por lo que se supone que lo tienen sentado? ¿Hay algún interés que desconocemos en los movimientos para mejorar el contrato a Vendredi? ¿Quién es su representante? ¿Qué diantre está pasando?

Una vez más se nos queda cara de tontos. No por perder contra el Barça, que es bastante mejor que el Valencia, sino por la sensación de haber tirado a la basura la oportunidad de ganar. Y ya son demasiadas veces.