Junio 20, 2011 at 13:55 · Clasificados en General
Hubo una época en la que el mero grito del Boss presentando a Clarence “Big Man” Clemons me producía reverberaciones de placer. Pararme a escuchar sus solos en Jungleland, The Promised Land o Badlands era lo más cercano que, allá por la lejana frontera de los ochenta y los novena, existía para mí en el paraíso musical. Primero perseguí grabaciones pirata, en aquellos tiempos de vinilos y cassettes, en las que el saxo de Clarence era casi tan preciado como la voz desgarrada de Bruce. Luego, dejadas atrás las estrecheces de la vida de estudiante, me dediqué a seguir a la banda. Recuerdo un concierto en Fort Lauderdale en el que sólo pude conseguir una entrada alejadísima del escenario con la que no me conformé. Removí todo el recinto hasta que di con unos cuantos asientos vacíos -los únicos del lugar, que estaba hasta la bandera- a unos pocos metros de donde se situaba Clarence, siempre a la derecha del Boss, como un fiel apostol. A la segunda canción del concierto me di cuenta de que si aquellas sillas estaban vacías era por tratarse de una zona reservada para sordos. Había una señora un poco más abajo “traduciendo cada canción” al lenguaje propio de los sordomudos para que aquella buena gente pudiera seguir el concierto sin oír nada. No pude gritar como me pedía el cuerpo -para que no me echaran de allí-, pero disfruté como un enano de un Clarence pletórico que hasta nos hizo un give me five al volver del intermedio, seguramente avisado de que los que estábamos allí éramos de alguna asociación de sordomudos.
La muerte, además de absurda e injusta, te acaba dejando tanto más desconcertado cuanto más te vas acercando a la edad en la que se convierte en un elemento familiar. Que empiecen a morir tus ídolos de adolescencia es un síntoma inequívoco de que la niñez queda lejos. Que ya nunca vaya a volver a sonar el saxo de Clarence Clemons es tan desconcertante como catastrófico para quienes, pasados los años, no hemos encontrado a nadie que nos produzca la misma emoción.
Si la muerte de Danny Federici supuso un golpe importante para una banda, la de la calle E, que se había mantenido incólume desde el año 74 -nada menos-, la desaparición de Clarence es demoledora. Nos retrotrae a aquellos paupérrimos conciertos de Bruce sin su banda, un canto amargo al quiero y uno puedo, una rendición sin condiciones a la mediocridad en la que, en definitiva, se instaló el Boss cuando acababan los ochenta y decidió convertirse en un prejubilado dispuesto a vivir de los éxitos, suculentos, obtenidos de los discazos que nos regaló hasta Born in the USA y de la permanente reedición de aquellos grandes éxitos en todos los formatos habidos y por haber -sus trabajos desde el 87 han sido una decepción tras otra decepción aún más desproporcionada-. Qué mejor homenaje al Big Man que retirarse definitivamente y dejarnos, a todos los que hemos vibrado en tantos conciertos de la mejor banda de la historia con el recuerdo de ese saxofon rasgando el silencio sepulcral de estadios enteros con el corazón encogido en los acordes finales de Jungleland.
Descansa en paz, Big Man.
Junio 6, 2011 at 21:34 · Clasificados en General
Puesto que la actualidad no da para mucho, quería hablaros de la excelente película que, por pura casualidad, tuve la suerte de ver anoche en la BBC. De todos es sabido la difícil relación que existe entre el cine y los deportes. Ni siquiera los americanos han sabido, por lo general, sacar partido a lo que, se supone, debería ser un filón, siendo como es el deporte profesional una de las actividades que más pasiones levanta entre las masas desde los tiempos del circo romano. Por rescatar algún ejemplo, me gustó en su momento Jerry Maguire, aunque imagino que si volviera a verla le encontraría más defectos que virtudes. Con películas como esa, en todo caso, al menos no sientes vergüenza ajena. Sensación que, casi sin excepción, te invade cada vez que alguien en España se atreve a llevar el fútbol -con otros deportes ni lo intentan- a la gran pantalla. Sea porque para ser actor se requiere un certificado de no saber distinguir una pelota de fútbol de un melón, porque los directores consideran que los espectadores son imbéciles o, más probablemente, porque lo de nuestra industria no da para más, entro en el umbral de las tentaciones suicidas cuando rememoro al chico de la melena y el acento andaluz que salía en una serie de Telecinco haciendo de portero de un equipo cutre de su barrio en un penalti con el que no sé qué acaba pasando. Por no hablar de otros aberrantes ataques a nuestra inteligencia. Todo muy subvencionado por nuestros impuestos, eso sí. Pero no nos vayamos del tema.
La película de la que quería hablar se llama “The Damned United” y se basa en una biografía no autorizada de Brian Clough, para muchos el mejor entrenador que ha dado Inglaterra. Fue Clough (pronúnciese “claf”) quien consiguió ganar una Premier -aunque por entonces no existía con tal nombre- con el Derby County, que no era más que un muy humilde equipo de la segunda división cuando cayó en sus manos. Para demostrar que ello no había sido fruto de la casualidad, una década más tarde hizo lo propio con el Nottingham Forest, con el añadido de que se hizo con la Copa de Europa los años 79 y 80. Todo un fenómeno, además de un personaje que, como refleja estupendamente la película, tenía un carácter fuera de lo común. Suyas son, por ejemplo, algunas de las frases más repetidas por la prensa deportiva británica (”si Dios quisiera que jugásemos siempre por alto, habría puesto césped en el cielo, ¿no?”). Era un tipo que despreciaba el juego sucio -bastante común en aquella Inglaterra de barrizal y patadón hacia adelante- y que se creía un genio. Lo hacía, según se ve en la película y he leído en otros lugares, con esa arrogancia sincera de la que habla Faulkner como “la más admirable de las virtudes”.
La película es una pequeña joya más allá de rescatar la figura de un mito del fútbol -acabó muriendo alcoholizado- porque refleja muy bien aquellos años oscuros de finales de los sesenta y principios de los setenta, en los que la crisis económica atenazaba a la Inglaterra pre-Thatcheriana (estadios que se caen a pedazos, calles casi sin asfaltar, viajes en autobús para todo el mundo…), que en España se prolongarían hasta bien entrados los noventa (quién no ha tenido que ducharse en vestuarios de corte africano, sin agua caliente, sin alicatar, con los retretes atascados, con campos de tierra mal planchados…) y que nos retrotraen a la esencia misma de lo que hace grande este deporte. Recoge también a la perfección el verdadero papel de un entrenador, que no es otra cosa que un motivador. Unos intentan motivar con frases de filosofía barata en la pizarra del vestuario (Emery), otros inculcando a sus jugadores la bondad de un sistema novedoso y las posibilidades ilimitadas que se pueden derivar de su correcta explotación (Luis, Guardiola), otros, como Clough o Mourinho, convenciendo a los suyos de que no podían estar en mejores manos. Y lo cierto es que contó siempre con la inquebrantable lealtad de los futbolistas a sus órdenes. Nadie encontró nunca explicación al rendimiento que supo extraer de jugadores que jamás habrían soñado llegar donde Clough los llevó. A cambio, recibió siempre un nivel de entrega máximo en el campo y una idolatría casi ilimitada en la grada.
Muchas lecciones, en definitiva, de una historia sencilla, sin aristas, bien interpretada por Michael Sheen -el Blair de The Queen o el David Frost de Frost/Nixon, que borda el papel y sabe atarse los cordones de las botas de fútbol, que respira, en definitiva, fútbol por los cuatro costados (impagable el papel, por ejemplo, del durante muchos años ayudante y “scout” de Clough, con el que tiene una muy bien contada tormentosa relación amor-odio).
No sé cómo se puede conseguir, ni siquiera si se ha traducido al español. Pero a los futboleros os encantará. Y sí, pensaréis en quien ocupa el banquillo de Mestalla en la actualidad y, aunque sea escondiendo el gesto ante vuestra novia, mujer o madre, os pondréis a llorar. Pero toca seguir camino.