Archive for Abril, 2012

Liquidación por cierre.

Si el Málaga llevara cuatro o cinco años -y no uno- luchando entre los poderosos, lo de ayer habría acabado en desastre. Pero los chicos de Pellegrini son tan nuevos en esta fiesta que mientras unos perdían tiempo para asegurar la victoria -como si hiciera falta- otros aceleraban para marcarle algún otro gol al cadáver deportivo que tenían enfrente. Los minutos caían inexorables y yo me preguntaba por lo que debía estar pensando el valencianismo. Calculo que algo parecido a lo de los futbolistas del Málaga: unos deseando que aquello acabase cuanto antes, otros -los románticos- que se alargara por si alguien -¿quién?- hacía algo para acercarse a marcar un gol. Extendí la reflexión hacia todos aquellos que a principio de temporada intentaban hacernos comulgar con ruedas de molino asegurándonos que el Valencia no podía estar en mejores manos. Como si tres largos años no hubiesen bastado ¿Qué dice toda esa gente ahora?

En Málaga pereció un modelo de fútbol basado en el capricho más absurdo e inexplicable -esta vez tocó colocar a Maduro y dejar a Topal en el banquillo, colocar a Piatti y dejar fuera a Jonas y Parejo…para qué continuar-. Que haya durado cuatro años es lo que linda con la irrealidad y no se descarta que, en un futuro, las historias del Valencia pasen sobre ellos de puntillas. Nada trajeron más que la continuidad en el cargo de un presidente que ni sufre ni padece la desilusión del valencianismo. Todo ello coronado con una guinda dolorosísima llamada Isco. El mejor futbolista del Málaga, ayer y casi toda la temporada, se marchó porque el entrenador del Valencia no lo veía “maduro” -manda huevos- para el primer equipo y el secretario técnico no creyó que mereciese la pena contrarrestar los movimientos del Málaga para ficharlo.

Emery se va, ya me han convencido hasta a mí. Pero Braulio se queda. El mismo tipo que prefirió a Tino Costa por delante de Borja, el que hasta hace diez días quería renovar a Miguel y ahora quiere hacer lo propio con Maduro -¿qué más tiene que hacer Maduro para que le pongan puente de plata?- es quien en su día permitió la marcha de Isco. Solo Isco, sin nadie que lo acompañe, atesora más calidad que los veinticinco futbolistas de la plantilla del Valencia juntos y que se convierta en un émulo de Silva dependerá de su implicación porque condiciones las tiene. Aquí se prefirió a Feghouli, Jonas, Piatti y compañía. Con la connivencia de muchos, por cierto. Ayer, sin ir más lejos, publicaba Super una encuesta entre los colaboradores del periódico y mis dilectos compañeros colocaron como futbolista revelación de la temporada a Feghouli por delante del propio Isco. Ver para creer. Braulio, selección.

La situación a corto es, por tanto, preocupante. La plantilla parece harta, su entrenador diría que parece histérico si no fuera porque siempre ha sido así, el presidente ya no sabe si hablar para que parezca que manda algo o callar para no meter la pata. La afición llena un día el campo porque se lo pide el cuerpo y al siguiente partido se quedará en casa porque está hasta las narices. El calendario es favorable y con un mínimo empujón se asegurará la Champions. El peligro, sin embargo, está en lo que suceda a partir de ahí. Los movimientos en el terreno de altas y bajas son aterradores. Atada la continuidad de Albelda por su amistad con el presidente -solo en Valencia es ese un hecho fundamental en la confección de la plantilla-, habrá que ver cómo se soluciona algo tan fundamental como la elección del entrenador. Se habla, incluso, en el extremo del despropósito, de una solución a lo Rosell, como si cualquier cosa que no sea dar un viraje de 180 grados no pudiera acabar condenando al club a cien años de histerismo insoportable.

La pareja Braulio-Emery ha acabado teniendo efectos demoledores. Lo poco bueno que ha descubierto el primero -Rami, básicamente- ha sido reconvertido en deshecho por el segundo. El resto, entre  la irrelevancia y la más incalificable mediocridad. Desaparecida, parece que por fin, la segunda parte del binomio, queda por saber cuántos destrozos será capaz de realizar la primera.

Tres jornadas, pues, para dar fin a este tormento de ver al Valencia jugar cada semana, de las posturitas del uno, las caras largas del otro y los paradones de Guaita o Alves para salvar los muebles de la quema. Ayer, por cierto, se vio a Del Bosque por la Rosaleda. Acaso se equivocó de avión y debió aterrizar en Londres. Vi el partido el Chelsea contra el QPR. Vi que hay un resquicio para la esperanza y que puede ser que España acabe teniendo delantero en Polonia. Me quedo con eso porque lo demás es para llorar.

La enésima -¿acaso última?- bofetada.

Los autos de fe inquisitoriales no solían acabar nada bien. Reunían a todo el personal en una plaza pública abarrotada y la cosa terminaba de dos maneras: hoguera -en el mayor de los casos- o regreso al seno de la Iglesia a través de la penitencia. El de anoche en Mestalla fue un auto de fe peculiar porque el único final posible era la hoguera. Ni la estructura ni la coyuntura auguraban otra cosa. La estructura nos hablaba de un equipo que en cuatro años no ha ganado ni un solo envite decisivo, importante, ilusionante ¡NI UNO! Es posible que en la historia del fútbol no exista precedente. Que un equipo de fútbol, cada uno de ellos en el contexto de sus posibilidades, dilapide una tras otra DURANTE CUATRO AÑOS todas las ocasiones de dar una alegría a su afición es casi imposible, ni siquiera poniendo toda la intención. El Valencia lo ha hecho. Por si eso fuera poco, la coyuntura nos situaba en un partido de ida indigno de la historia de este club, en el que lo único salvable fue una dolorosísima derrota por 4-2, cuando debía de haber sido por seis o siete goles de diferencia.

El poder hipnótico del fútbol es, sin embargo, inagotable. Unas cuantas portadas enardecidas -jamás el presidente del Valencia sabrá devolverle a Super todo lo que el periódico hace por el club que con tan poco tino él dirige-, una campaña de optimismo bien dirigido, una foto con el banderón de Bentússer y el personal se transforma creyendo en el milagro. Bendita inocencia. Cruda realidad en cuanto empieza el partido.

Brío, sí. El problema surge cuando resulta que el rival también se emplea a fondo. Aunque esté un peldaño por debajo tiene defensa y, además, la utiliza. Sabe que dos partidos son dos partidos -y no medio y jugado en casa-, cuestiones elementales. El Valencia, además, se lo juega todo sumido en el mismo disparate de los últimos cuatro años. Regresa Albelda, el ex-convicto, y Topal a la grada. Y deja la elaboración del juego del partido más importante del año a Parejo, que ha jugado poco, tarde y no demasiado bien, y Canales, que lleva dos semanas compitiendo. A salto de mata, como siempre. Luego los chicos lo intentan, encierran al rival, ponen centros, encuentras piernas rivales y vuelven a ponerlos para nada. Y de refresco sacas a Costa, cabreado como una mona porque no sabe si es chicha o limoná, a Aduriz, que se largaría mañana si pudiese y a Mathieu, que no entiende por qué, de repente, se queda en el banquillo cuando lleva jugando todo el año. Y sí, el Valencia ha realizado una fantástica campaña cayendo en semifinales de todo… y no habiendo ganado a un solo rival de empaque -¿cómo se llamaba aquel equipo belga que tocó en Champions? Reto a cualquiera a que recuerde el nombre-.

Así las cosas, con el bochorno de un nuevo ridículo, sin el asidero del penalti a Zigic -entonces tampoco el Valencia fue superior al Atlético-, ni el recurso a la mala suerte, la sequía, una plaga inesperada procedente de Egipto, conjunción astral o excusas varias que con tanta imaginación se traen a colación en estas circunstancias, lo cierto es que el Atlético le ha ganado los dos partidos al Valencia en la semifinal de esta semicompetición para paladines del quiero y no puedo. Derrota sin paliativos, sin matices, sin una sola fisura. El Atlético no es el Barça. Tampoco los del Leverkusen lo eran -de hecho, el BArcelona les metió como ocho goles en un partido-. Ya no se está en condiciones de competir siquiera con rivales de potencial parecido. No se ha estado nunca en los últimos cuatro años. Tanto tumbo, tanto capricho, tan poco sistema, rigor, lógica tienen que llevar a esto, a una vulgaridad lacerante, a enterrar a paladas ese pasado reciente que hizo creer que el Valencia era otra cosa.

El objetivo, con todo, aún está ahí, al alcance de la mano. La directiva, su presidente, se ha mostrado siempre dispuesto a comprar el producto en función del qué. El cómo importa poco. El cómo ha sido siempre incómodo. Para analizar el cómo hay que ponerse a pensar, terrible dilema. Hay que poner en perspectiva, darse cuenta de que si tú has bajado un peldaño los demás han bajado tres, que si tú has vendido a tres los otros han vendido a cinco. El estadio vacío no es porque la gente haya dejado de ser del Valencia -bien se vio ayer-, el estadio vacío es porque este equipo practica un fútbol infumable, se ha quedado sin referentes, ha dejado escapar todos los trenes, está comandado por un inepto y tiene a su afición hasta el gorro. Y de todo ello habrá que pedir responsbilidades. Al banquillo, que es quien ejecuta un disparate tras otro,  y, sobre todo, al palco, que es quien determina quién se sienta en el banquillo.

El gran interrogante es qué hará Giner en cuanto se asegure la tercera posición.

Un paso más para el tricampeonato.

Le vino el partido que ni pintado al tricampeón de “la otra Liga”. Enfrente, equipo aseadito, de esos a los que les gusta tocarla, correr lo justo, más el arte que la brega y que, encima, lo tiene ya todo hecho. Con rivales así, el amigo Emery nos hace, incluso, campeones. Con partidos así, de esos que se ganan por la estricta aplicación de la teoría de las clases, se ha cimentado tanta tercera posición. Se pueden marcar dos, cuatro o los que sean, pero el Valencia no ha fallado casi nunca, en estos últimos tiempos, cuando se ha tratado de acorralar a un rival que opone solo la resistencia justa para justificar la semanada y volver a casa a pensar en otra cosa. Que el personal termine haciendo la ola imagino que se debe, visto lo visto, tanto a la frondosa proliferación de hormonas primaverales como a la condición esquizofrénica de toda afición de equipo de fútbol, tanto más del Valencia, que vive instalada, sin mayor muestra de incomodidad ni pañuelo al palco, en esa situación desde hace un lustro.

A falta de poco más de un mes para dejarlo para otro año, así, no le vamos a pedir peras al olmo. La congruencia es simple quimera. El salto de mata regla. Tras el funesto espectáculo en el Calderón, al maestro Yoda no se le ocurrió otra cosa que recurrir a Albelda. En principio, el chico no iba a volver a jugar por esa su peligrosa tendencia a irse de la lengua, pero cuando el agua ya le rebasaba el cuello, el míster hizo de su capa un sayo, salió por peteneras y ahí tiene usted el campo, Don David, para hacer lo que le plazca. Si estará mal la cosa que tiene que ser Albelda, en su condición, el salvador de este grupo sin alma ni sostén. La gente, rendida a sus pies porque no tiene otros donde caerse ya muerta.

Dice el entrenador que no sigue el año que viene. No es, desde luego, por falta de ganas. Ni por ofertas recibidas. Se conoce una de China -gran potencia en esto del fútbol- que le ha negociado la empresa que patrocina la camiseta, sin que se sepa a estas alturas si es para reforzar su plantilla de instaladores de placas solares o para algo relacionado con el fútbol -lo cual confirmaría lo que pensamos cuando contrataron a Camacho como seleccionador: que el viejo dicho del “engañar como a un chino” sigue vigente en toda su extensión-. El hombre ha tenido un presentimiento. Parece que le miran mal. Pero que no sufra. Algunos seguimos convencidos de que si se hace con la League y asegura el tercer puesto, aún tiene esperanzas. Personalmente, todavía tengo pesadillas en las que el consejero Giner twitea a los cuatro vientos que el chico merece seguir otro año “por haber cumplido el objetivo”. China, en tal caso, siempre podrá esperar. El tricampeón de la otra Liga podrá ir en busca de la tetracorona. No lo descartéis todavía por mucho que os digan lo contrario.

Por desgracia, los del Atlético no son el Betis. Tampoco están para tirar cohetes, pero les ha dado por ponerle ganas en este tramo final, como si muchos terminaran contrato. Tienen un portero tan sobrevalorado como su antecesor, sí. Pero un par de delanteros que, lejos de hacer todo lo posible por fallar -algo tan habitual en nuestra Liga- las meten con cierta asiduidad. Habrá que correr -qué incomodidad, ahora que vuelva la calor-, estar atento e intentar que la pelota no la tengan siempre los  del otro equipo. Y no, Canales no siempre va a poder hacer lo que le venga en gana, porque hay equipos que saben que en el fútbol hay que marcar al jugador rival. Así que pedir un milagro tampoco está de más. Pero no uno normal, uno gigante.

Y para terminar, solo una pregunta, cambiando mucho de tema ¿De verdad Guardiola creía que con ese once y ese planteamiento le iba a ganar al Madrid? El mundo de los entrenadores es un gran misterio, amigos.

Y solo fueron cuatro.

Ya hemos dicho unas cuantas veces, sin que ello tenga mayor valor que la constatación de una obviedad, que el Valencia sería tercero más gracias a que los otros son bastante malos que a sus verdaderos méritos. Lo de Cornellá, en ese convencimiento de que pase lo que pase la cosa está ya asegurada, fue un puro trámite, camino de esa eliminatoria contra el Atlético que parece apetecer bastante más a estos futbolistas. Se movieron los chicos entre el disimulo y el pasotismo más absoluto. Ni un mínimo sonrojo. Saben perfectamente qué es lo que hay. Cuatro de ellos, incluso, se borraron para el próximo partido de Liga ante el Betis. Se reservan -como si pudiesen estar cansados tras la temporadita que llevan- para la Europa League. Ya hemos dicho que nos hallamos ante un grupo que se daría con un canto en los dientes pisando una final -en su vida habrían soñado con algo así- y no van a perderse en pequeñas batallas que no llevan a ningún sitio.

La gente del Español ni se lo creía. Ni el más viejo del lugar recordaba un coliseo blanquiazul haciendo la ola como un solo hombre. Es lógico, no la habían hecho desde que se inventó. Lo de hoy ha sido la leche para ellos: llega el tercero, ese que se supone es el mejor de la otra liga, y le meten un repaso de no te menees. Cayeron cuatro pero bien podía haber sido una manita -en la cara de los que ya han salido a decir aquello de “oye, que igual la temporada acaba no siendo tan mala”- o incluso un resultado de tenis. Y sin despeinarse. Apenas un par de detalles de Sergio García -¿dónde ibas, Parejo, con tanta prisa?- y un golazo de Verdú -previo pasillo de Ricardo Costa- bastaron para liquidar el partido. Todo lo demás fueron carreras para aquí y carreras para allá sin mucho sentido. No se lo dieron, desde luego, los chicos del Valencia, muchos de los cuales resulta difícil averiguar si de verdad jugaron o no. Alguno, como Pablo H, sí lo hizo. Tocó cinco balones y perdió seis, nadie sabe cómo ni por qué. Lo que resulta más desconcertante es que fuera cambiado en el descanso -bien se sabe que aquí suele salir del campo quien mejor lo está haciendo-. Lógico que el chico se cabrease.

Y a pesar de todo, en demostración de que tenemos la mejor liga del mundo, ahí siguen los chicos de Emery, terceros por ¿méritos propios? El Levante cayó, con cierta lógica, ante el Barça. Pero el Málaga no fue capaz de ganarle a la Real Sociedad en casa, mientras Osasuna -tiene gracia que Osasuna sea rival a estas alturas sin Pizo Gómez, Robinson ni Bustingorri- ni las olió contra el Betis. El único que llega de menos a más parece ser el Sevilla, pero probablemente perderá mañana en Getafe para seguir demostrando que tenemos, como demuestran nuestros equipos en Europa, una competición sin parangón. No debería, por tanto, cundir el pánico. El calendario es de lo más benigno: solo dos salidas por tres partidos en casa -si eso sirve de algo, claro-. De entre ellos, solo Málaga parece complicado, pero ya vemos que los de Pellegrini siguen sin levantar cabeza, muy perjudicados por la falta de hombres clave -un amigo malaguista suspira cuando ve al tal Papelito intentar, sin mucho fruto, hacer algo que justifique su militancia en un equipo que aspira a jugar Champions-. No perdiendo allí y ganando a Osasuna en casa, el tema está bastante encauzado. Ya tendrá tiempo entonces el bueno de Giner -que afina ya la voz- de salir a decir aquello de que el objetivo está cumplido.

Tantos reveses directos a la cara, con todo, hacen mella en la afición. No en Giner, que está para ver el bosque y no los árboles. Pero sí en la gente. El valencianista intenta ilusionarse, volver a sentirse joven, pensar que son los viejos tiempos que han vuelto. El empate en Madrid dio alas a muchos -Giner estaba que no cabía en sí de gozo-, volvieron los vientos del “y si es mejor malo conocido” y se sacó el papel para el partido contra el Atleti con la esperanza de agotarlo en minutos. Pero luego vienen estas cosas y, lógicamente, el personal se desinfla ¿Qué pasará contra los del ahora ya no tan bueno Simeone? ¿Veremos lo del Bernabéu? ¿Lo de hoy? ¿Correrán? ¿Trotarán? ¿Jugará Soldado? ¿Ricardo Costa?

Y, sin tener bola de cristal alguna, lo más lógico es que pase lo que ha pasado siempre en estos últimos cuatro años, en los que el equipo, digan lo que digan algunos, es cualquier cosa menos imprevisible. El Atlético no es, ni mucho menos, ahí están los datos, mejor que el Valencia. Pero tampoco es un mal equipo. Aguanta más o menos bien atrás, tiene dos delanteros bastante aprovechables, le falta centro del campo pero su entrenador dice que no lo necesita, se mueve, en definitiva, en ese difícil terreno para un Valencia que sigue sin saber a lo que juega. Ni ataca con todo lo que tiene, ni es un cerrojo tipo Levante. Está a verlas venir, a ver qué propone el rival. Y como el Valencia no propone nada desde hace bastante, la eliminatoria se puede convertir en un tostón irremediable, pendiente de ver quién acierta con la portería rival. Ahí el Valencia parte con cierta ventaja porque Guaita -fallo de hoy inclusive- es bastante mejor que el chico belga que se comió el otro día el gol de Ronaldo por el centro de la portería -ni folha seca, ni historias, eso lo detengo hasta yo-. Pero, claro, es bastante probable que no juegue Guaita. Así que estamos como estábamos. A un paso, supongo, de morir cerca de la orilla.

Regreso a la ortodoxia.

En realidad, la vuelta habría sido completa, al menos a la normalidad de los últimos meses, si el Rayo hubiera remontado el partido, algo que, por cierto, no estuvo lejos de hacer en el primer tramo de la reanudación. Porque, lejos de la floritura inherente a una goleada como la que se vivió ayer en Mestalla, el Valencia fútbol, lo que se dice fútbol, propuso más bien poco. Estuvo mejor, eso sí, que su rival, al que suponemos algo más de lo que anoche mostró, algo que justifique, más allá de la falta de calidad generalizada, su holgada posición en la tabla.

Algo ha pasado, no obstante. Porque si bien es cierto que Rami -debe ir en el ADN de los franceses el fumarse entrenamientos por la cara, por cierto- hizo un par de esas salidas sin ton ni son a las que nos tiene acostumbrados, también lo es que los laterales mantuvieron más su posición. Unir cabos con la situación de Albelda anoche en Mestalla puede darnos alguna pista de por qué pasa lo que pasa. Ello propició que Guaita casi no tuviera trabajo. También que el partido se convirtiera en una auténtica castaña. Este Valencia sólo sabe atacar con todo el mundo jugando de delantero. Hacerlo como los equipos bien trabajados se convierte en una quimera. Se reserva, ya casi únicamente, a la inspiración de Feghouli, el único al que parece que la temporada no se le hace larga. Les robó la cartera a los defensas rivales en los dos goles decisivos del partido y se mostró siempre dispuesto a darle la razón a su ya amplia nómina de defensores -cuyo presidente es un tal Rumano-.

Los demás poco mostraron. Tampoco hizo demasiada falta. No contra un Rayo que tenía en su sala de máquinas nada menos que a Movilla y Trashorras. Con Movilla pasa lo mismo que con Kanouté en el Sevilla o Albelda en el Valencia: que juega -Albelda jugaba- no se sabe bien por qué. Borrosa reminiscencia de un pasado mucho mejor, es el tipo de jugador que aún convence a algunos entrenadores. Pero corre menos que una foto, muy poco incluso para sus 37. Trashorras, por su lado, ha tenido siempre tan buen gusto por la pelota como aversión a lo de hacer kilómetros. Y si el Rayo pretendía imponerse al Valencia en términos artísticos, era evidente que iba a salir perdedor porque ahí, en esa lucha sin cuerpo a cuerpo los de Emery se encuentran como pez en el agua. Sobre todo si, además, enfrentan defensas tan inocentes como los madrileños. En especial Diamanka, que todavía no sé muy bien de qué jugaba porque ni siquiera ha aprendido todavía a colocarse y que dio todo un recital de despropósitos.

Capítulo especial para Lass Banghoura. El Valencia ya ha llegado a un acuerdo con él, como publica hoy Super. El presidente del Rayo dice que le ha visto hacer cosas que solo hace Messi, que le sigue también el Atlético y que pronto valdrá 40 millones de euros -el Atlético seguro que se los paga-. Yo me pregunto si lo de Messi lo dice por algún trabajo manual, tipo vasija de barro o macramé, en el que La Pulga es especialmente habilidoso en la intimidad. En términos futbolísticos, la comparación es de risa. Volvemos a lo de siempre, a buscar fuera lo que potencialmente se puede tener en casa -dudo que tenga mejores cualidades que Bernat o Alcácer, por ejemplo-, a comprar a cuatro jugadores normalitos por diez millones en lugar de comprar a dos que valgan la pena pagando veinte. Lass es un buen futbolista. Excelente incluso para el Rayo. Pero, oigan, esto es el Valencia.

De modo que, por un lado se vuelve a no jugar a nada, pero parece que cuidando un poco más la parte de atrás. La pregunta es si será suficiente. No creo que se pueda esperar un final de temporada espectacular. Ya prevíamos altos y bajos, lo consustancial a este equipo. Los rivales no parece que estén para lanzar cohetes. El Levante ya echó por la borda anoche una ventaja preciosa en Gijón y que a nadie sorprenda si hoy falla el Málaga en el Madrigal. El Atlético, rival en la League, volvió a demostrar que aún le faltan otros cincuenta años para volver a derrotar al Madrid y que con Simeone en la banda no le alcanza -al Cholo le queda mejor la ropa de futbolista-, de modo que por ahí se puede abrir un hueco. Claro que, tampoco van a tener siempre delante a Ronaldo y suelen contar con la ayudita arbitral, tipo Zigic, cuando les hace falta.

La épica y el orgullo del Bernabéu son, lógicamente, historia. Se impone lo de siempre. Quien quiera, que lo compre.

Resurrección.

De repente, cuando menos lo esperábamos, el Valencia hizo uno de esos partidos de antaño. En aplicación de su peculiar principio de imprevisibilidad, justo cuando ambas aficiones coincidían ante la televisión para deleitarse o soportar impávidos una victoria fácil de los de Mourinho, salieron los de Emery y se marcaron una de esas actuaciones que llevábamos tanto tiempo exigiendo. Porque eso, y no ganar la Liga cada año, es lo mínimo exigible del tercer club de España en presupuesto, historial y, sobre todo, plantilla: que le ponga las cosas difíciles a los de arriba, que no dé su brazo a torcer y que haya que sudar sangre, sudor y lágrimas para vencerle. Sucedió así y, aunque no se venció, se convenció. No sirve, dese luego, como modelo. No se puede esperar que se repita. Ni siquiera es probable que así suceda. Pero al menos queda ahí. Y si se le quitan dos puntos al Madrid para que, al final, pierda la Liga, mejor que mejor.

Peculiar, cuanto menos, la forma de empatar a cero en Madrid. Ricardo Costa de marcador de Cristiano, el otro Costa junto a Alonso y el ataque reservado al “tridente” -ahora está de moda está palabra- Piatti, Feghouli, Aduriz. O a los dos últimos, porque Piatti sigue necesitado de psicoanalista con urgencia (se echó en falta a Mathieu, la verdad). No sé si alguien daba un duro por la suerte del Valencia al conocer la alineación. Yo, que no sirvo de referencia porque llevo años no pasando de diez en la quiniela, desde luego vaticinaba otro paseo merengue. Pero el fútbol, sobre todo el de estas últimas semanas, camina por extraños derroteros. El partido se abrió rápido y quedó claro que no iba a ser uno más de esta Liga insulsa. Las caras de los de Emery dejaban bien a las claras que, más allá de lo que habían oido en la caseta -que debió dejarles, una vez más, atónitos- esta vez iban a vender cara su piel. Cada balón era una batalla porque solo así puedes sacar algo del Bernabéu.

Y sí, creó más peligro el Madrid. Primero porque tiene jugadores brillantes, explosivos, imparables si les dejas el balón -y el Valencia no está en condiciones ahora para desarticular esa faceta-. Segundo, porque jugaba en casa. Pero el Valencia replicó, demostró que dejando de lado las alegrías, las veleidades, los laterales jugando de extremos, los corners convertidos en correcalles y el tonto quien no suba a rematar al que nos tiene acostumbrado puede plantarle cara a cualquiera. Cuenta con elementos suficientes para ello. Ahí está, seguramente, la gran noticia. Cuando todavía existe un nutrido grupo de agoreros que considera que el Valencia no da más porque no tiene plantilla para ello -frente  a los que creemos que no lo hace porque no cuenta con quien sepa dirigir a esa plantilla-, partidos como el de ayer, contra el segundo mejor equipo del momento en el mundo, ponen sobre la mesa una realidad bien distinta. No se puede competir a 38 partidos contra ellos, no. Pero  tampoco es de recibo que te saquen treinta puntos. Ni todo lo demás.

El merenguerío universal volvió a descubrir a Guaita. Les pasa cada vez que juegan contra el Valencia últimamente -siempre que a la lumbrera se le ocurre poner al de Torrent bajo palos, claro-. Llevan años buscando sucesores de Casillas -que cien años nos dure-, lógicamente alérgicos a la figura de Valdés, y han llegado a colocar ahí incluso a De Gea -menudo recital el suyo este año en Inglaterra-. La realidad es, sin embargo, testaruda. Guaita hace fácil lo difícil. En las antípodas de Alves, por ejemplo, huye del adorno. Se limita a parar, que es por lo que le pagan. Y vaya si para. Algo parecido a lo de Topal, que no se creía, cuando vio su nombre en la pizarra del once, que iba a jugar dos partidos seguidos. El chico se puso de rodillas, lloró, llamó a su mujer y decidió hacer uno de esos partidos que hizo cuando llegó y todavía desconocía la idiosincrasia de su entrenador. Ya digo que ahí hay un futbolista si encuentra alguien que sepa sacarle partido.

Dos partidos, los dos últimos, de máxima exigencia, saldados con empates, en los que el equipo ha sacado el cuchillo contra pronóstico. Lanzar las campanas al vuelo y esperar que esa sea la tónica hasta el final sería, sin embargo, absurdo a estas alturas. Suficientes pruebas tenemos de que aquí tan pronto se está en la nube como metido en un profundo socavón. Sin ir más lejos, es más que posible que en el próximo partido tengamos de nuevo a Barragán pegado a la línea de fondo del rival, a Albelda correteando sin resuello en busca de un rival al que encimar para que parezca que está haciendo algo y a Rami haciendo las veces de Torpedo Müller. La vida en este Valencia es así. Y, a todo esto, hoy el Málaga se puede poner tercero. Porque, al final, uno tiene lo que merece.

La rana que ríe -con ganas y razón-.

Hacía tiempo que uno, que siempre ha disfrutado -todos aquí pecamos de lo mismo- con esto del fútbol, no se divertía tanto como ayer por la tarde. Derbi vibrante, disputado, abierto, a ratos bien jugado. Parecía que se adormecía y volvía a resurgir. Acabó y supo a poco.

Acaso el Valencia mereció algo más. También se pudo ir con algo menos. Delante, un Levante colosal. Hacer más con menos es imposible, o casi. Los de casa dieron lo que tenían y los de fuera hicieron lo que sabían. Los de Emery atacaron sin más plan que ir a por la victoria. Los de Jim esperaron y sacaron un puñal tras otro. Ni rastro de la vieja ansiedad. Por el Valencia, los defensas parecían delanteros, fueron incluso mejores atacantes que los delanteros -ahí está el problema, ahí ha estado siempre el problema-. Por el Levante, los delanteros eran delanteros ¡Y qué futbolistas! Defendió con siete JIM, como suele hacer a domicilio, pero entre Valdo, Botelho, Barkero y, sobre todo, Koné se bastaron para echarse el partido al hombro y nivelar, al menos un punto, la contienda.
Poco que reprochar ya al Valencia. Lo hemos dicho todo. El disparate táctico -¿táctico?- habitual, los huecos atrás, la cobertura hecha quimera, el nueve jugando de ocho, el ocho de siete, el cinco de tres, ya solo falta que innove dándole funciones al portero en campo contrario…Esperar, a estas alturas, que sea capaz de cerrar un partido es, simplemente, absurdo. Lo puso todo arriba y dejó mil huecos atrás. Creó ocasiones de sobra para ganar y no se cayó del todo del alambre de milagro. Es lo que hay y lo que tendremos, al menos cuando se muestre este nivel de empeño -cuando se baja un pistón, se roza el ridículo-. El equipo demostró su calidad en un puñado de acciones y se partió en otras tantas, incapaz de encontrar el equibrio que nunca tuvo. Si algo le falló esta vez, acaso, fue el nueve. Justo lo que le sobra al Levante. Mientras Aduriz solo se vio en esa descomunal asistencia del primer gol, Koné consiguió que todos los sevillistas que miraban al cielo preguntando por qué siempre llueve en Semana Santa, se lanzaran directamente a por el cilicio por no haber aprovechado como manda el canon a este chico -Piatti es lo mismo, pero al revés, por cierto-.  Y que tomen nota los que piensan haber inventado la pólvora por haber comprado a Jonas a cambio de millón y medio ¿Cuánto vale este Koné?
Puede, por tanto, el granota caminar sacando pecho. A falta de millones -el Vcf gastó solo en fichajes el pasado verano más de lo que tiene Catalán para gastar en todos los conceptos-, tiene un plan, un objetivo, un puñado de futbolistas sin mucho que perder y, sobre todo, coincidiremos casi todos, tiene un entrenador. Solo verlo en la banda con pose de señor serio y tranquilo, ese que te encuentras en la gasolinera y te pregunta si quieres Wynn y tú le dices que sí porque te fías (¿quién le aceptaría Wynn al correcalles que había al otro lado?), ya aprecia uno que los del Levante no tienen un pelo de tontos. Ayer me alegré por ellos, genuinamente, por mi amigo Pedro y todos esos currantes que, como él, sacan el pase con mucho sacrificio, pero solo si sienten que el club no les está tomando por el pito del sereno. Toda esa gente camina ahora por Valencia sintiéndose importante, confía en quien gestiona el club de sus amores, saben que tienen entrenador, que no tienen los mejores jugadores del mundo pero sí unos tipos que se dejan la piel y, la verdad, no les hace falta mucho más. Todo esto de Europa ya sería la leche. Tiene pinta de que lo será.

El Valencia sigue manteniéndose gracias al tropiezo ajeno, esta vez de ese Málaga al que no le llega la plantilla a tapar huecos como los de Baptista y Toulalan. Pero el domingo hay que enfrentar al Madrid y ahí se sumarán cero puntos. A poco que alguno de los otros tenga el día -no siempre van a perder todos-, pueden llegar los nervios. Y no parece que esta plantilla esté, precisamente, sobrada de tipos con agallas para afrontar situaciones límite.  Esperar que sea el entrenador quien tire entonces del carro conduce directamente al ataque de risa. Así que habrá que empezar a encomendarse a quien cada cual prefiera, pero ya no para que alguien ilumine a quien ya ha sido iluminado, sino para que los otros sigan siendo tan remtadamente malos. Si no, la cosa se puede poner fea. Pero esta vez en serio, no como hace tres semanas.