Archive for Febrero, 2012
Febrero 27, 2012 at 11:59 · Clasificados en General
Estoy, apenas medio día después de que todo tuviera lugar, intentando recordar el partido que perpetraron Valencia y Sevilla y tengo la mente en blanco. Me viene a la memoria el gol de Costa. Un golazo que demuestra que, si se ponen, estos chicos tienen calidad para jugar al fútbol. Luego, el vacío, una sucesión de patadas a un balón sin ton ni son como norma, con alguna excepción, acaso por error, que nos traía a la memoria lo que un día fueron estos dos equipos.
Al Valencia lo hemos radiografiado ya demasiadas veces. En cuanto tiene delante a tipos que además de correr tienen un mínimo de calidad futbolística, sufre un apagón generalizado. El de ayer fue mayúsculo y vino convenientemente anunciado en el minuto cuatro cuando Albelda vio la primera amarilla del partido. Lo de este chico es digno de estudio, por cierto. En Barcelona tardó seis minutos en hipotecar su capacidad de maniobra con una tarjeta surgida de su mala colocación. Parecía imposible hacerlo peor. No era imposible. Los hay que ven en él un valor imprescindible. Los hay también que aseguran haber visto alienígenas. Hay de todo en este mundo y hasta es posible que, igual que su entrenador, Albelda permanezca en el Valencia hasta el siglo que viene. Que ello sea recomendable es harina de otro costal.
Sea como fuere, está el Sevilla en un túnel tan oscuro -ver a Kanouté arrastrarse como un buey octogenario da verdadera lástima- que no le costó al Valencia plantarse en el campo y hasta hacer amagos de ganar el partido. Esta vez fue la banda derecha, con un Feghouli muy animoso, la que supo aprovechar el corredor casi mediterráneo que Reyes, ayer extremo, dejaba en su enconada campaña por parecer cada día un futbolista más improductivo. Mientras los Medel, Rakitic y compañía no eran capaces de dar medio pase que no fuera al rival, los chicos de Emery conseguían llegar a los tres cuartos de pase y con ello les bastaba. La oposición que ofrecía Kanouté a la salida del balón era la misma que hubiese ofrecido uno de los muñecos hinchables con los que se entrenan las faltas, así que se puede decir que la cosa transcurrió plácida hasta el gol de Costa. Fue lo único, por cierto, que pareció hacer durante todo el partido. El resto, confusión y mirar cómo Albelda, quizás por cuestiones generacionales, decidía emparejarse, en un duelo en la cumbre, con el bueno de Kanouté. Saltaron chispas a diez por hora.
Tras el gol, sin embargo, la gente de Míchel -mamma mía si es Míchel el que tiene que hacer de Juande “Rumano” Ramos- se vino arriba. O los otros se vinieron abajo. Navas echó dos o tres carreras, que son las que este año está echando, Negredo importunó en dos o tres jugadas y con ello fue suficiente. De los de blanco, apenas nada. Ni con Aduriz, ni sin Aduriz. Cómo estaría de mal la cosa que hasta el nueve sevillista, que no es precisamente Usain Bolt, le ganó un sprint de 40 metros al otrora infranqueable Rami -otra sombra más- en una jugada que no terminó en gol de milagro.
Dicen que un día de estos van a renovar a Mathieu. Lo merece. Es de los mejores esta temporada y ha mejorado notablemente. Vistos los precedentes -Banega, Albelda-, quizás convendría pensárselo mejor…
Para el final, el tema Torres. No sé si Torres merece o no estar en la pachanga contra Venezuela. Sí sé, ayer tuvimos pruebas manifiestas, que España no va a ganar la Eurocopa con Negredo o Soldado. Buenos jugadores. No nueves de un campeón del mundo. Ni hoy, ni mañana, ni aquí, ni en Lima. Retrotraernos a los tiempos de Salinas o Satrústegui es volver a cuando no ganábamos nada.
Febrero 20, 2012 at 11:28 · Clasificados en General
Lo doloroso no es que te caigan cinco contra un Barcelona inmerso en la más grave crisis de juego que se recuerda en la historia del club -oficialmente se ha borrado toda la era pre-Guardiola, de igual modo que parece que para el Valencia lo de antes de Koeman no haya existido-. Lo aterrador es que el resultado fue inusitadamente corto. La falta de puntería de los Cesc, Alexis, Messi -sí, Messi-, Tello o Iniesta, junto a las paradas de Alves evitaron un resultado de auténtico escándalo. 29 disparos de unos… por 2 de los otros. El segundo equipo de la Liga ha jugado tres partidos en dos semanas contra el tercero y en ellos ha generado, sin un ápice de exageración, veinticinco ocasiones de gol de auténtico manual. De esas que, normalmente, acaban entrando. El tercer equipo de la Liga ha chutado, en esos mismos tres partidos, cinco veces entre los tres palos.
Y no. Obviamente no se puede exigir que el Valencia gane justo el día que al Barça le da por volver a jugar al fútbol. En un día así y en su campo eso es casi imposible. Lo que no tiene justificación alguna es la imagen ofrecida. En un día en el que el Camp Nou estaba frío, como este mes de febrero, y se oían hasta los gritos de los jugadores sobre el campo, el pueril sistema defensivo de los chicos de blanco acabó montando un auténtico festín en el que incluso se llegó a corear el nombre del entrenador local, algo que no recuerdan ni los más viejos del lugar porque nunca ha sucedido. En años precedentes se podía achacar el desastre defensivo a la falta de calidad de ciertos jugadores. Ya no. El Valencia cuenta con un portero internacional con Brasil, dos laterales izquierdos que lo son con Francia y España, un central francés de lo más cotizado en Europa, un sub-21 español que juega el balón como un medio centro y un lateral derecho que, a decir de la secretaría técnica se ha ganado sobradamente la renovación (sic). Hombres suficientes para, cuanto menos, plantar cara.
Pero este equipo es un desastre. Como ha repetido aquí e martin hasta la extenuación, los cambios de sistema por sistema se acaban volviendo en tu contra. El músico que un día toca la batería, al siguiente la guitarra, luego el violín y más tarde la zambomba puede llegar a saber tocar todos los instrumentos del mercado, pero nunca resultará sobresaliente en ninguno. Y eso le pasa al Valencia. Sabe, mal que bien, jugar con tres centrales, con tres medios centros, con extremos normales, con extremos a pierna cambiada, con dos nueves, con un nueve y un enganche y, si le dejaran, sabría incluso jugar con los dos porteros. Pero de tanto cambio no demuestra solvencia jamás. Y muy a menudo se confunde y se pone a centrar balones al área cuando Piatti es el delantero centro o a intentar jugar el balón cuando tiene a Albelda y Topal en la zona de creación. El caos sembrado por la hipocondria del entrenador es total y en cuanto se enfrentan a un equipo que sabe lo que hace el desastre es irremediable.
Así las cosas, habrá que asumir -quien no lo tenga ya asumido, que de todo hay en España- que esta versión contemporánea del Valencia está concebida para hacer frente al fútbol troglodítico de equipos estilo Stoke u Osasuna, que plantean partidos del tipo patio de colegio, desnudados de cualquier estrategia y basados en la lucha cuerpo a cuerpo de once señores a la caza de un balón. En esa coyuntura, cuando el planteamiento del entrenador -supuesto en el caso valencianista- deja de tener sentido y la cosa se transforma en algo más primario, los futbolistas del VCF son, si se lo proponen, capaces de dar la cara ante cualquiera. Con ello les da, desde luego, para asegurar buena plaza en nuestra liga, un punto por delante del trogloditismo de ciertos pueblos industriales británcios pero cada día más debilitada por las penurias y los abusos. No les da para más. No con este entrenador que sigue sin saber lo que quiere y no con este presidente, que se lo consiente y consiente una secretaría técnica que prefiere fichar a diez futbolistas de nivel medio antes que a tres de gran nivel.
Lo de anoche fue bastante revelador e, incluso, un punto cruel para algunos. Volvió a quedar demostrada la endeblez de algunos. Feghouli, lo siento Rumano, parecía un alevín cuando echaba carreras con cualquier rival. Costa dio un recital de confusión. Miguel -o rei da noite- se rompió, literalmente, en un regate de Pedro que acabó en gol y fue un coladero una vez más. Y la peor noticia fue el pésimo partido de Soldado, que demostró estar muy lejos de su mejor versión y suscitó jocosos comentarios -por Barcelona no entienden que la prensa de Madrid, tan benigna con los chicos que han salido de “la fábrica”, esté empecinada en que sea el sustituto de Torres-. Podríamos seguir y no salvaríamos a nadie…
De todos modos, el cabreo durará unos pocos días. Vendrá una nueva victoria ante los rocosos chicos de Pulis y pelillos a la mar. Y, por supuesto, se seguirá trabajando.
Febrero 13, 2012 at 10:34 · Clasificados en General
Superado el tobogán emocional de la Copa, del que se salió con las magulladuras previstas, volvió el Valencia a la Liga, su competición favorita de los últimos tiempos. Terminadas las distracciones, al menos hasta que algún iluso vuelva a creer que este equipo puede hacer algo en la UEFA, las aguas volvieron a su cauce en el límpido camino que se abre hacia una reedición del tercer puesto que todo lo justifica. Difícil era encontrar víctima más propiciatoria que este Sporting en horas bajas, del que hasta su nuevo entrenador parece que ni pintado para poner cara de pena en el caso de descender a segunda división. Y sería una lástima, pues es el Sporting un equipo simpático que representa a una de las ciudades más agradables del país.
Pero el fútbol no conoce de esas cosas y cada cual suele obtener, como sucede en todos los órdenes de la vida, lo que merece. Y algo habrán hecho mal por Asturias para encontrarse donde están. Y algo, desde luego, habrá hecho bien el Valencia en comparación con los demás para seguir cómodamente tercero, en una jornada en la que el Español perdió en casa con un equipo aún peor que el Sporting, ese Atlético que algunos ven como el nuevo Barcelona no pasó del empate ante el Racing y el Bilbao volvió a perder, esta vez ante el Betis. Cuatro supuestos aspirantes a Champions que, incluyo también al Valencia, demostraron, en todo caso, lo mal que está nuestra Liga.
No fue del todo mala la primera parte de los de Emery. El rival salió empequeñecido y se vivió, por ello, siempre en la inmediación del área gijonesa. Quedó claro que la pareja Soldado-Aduriz es bastante más peligrosa que cualquier alternativa y hasta el amigo Feghouli despertó de su letargo y se marcó otro partidazo. En la línea del que hizo ante el Levante en Liga. Al chico se le dan bien este tipo de equipos y no los de la parte de arriba del escalafón, qué le vamos a hacer, menos da una piedra. No queremos decir que el fútbol practicado fuera de naranja mecánica ni nada que se le asemeje, pero acostumbrados a lo que hemos visto en este año, tampoco estuvo tan mal. La lástima es que aquello, una vez más, se esfumó tras el descanso, del que los asturianos salieron con un punto más de ambición y, sin llegar a crear peligro alguno -no están para mucha fiesta-, se hicieron, a trancas y barrancas, con el control del partido. Se fueron del mismo con uno de los autogoles más absurdos de la historia del deporte. Lo otro ya sobró.
Todo ello en el día en que volvió Guaita, no sabemos si porque la bruja Lola vio en su bola que tenía que regresar el valenciano, porque los decisivos y recurrentes errores de Alves han colmado la paciencia de un tipo tan jobiano como Emery -véase el caso Miguel- o simplemente porque alguien llamó al entrenador y le dijo que ya estaba bien de cachondeo. Tiene uno ganas de ver qué pasa el jueves para comprobar si, como sucedió a principio de temporada, Alves vuelve a jugar en Europa en aplicación del peculiar concepto de la rotación que tiene este entrenador, sobre todo considerando que Guaita, mientras ha estado en el banquillo, no ha jugado un solo minuto. Explicaciones, desde luego, no vamos a tener y, si no, repasad lo que dijo el míster para explicar la ausencia de Pablo H de la última convocatoria. Para enmarcar y colocar junto a los grandes discursos de la filosofía universal. Es lo que hay, chicos.
Febrero 9, 2012 at 10:58 · Clasificados en General
Cuando te pasas la vida caminando sobre el alambre, lo normal es que te caigas. Y no una sola vez. El Valencia de Emery, sobre todo este último, tienen la suerte de caer con red y la pinta de que un buen día, no lejano, la red se romperá y no volverá a levantarse en mucho tiempo. La de anoche fue otra oportunidad perdida. O tal vez no simplemente “otra” sino una muy importante. Un Barcelona desafinado, con varios de sus futbolistas muy lejos de su mejor forma, acaso fatigado de tanto ganar, puso en bandeja la oportunidad de dejar de ser mediocre, de dar ese salto de calidad que unos pocos todavía le reclaman a un club que hace nada hacía de gestas como esa su razón de existir. El primer cuarto de hora de partido fue la demostración de que la plantilla valencianista tiene calidad suficiente para, como mínimo, resistir. El resto del encuentro fue para olvidar.
La vida son detalles. Me quedo con dos. El primero, el de Piqué disfrazado de Robinho haciéndole una bicicleta a Miguel. El ayer de nuevo lateral derecho y hasta capitán del valencianismo volvió a dar un auténtico recital y a justificar la oferta de renovación que los intelectos de la secretaría técnica del VCF están a punto de presentarle. El segundo, Vendredi -de los mejores anoche y todo el año- corriendo como si no existiera el mañana a presionar una salida del balón del rival hasta darse cuenta de que todos sus compañeros estaban corriendo hacia atrás. El disparate individual representado en la aberrante decisión de mantener a un haragán como Brito -¡y, para mayor descrédito de la institución haciéndolo capitán!- y el desconcierto colectivo de un grupo que todavía no sabe a lo que juega. Cuatro largos, larguísimos años después.
No ganó el Barcelona por acumulación de méritos. De hecho, pareció empeñado en mantener vivo al Valencia, lo que hace más grave lo acontecido. Casi todas las ocasiones culés vinieron tras regalos indecentes de los chicos de Emery. Amables como son los catalanes, se empeñaron en fallar lo infallable, en hacer internacional a Alves, en demostrar que así no ganarán la Liga y lo van a tener complicado en la Champions -seguramente volverán a su mejor nivel cuando haga falta-. Lo de Rami y Ruíz no es un caso digno de estudio alguno, no es excepcional y podemos incluso calificarlo de previsible. Ha pasado con casi todos los jugadores que ha triturado el actual equipo técnico del Valencia. Llegan alborozados por fichar por un grande -ya exgrande- de Europa, se comen el mundo durante un breve período de tiempo y luego se integran en esa nebulosa, capitaneada por Brito, que les hace navegar viento en popa rumbo a la tercera posición y los convierte en futbolistas sospechosos. Ayer sombra de la sombra de los centrales a los que tantas flores echamos hace tres meses.
Fútbol, lo que se dice fútbol, hubo poco. No lo puso el Barça y, lógicamente, no lo iba a poner el Valencia en un partido tan señalado. Los azulgrana acusaron, además de su pésimo estado de forma, las ausencias de tipos demasiado importantes. Thiago no está todavía al nivel del resto y Cuenca, sospechamos, no lo estará nunca. De postre, la insólita opción de quitar a Alves y poner a Puyol de lateral derecho para tapar a la pareja Alba-Vendredi, deja huérfano el ataque azulgrana por ese lado y, lo que es peor para ellos, facilita el trabajo de Alba. La única buena noticia para el Valencia anoche -y para Del Bosque- fue la condición física del lateral valencianista, que dejó en evidencia -otros lo llamarían ridículo- a un Puyol que suple con garra y veteranía las ya gravísimas lagunas físicas que padece. Alba fue un purasangre y el capitán del Barça una mula de carga. Pero ese fue el único duelo que ganó el Valencia anoche. Podríamos añadir el de Alves a todos los demás, pero de Alves hablaremos un poco más abajo.
A la espesura del juego azulgrana, que pasó poco por Xavi, todavía no sé qué quiso oponer el Valencia. No lo hemos sabido nunca, en realidad, en estos cuatro años. Salió dispuesto a morder, aprovechando con ardor que al Barça cada vez le cuesta más arrancar en los partidos. Presionó arriba, combinó al primer toque, hizo paredes. Y luego se esfumó. La banda derecha fue un coladero y Feghouli un alma en pena que se paseó durante el rato que estuvo buscando un lugar donde esconderse y razones para justificar su presencia en un club tan grande -¿dónde estará Joaquín?, me pregunto yo-. En la zona de creación, Banega alternaba detalles de calidad con el empeño inverosímil de salir al dribling una y otra vez de la presión de cuatro jugadores rivales. Clarividente al contraataque, cuando le das mucho tiempo para pensar Banega se convierte en un jugador de arrabal, empeñado en hacer siempre lo más difícil. No desatascó porque no anda fino, por mucho que no se le puede criticar el empeño. Si a ello le añadimos que Jonas tampoco estuvo muy allá y que la izquierda solo dio noticias intermitentes, comprenderéis que los defensores del status quo van a tener bastante complicado repetir la historia de siempre de que se cayó con honor y jugando de tú a tú ante un grande de Europa.
Y con todo, no me cabe duda de que el gol de Cesc fue determinante. Tan negado está el Barcelona de cara a puerta, que de no haber entrado ese balón el nerviosismo podría haber atenazado al respetable y, de rebote, a los futbolistas. No he visto por tv las paradas de Alves. Mi impresión fue que Messi y compañía dispararon casi siempre al muñeco, convirtiendo en héroe a quien, más allá de alguna parada de mérito incuestionable -no queremos decir que todo lo que paró fuera fácil-, tuvo buena parte de la culpa, ¡otra vez!, de la derrota de anoche. Cualquiera de los 70.000 -el Valencia ha dejado de llenar el Camp Nou desde hace tiempo- aficionados que estaban viendo el partido habría llegado, desde su posición, a ese balón que Cesc empujó a las mallas. Yo mismo, desde mi asiento, estuve a punto de echarme al campo a cogerlo con la mano y me quedé con la boca abierta al ver cómo, a cámara lenta, el portero del Valencia asistía, petrificado, a la escenificación de otra debacle. Parece que Miguel pudo hacer algo más. No lo sé. Sí sé que Alves volvió a conceder un gol y el valor anímico que ello comporta, en positivo para el rival y en negativo para ti, supera con creces las pocas o muchas paradas de mérito que puedas hacer. Guaita lo vio de nuevo desde el banquillo.
Entre tanto, otro tren se ha escapado. Lo ha hecho tras las muestras de algarabía de una afición que quiso creer porque de eso vive el fútbol. Vendrán ahora las habituales excusas absolutorias, que sin embargo no lograrán disimular que el Valencia nunca fue rival para el Barcelona. En el cómputo de la eliminatoria, los de Guardiola se quedaron mano a mano ante Alves no menos de una decena de veces, mientra Pinto apenas tuvo que hacer dos o tres paradas de cierto mérito. Un Barcelona menor rasgó una y otra vez una defensa con pies de barro, desarticuló cualquier atisbo de creación de juego valencianista, desdibujó a sus futbolistas creativos -todos ellos, sin excepción, han quedado en evidencia- y convirtió los partidos en un mero esperar a la próxima ocasión de gol marrada por Messi, Alexis o el que fuera. El Valencia acudió a jugar los dos partidos, pero nunca compitió. Le echó coraje en Mestalla, salió un rato a por todas en el Camp Nou, pero nunca fue el equipo sólido, compacto, impenetrable que esperaban los aficionados que fueron a Barcelona, o que despidieron a los suyos en Manises. La diferencia que existe entre la idea que el valencianismo tiene de su equipo y la cruda realidad la representan su presidente y entrenador, máximos artífices de un equipo sin alma, sin carácter, sin chispa alguna con la que encender a una afición que tiene que recurrir a la autocombustión para salir de la abulia en la que el binomino Llorente-Emery ha instalado al club. Si ayer escribía aquí que ni un milagro podía salvar a este Valencia, hoy reconozco que el milagro aconteció, pero para evitar una goleada de escándalo. La misma que pudo producirse en Mestalla. Y eso no es de recibo. El Valencia puede -es lógico que lo haga- caer ante todo un Barcelona. Pero históricamente, incluso en los tiempos más aciagos, siempre ha opuesto resistencia. Ahora ni eso. Cuando no falla un defensa, falla el portero, desaparece el mediocentro o se autoexpulsa el extremo derecho. La aberrante falta de organización, de esquema, de plan, de cerebro que lo lleve a cabo, de carácter en los momentos difíciles puede no ponerse de manifiesto en una Liga cada vez más depauperada. Pero condena al equipo en todas las grandes ocasiones. Ya está fuera de Champions y ha caído en Copa. En UEFA avanzará hasta que se tope con un rival que sepa un poco a lo que juega. Y así, un año tras otro.
Febrero 6, 2012 at 10:58 · Clasificados en General
Hubo un tiempo en el que tu televisor tenía una interferencia mientras veías un partido de la Liga española y, sin avisar, te salía algún encuentro de la infumable competición futbolística de Bután y rápidamente notabas la diferencia ¿A qué juegan estos tíos?, te preguntabas, casi con vergüenza ajena. Eran tiempos de vino y miel en nuestro país, de jugadores que tocaban la pelota para entregársela a un señor vestido de forma parecida a ellos, de fútbol vivaz, alegre incluso. Uno iba por ahí y sacaba pecho. Los taxistas de Londres se hundían en su asiento, reconociendo que la Premier había perdido, definitivamente, el cetro mundial. Por si eso fuera poco, llegó Don Luis con la Roja y coronó todo aquello con el mejor fútbol que ha parido madre alguna.
Todo eso se acabó. Si un marciano, en uno de esos absurdos canales multifútbol, vio anoche de forma simultánea el Atlético-Valencia y el Thimbu-Punaka (clásico butanés de toda la vida) no creo que acabara encontrando diferencia alguna. El balón, en ambos casos, no fue otra cosa que un cuerpo celeste en errático movimiento, perseguido, en ocasiones, por unos homínidos en pantalón corto con una especial querencia por tirarse al suelo -sobre todo uno que vestía de rojo y tocaba el asteroide con las manos- al menor contacto con un rival al objeto de interrumpir, en la medida de lo posible, cualquier conato de espectáculo. El tipo de amarillo contribuía al espectáculo con un silbato lamentable.
Un no marciano, como nosotros, seguramente se esperaba eso. Poco nos debe sorprender que a estas alturas un Valencia sin Banega -su versión decente, ya casi exclusiva de los libros de historia- limite su concepto creativo del fútbol a los balonazos en largo de sus centrales y las dos carreras de Vendredi por la izquierda. Esperar en 2012 que la pareja Albelda-Costa genere nuevos abonos en Mestalla es lo mismo que pretender acabar con la crisis en una semana. Y del rival anoche, ese Atlético que algunos véis como gran amenaza, la verdad es que uno tampoco esperaba otra cosa que lo que vio: unos chicos que corren un poquito más que antes pero que no dan cuatro pases seguidos ni en su versión de Play Station. Dos escuadras, en definitiva, que no son ni la sombra de lo que fueron no hace tanto.
Así las cosas, lo lógico era que empataran a cero. La propuesta fue tan patética que un gol hubiese sido casi un insulto. Lo tuvo cerca, por cierto, Falcao, pero como el rival no estaba en posición de descenso y disponía de defensas jóvenes y en plenitud de condiciones, el chico volvió a dejar su casillero en blanco y a poner en cuestión a los cantores de sus virtudes, especialmente abundantes entre los trobadores pro-colchoneros, tan bulliciosos como vendedores de humo. Que el jugador más destacado del Atlético fuese Juanfran lo dice todo. Que en el Valencia no destacase nadie, también. Por citar a uno, nos quedaremos con Pablo H. Volvía, se supone que fresco, de un descanso por problema muscular y su entrenador, según nos cuentan, hizo un aparte con él: “este es tu partido, chaval”, le dijo, “sal a comerte la hierba”. Y como no está el vestuario precisamente repleto de genios de la filología, el hombre lo tomó en sentido literal, olvidándose de que también tenía que jugar al fútbol.
Se puede, lógicamente, interpretar el tema como lo hace hoy Julián Montoro en la crónica de Super. El resultado favorece al Valencia que, además, se supone que el miércoles tiene un partido trascendental. No hacía falta más, dicen, en definitiva quienes a final de año claman por renovar el tercer puesto. Es indudable que el gran fracaso de anoche fue el supuesto “efecto Simeone”, que no dio para otra cosa que una pifia descomunal de su delantero centro con la portería casi vacía. Era el Atlético quien se supone que venía como una locomotora a recortar la distancia a cuatro puntos. Se dio de bruces con la realidad. No estamos en España para muchas alegrías. Ni siquiera en fútbol. Y, sin embargo, uno no deja de esperar lo que nunca llega. Se supone que estos chicos están toda la semana entrenando para algo más que correr detrás del balón y, en caso de hacerse con él, mandarlo sin ton ni son allá donde caiga. Estamos hablando de dos equipos con más de cien millones de euros de presupuesto, amigos. Que en los madrileños casi nunca se note es su problema. Que el Valencia parezca un equipo de barrio me parece más preocupante.
Febrero 2, 2012 at 11:12 · Clasificados en General
Pinto debió ser expulsado, qué duda cabe. Los árbitros favorecen casi siempre a los de siempre, lo sabemos todos. La queja está justificada y es, incluso, necesaria. Me gusta, sin embargo, la observación que hace hoy el director de Super: prefiere enfrente al Barça con once y Pinto bajo palos que a uno con diez y Valdés de portero. Porque una expulsión suele determinar, en perjuicio del equipo que se queda en inferioridad, un encuentro. Pero aquí nunca hemos defendido la ucronía. Analizamos, con subjetividad y un punto de perfidia, cuanto creemos que sucede.
Y lo que sucedió fue que el Valencia pudo salir escandalosamente goleado ante un Barcelona menor, capitidisminuido por las ausencias de Xavi, Iniesta, Pedro y Villa -casi nada al aparato-, poco inspirado en las principales figuras que le quedaban y pésimamente defendido en una portería que al señor Pinto le queda no grande sino grandísima -tiene entretelas que el Valencia tenga de suplente a Guaita y todo un Barcleona juegue con este chico-.
La gente, soberana en sus festividades, tiene obviamente derecho a dar paso al fervor después de lo visto. Los chicos de Emery “lucharon cada balón”. Eso es cierto y suficiente para muchos a la hora de dormir a pierana suelta. Sucede también que se supone que eso lo deberían hacer en cada partido. Que la intensidad del equipo anoche fuera infinitamente superior a la que se vio, por ejemplo, en Pamplona o Santander no otorga valor a lo acontecido, más bien pone de relevancia la dejación de funciones que se ha convertido en norma - y explica, en parte, que el señor Emery tenga tan buena prensa en Madrid: los partidos contra el primer equipo de esa ciudad no suelen resultar tan disputados-. Con ser ello grave, más lo es el hecho de que el Valencia disparara, en el partido de ida en casa de una semifinal de Copa, una sola vez entre los tres palos. Y lo que es peor, si es que algo puede ser peor que eso, es que todavía muchos nos preguntamos a qué salió a jugar exactamente ante el Barcelona ¿Salió a presionar arriba? ¿A adelantar la línea defensiva? ¿A aguantar al Barcelona y sorprender al contraataque? No creo que nadie sea capaz de dar una respuesta. Tal vez el entrenador. No, desde luego, los futbolistas, que anduvieron todo el partido corriendo sin orden ni concierto, intentando convertir cada choque en un duelo personal como si así, con el vigor mourinhista, se fuera a ganar, sin nada más, al Barcelona.
El resultado fue que hasta en cinco ocasiones los azulgrana se plantaron solos ante Alves. Fallaron un penalti -el señor Brito anoche se volvió a cubrir de gloria, llegando a ejecutar un saque de banda con un pie y medio dentro del campo-, le regalaron varios balones a Alves -cada día que pasa más desenmascarado- y volvieron a dejar en evidencia que reservan fuerzas e inspiración para cuando lleguen tiempos más exigentes. Lo hicieron, además, sin tener que recurrir a su mejor fútbol. Las ocasiones surgían fruto del desbarajuste habitual en los locales, que tan pronto iba a presionar arriba sin ningún convencimiento, dejando fuera de la jugada a los dos otres jugadores que se miraban como diciendo qué demonios hacemos nosostros aquí, como resolvía con el patadón y tentetieso la presión contraria, ésta bien realizada porque está bien entrenada. En medio de ese marasmo, apenas puede rescatarse, una vez más contra el Barça, la inspiración -duró solo un ratito- de la pareja Alba-Vendredi. Ellos fabricaron la única jugada de peligro real del partido y solo ellos parecieron capaces de inquietar a una defensa azulgrana inusitadamente insegura -las dudas de Piqué y Abidal con el balón en los pies no son nada habituales-. Porque Soldado hizo cuanto pudo, que es bien poco en los últimos tiempos, desabastecido como sobrevive ante la dimisión de los medios centros del Valencia.
¿Qué otro fútbol ofrecieron los chicos de Emery? Ninguno. Banega se enredó intentando salir de la presión a la que fue sometido por Cesc y Busquets y sigue sin haber dado una a derechas desde que estrenamos 2012. Albelda ya no está para estos envites -ni para estos ni para casi ninguno- y la salida de Costa no hizo más que aportar su habitual estado de confusión. La salida por izquierda fue mejor tapada por el Barcelona en la segunda mitad y ni Piatti, otra vez inédito, ni Feghouli, también muy desdibujado desde hace semanas, crearon la menor sensación de peligro.
En estas condiciones, vosotros diréis. Yo estaré en el Nou Camp dentro de seis días. Llegaré prontito y me marcharé igualmente temprano. Recordar los tiempos del Piojo, como hacía Super ayer, es tirar de nostalgia y, en este caso, de masoquismo. Entonces el Valencia sabía a lo que jugaba, aprovechaba las virtudes de los futbolistas que tenía a su servicio y plantaba cara al más pintado. Hoy parece una banda.